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Historias con final triste.

Gritando aunque no me ves (hace demasiado que no escribo, lo siento)

Publicado por bastienysasha en Lunes, 21 marzo, 2011

Llegó aquel temido día antes de lo esperado, llegó el desquicio a mi lamento, a mis ganas de no seguir con esto que llamo mi vida, mi arrepentimiento por haberme enganchado tanto a ti a sabiendas de que nunca sentirías nada parecido por mí.
Intenté reprimir mis lágrimas aquella mañana en clase de inglés, y, mostrando la mayor voluntad que nunca me haya invadido ni siquiera en sueños, mostré la máscara, aquella que le decía a la profesora que quizás fuera un alumno atento pero algo distraído.
Quise recordar el ritmo de una canción del movimiento dance para intentar no recordarte, he hice que mi pequeño nudo en la garganta simulara decrecer por unos segundos. Pero ¿A quién quería yo engañar? Cada segundo que pasaba de aquella fatídica hora era más duro, intentaba huir de todo aquello, salir corriendo tal y como decía una de mis canciones favoritas del grupo Amaral. Me vi reflejado en un pensamiento en el que me propinaba yo mismo un disparo a la vez que caía desde la ventana de aquel segundo piso, y aún me cuestiono el porqué de no hacerlo.
Cuando por fin el timbre sonó, una fuerza simultánea a mis ganas de querer salir de allí hizo que recorriera el instituto a una velocidad hasta entonces insospechada para mis Converse moradas, y en menos tiempo del que yo creía que fuera capaz de encontrar la salida, la imagen de la multitud de alumnos que aguardaban la salida de los demás se dibujó en mi mente, y con esta, tu bici me recordó que aún tu clase de biología no había finalizado.
En menos de dos segundos mil veces me hice la misma pregunta: ¿Le espero? Pero, como si una fuerza antinatural invadiera mis piernas, corrí hacia el coche en el que mi madre me esperaba leyendo una revista del Leroy Merlín. Ingenua la pobre no sabía ni la mitad de sentimientos homicidas y suicidas que estaban teniendo lugar en mi mente en aquellos segundos de desesperación interna.
Me arrepiento. ¿De qué? Te preguntarás. La respuesta es muy simple: me arrepiento de haberte conocido, de haberlo intentado todo, de no poder eliminar las lágrimas que invaden día a día mis ojos, de aquello que te prometí y que ahora sé que cuando ella llegue no podré cumplir por puro egoísmo y pura necedad. Me arrepiento porque te quiero, te necesito, te adoro y te amo a la vez que necesito eliminar todo rastro de ti de mi cabeza, cada pensamiento, cada caricia o cada risa.
Amor y odio. Odio y amor.
Para mí, dos sentimientos tan fuertes que es difícil tenerlos hacia la misma persona.
Pero a ti te amo, y a ti te odio.
Y lo malo es que no puedo recriminarte nada.

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Exorcismo

Publicado por onanistaenamorada en Jueves, 10 febrero, 2011

¿Cómo lo hago? ¿Me lo explicas tú? ¿Me dices cómo me olvido de nuestros secretos y de tus ojos? Por favor. Pórtate bien, y dime cuánto tiempo durará esta nostálgica ruina, esta ruinosa nostalgia que siento al recordar tu piel. Vamos, valiente, ¿me dices cuántas noches tengo que soñar contigo, cuántas lágrimas tienen que caérseme sin permiso? Dime qué hago para no pensar en ti. Te estoy desafiando.

¿Puedes? ¿Puedes darme el remedio a tu desamor? ¿Me dices cómo te olvido?… Porque deberías decírmelo tú. Justamente tú, que me metiste en este berenjenal. Deberías sacarme. Tú, que te encargastes de protagonizar tantas escenas inolvidables. Deberías explicarme cómo te olvido.

Dime algún conjuro para olvidarte, uno de esos que grita Willow, con una rima apropiada, de los que te gustan, o una regla de tres de esas que te gustan casi más, o dame las piezas con el dibujo del puzzle, de esos que también te gustan,… Dime la ecuación de los algoritmos. Dime los movimientos que tengo que hacer en el cubo de rubik. Dime las reglas del juego, las normas, o mis derechos, o el valor secreto de la “s” en el problema, por poner una que no sea la “x” . “S” de senda, de sexo y de sentimiento, por ejemplo. Dime dónde está el botón que al ser pulsado me dotará de la amnesia selectiva necesaria para eliminar tus sonrientes promesas de mi memoria. Dime cuál es esa sobrenatural palabra que si pronuncio tres veces con los ojos cerrados derribará tu monumento. Dame el secreto. Dame ya la pócima de meiga o las instrucciones de uso, si es que las tienes. Dame ya el secreto para olvidarte, si es que existe alguno.

Vamos, sé tan bondadoso como crees ser, y dame ya el poder para olvidarte. Para no pensar en ti cada ocho minutos, para que no se me encoja el corazón todos los minutos novenos, para que no me escuezan los ojos cada diez minutos, seis veces en una hora, y para no sentir que una hora contiene un par de días, y para no creer que los días sin ti son tristes y absurdos, y para no recordar que tu abrazo elimina toda mi tristeza…

Dame la ciencia diabólica y alquimista que debes dominar para controlar al amor, esa teoría escrita con sangre y pluma en un papel amarillento que deberías tener guardado en la trampilla oculta dentro de la chimenea, la declaración de independencia que no me concedes,… Vamos, saca ese as de la manga o el sombrero, tú que me miras condescendiente a veces, y otras veces compasivo, y otras tan arrogante… No te creas tan listo, o dame el resultado de mi problema. Dime el secreto. Confíame las últimas palabras del profeta que iba vestido de bufón, las que susurró en tu oído mientras expiraba, las que se precisan junto al plateado amuleto con forma de serpiente que su mano, inerte, dejó a la vista,… ese amuleto que puesto en la cuarta piedra negra de los escalones del laberinto, el antepenúltimo día del quinto mes, ilumina el pasadizo que me lleva a tu olvido.

Venga, saca la carta que tienes escondida, creo que la he visto desde aquí… No te hagas el remolón, y suéltalo de una vez. Dime el secreto, desvélame el misterio, cuéntame ya el truco: la solución para olvidarte. Revélame los procedimientos del pagano ritual que debo hacer en el bosque. Ese donde tengo que estar desnuda gritando tu nombre mientras la lluvia resbala por mi piel para devolver tus añoradas caricias a la tierra. Apenas necesito que me concretes unos detalles, y me digas, sobre todo, el lugar exacto donde debo hacerlo. Dímelo. Dame de una vez la daga con los símbolos sagrados, esos que son números Pi, y ochos volcados que también podrían ser esposas, y los esquemáticos dibujos de unos tacones, y la constante repetición de dos círculos concéntricos,… los símbolos que atravesarían mi pecho sin dañarlo, que restaurarían su alegría sin recuerdos, que me vaciarían de la necesidad de tu calor. Vamos, dame la daga para curarme y matar lo que fuimos, o ponme tres pruebas de fe que determinen mi valía para obtener el Santo Grial.

Dime cómo encuentro la tranquilidad en tanta angustia. Deberías saber cómo resolver mi pena. Tú, tan consciente cuando quieres hacerte notar, deberías saber cómo pasar desapercibido. Así que dime cómo te olvido. Debes tener la respuesta. Deberías tenerla tú, que con tanta ironía tratas mi fidelidad y mi pasión,… tú, que presumes y sonríes cuando desprecias la grandeza del amor,… Deberías decirme qué hay que hacer para no pensar en ti, para no relacionarte con las cosas de forma innata, para no despertarme con el eco de tu voz. Deberías contarme el método que tienes para borrar a una persona de tus deseos y tus recuerdos. Vamos, di una frase en latín y expulsa al enamorado demonio de mi cuerpo. Haz una teletransportación y vete lejos de mi cerebro. Deberías saber hacerlo. Tú, que tan rápido parece que superas las cosas. Tú, que puedes leer la poesía más ardiente o desesperada sin pararte a tragar saliva.

Suelta la lengua, alza las manos, abre la caja de Pandora, levanta la manta, aparta el dado trucado, enséñame la habitación prohibida, muéstrame el atajo entre las zarzas, mírame a los ojos, confíame el secreto, y dime la respuesta al enigma de cómo te olvido. Venga, listo… dime cómo te olvido. Dame la fórmula milenaria, o la fuerza sobrenatural para no pensarte, o concédeme el milagro del retroceso en el tiempo para rechazarte, o regálame unas gafas futuristas que sepan nublar mi visión para no verte, ni siquiera con los ojos cerrados. Vamos, valiente, échame un polvo mágico que me haga despedirme de tu cuerpo.

Por supuesto, tienes que hacerlo. No puedes esperar que te olvide si no me practicas algún tipo de exorcismo.

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Dos veces. (2)

Publicado por onanistaenamorada en Domingo, 30 enero, 2011

No tengo detalles. Me esfuerzo. Intento recordar cuánto tiempo estuve en el agua. Intento recordar cómo salimos. Pero no recuerdo nada. Tengo la impresión de librarme de él y poder llegar a las rocas. No recuerdo si mi madre me ayudó a salir. No recuerdo cómo consiguió salir Patricio, si alguien se lanzó a buscarlo o él solito se acercó a las piedras y lo ayudaron a subir. No recuerdo más.

Luego me enteré de que Patricio no sabía nadar (no era necesario que me lo jurase). Quizás me lo dijo mi madre, otra persona, o el mismo Patricio. Yo estaba enfadada, asustada y triste. Y no podía evitarlo. Demasiados segundos debajo del agua me habían endurecido. Me había visto morir. Hubo un momento decisivo en que mis pulmones dejaron de respirar, y mi cerebro empezó a decir adiós… es una las sensaciones más fuertes que he tenido en toda mi vida.

Cambiamos de playa. Buscaron una con arena y olas más suaves. Recuerdo estar en otra playa. Amplia, de arena, con mucha más gente, con el agua más turbia y sucia. Con olas que también eran grandes y fuertes. Recuerdo bañarme. Recuerdo estar en la orilla y ser engullida por una ola, arrastrada por la tierra del fondo, intentar salir, asomar media cabeza, sentirme otra vez arrastrada al fondo, tragar agua, sentirme presa del miedo y la naturaleza. Recuerdo estar segura de que ese iba a ser el día de mi muerte, que el mar me la tenía jurada. Pero no lo fue.

Unas olas de un metro no eran nada comparadas a un hombre adulto tirando del cuerpo de una niña de siete años. Sabía nadar, mi cabeza salió a la superficie, me moví al compás de las olas… respiré. Retomé el control sobre mi cuerpo.

Salí del agua y me dirigí a mi toalla. Recuerdo decirle a mi madre que había estado a punto de ahogarme (“otra vez, me iba a ahogar otra vez, la segunda en el mismo día, y la primera vez ha sido culpa de tu novio… y ahora podría haberme ahogado y no te habrías dado ni cuenta”) y que ella no le dio importancia. Recuerdo tumbarme y secarme al sol, con los ojos cerrados, pensando que podía estar muerta.

Pensando lo fácil que era morirse. Lo fácil que era morir asesinado. Lo fácil que era matar; lo fácil que era morir. Recuerdo que bajo aquella realidad, cruel y eterna de mortalidad, de todo tipo de homicidios, afloraba otra realidad independiente y solitaria, rezagada y compungida: el abandono de mi madre. El abandono de mi madre que solía estar en todas partes, siempre tan evidente como aquel día.

Luego, quizás a los varios días, o a las semanas, o con doce años, recordando el incidente, me pregunté por qué a nadie se le ocurrió lanzarse al agua. Más que eso, me pregunté cómo mi madre, al verme luchar con las olas y con un hombre sufriendo una crisis, no se lanzó al agua a rescatarme. Y me pregunté por qué cuando las olas me atraparon, por segunda vez, no estaba atenta y no vino a socorrerme a la orilla, por qué mi madre no me consoló cuando le conté jadeante y asustada que las olas me habían cogido y había estado a punto de ahogarme…

Supongo que mi madre estaría pensando en sus cosas.

(2011)

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Dos veces. (1)

Publicado por onanistaenamorada en Domingo, 30 enero, 2011

Un día de verano supe que iba morirme. Sé que suena raro. Bueno, no, suena corriente. Muy corriente; todos nos morimos. Yo me refiero a la primera vez que fui consecuente con la idea, que asimilé la fugacidad de la vida, que comprendí lo imprevisible y rápido que puede ser morirse. Y, todavía peor, lo fácil que es morir solo. Lo fácil que es que te maten.

No sé qué edad tendría. Puede que seis, puede que ocho. En aquel tiempo mi madre tenía un novio, uno de tantos. Se llamaba Patricio, y a mí aquello me parecía una desgracia. Es un nombre horrible. Eso pensaba y eso sigo pensando. Dado que mi relación con Patricio no fue muy satisfactoria, y dado que no he vuelto a conocer a otro Patricio, sigo pensando que es un nombre horrible. Sin querer, pienso que alguien llamado así tiene que ser atractivo a la vez que un asesino de niños en potencia. Nada me ha hecho cambiar de idea. Si escucho Patricio sólo puedo acordarme del día que creí que iba a morir. Dos veces.

Una intenta acordarse de los detalles. Una intenta alargar la historia con reseñas y descripciones que la ayuden a ser entendida. Pero es difícil. Mi niñez la tengo borrosa. Es una película independiente a la que le faltan fotogramas, algunos sueltos y otros tan seguidos que hay que improvisar o inventar minutos. La infancia, lo mismo que la pubertad, que la adolescencia y la juventud que ahora estoy viviendo (y matando), está desdibujada por el tiempo, está turbia en la imperfección de mi memoria. Una intenta acordarse de los detalles. Intento, por ejemplo, recordar cuántas personas estaban conmigo, y quiénes eran. Intento recordar qué ropa llevaba, o en qué coche fuimos. Intento recordar algo que no sea esa sensación antigua y visceral, ese miedo impotente y líquido. Una intenta rescatar algo perdido del naufragio, pero siempre encuentra lo mismo.

Recuerdo que iba a la playa con mi madre y con su novio Patricio. Recuerdo que Patricio no me caía bien, que no me convencía, quizás sólo porque sus padres le habían puesto ese nombre que a mí no me gustaba. No recuerdo su cara, pero tengo la vaga impresión de que me parecía bastante guapo. El más guapo de todos los novios que había tenido mi madre. Eso seguro. Era más joven que ella. También recuerdo eso, y que su pelo era negro y rizado. Recuerdo que fuimos a una playa. Una que está en el campo, llena de rocas, con un castillo que cuenta la leyenda de un pirata sin nariz.

Era verano. Hacía calor. Pero el viento era fuerte, las olas eran salvajes. Recuerdo estar en las piedras, en una cala formada por alcantilados. Y la brisa marina no era agradable, era un aire despeinándote, era una fuerza que sólo disfrutaban las gaviotas, que empujaba a las olas, estrellándolas con las rocas, salpicando y estallando.

Una intenta recordar los detalles. Pero los detalles no existen en la lejanía del tiempo ni en las situaciones confusas y veloces. Las cosas suceden. Y si no tienes cinco cámaras grabando desde cinco puntos distintos o diez testigos observadores y sinceros, olvídate de los detalles; se alejarán viajando en una medusa o se derretirán cuando suba la marea.

Los detalles se evaporan o se manipulan. Quisiera recordar más de aquello, pero sólo recuerdo la angustia, el terror… Recuerdo estar sentada en una roca con mis pies colgando hacia el mar. La sensación del frío a causa del viento húmedo, a pesar de los rayos de sol que me calentaban. Mis pies, o mis piernas, se mojaban con el vaivén de las olas. Y a mi izquierda, en otra sección de roca, estaba Patricio, de pie. Quisiera poder explicarme bien, expresarlo mejor… pero sólo tengo unas imágenes bruscas, unos detalles falsificados…

Estaba sentada en la piedra, tranquila, feliz, quizás buscando cangrejos en las grietas sumergidas, o sirenas en las profundidades, cuando me sorprendió un ruido y me salpicaron unas gotas: Patricio había caído al agua. Una ola lo alejó medio metro, luego lo acercó a las rocas. Patricio tiró de mi pie y caí al agua. Me arañé el culo en la bajada. El oleaje era fuerte, nos movía a su antojo, y yo intentaba agarrarme a alguna piedra, intentaba que las olas no me hicieran papilla con algún malvado saliente. Patricio se agarraba a mí. Se hundía y me hundía con él. Manteniéndome sumergida, manteniéndose a flote. Me hacía tragar agua. Conseguía sacar la cabeza a la superficie y coger una bocanada de aire para ver sus manos buscándome y hundiéndome de nuevo…

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Al Borde

Publicado por Jazz Noire en Sábado, 29 enero, 2011

Todo amor tiene que llegar a un final…   Pero a veces ese final puede ser demasiado trágico, sobre todo si aún no ha tenido un comienzo.

“¿Cuánto más podría sostenerla?”

Al Borde”

La mire directo a los ojos. Era sorprendente como podía mantener la calma en un momento como ese. Pero lo sabía, pronto el pánico se apoderaría de ella como a cualquier otro individuo normal. Y así fue. Desvío su mirada de la mía y comenzó a llorar en silencio. Sabía que eso hacía, ya que podía sentir el movimiento que hacia su cuerpo cada vez que acallaba un sollozo.

No la culpaba, yo también deseaba llorar; tragarme mi orgullo de hombre y llorar, pero alguien tenía que ser fuerte por los dos; así que no lo hice, a pesar de las fuertes punzadas que atormentaban mi brazo y de todas las piedras que se encajaban cada vez más profundo en mi pecho y estomago. Miré hacia el cielo y vi como este comienzo a oscurecer. ¿Por qué tardan tanto?

- ¿Qué tal que si le damos una lección a Armando por habernos metido en esto? – le pregunte tratando de distraerla, aunque mi voz se escucha preocupada.

Ella me miro sorprendida y, a pesar de que en ningún momento dejo de llorar, me siguió en la conversación.

- Si, él y sus excursiones. Quizás colgarlo de cabeza sería el mejor castigo.

Me reí un poco; me pareció una grandiosa idea, pero me calle rápidamente al ver que ella no me había seguido. Reírme en un momento así era pasarme totalmente de la raya. ¡Qué idiota había sido!

- ¿Crees que de verdad vendrán? – pregunto, o por lo menos eso fue lo que logre escucharle, ya que su voz era apaga por los sollozos.

- Claro que vendrán. Ellos… ellos no han de tardar.

- ¿De verdad lo crees?

Esa había sido una pregunta muy interesante. Tenía que creer por ella, pero… ¿En realidad lo hacía? ¿En realidad creía?

No pude contestarle, así que ambos volvimos a guardar silencio. Sabía que con eso había matado cualquier gramo de esperanzas que aún quedaban en ella. No había nada más que quisiera en ese momento que abrazarla y decirle que todo estaba iba a salir bien pero, si realmente lo hubiera podido hacer, desde un principio, no hubiéramos estados los dos metidos en ese problema.

El tiempo pasaba… ¿Cuánto más podría sostenerla?

Un leve temblor en mi brazo derecho perturbo mis pensamientos, su mano se comenzaba a resbalar de la mía. El tiempo se había agotado, ella pronto caería al abismo.

Intente subirla nuevamente, desesperado por hacer algo, pero de nuevo el frágil suelo en el que nos encontrábamos comenzó a deshacerse poco a poco. Si continuaba, ambos caeríamos… Pero si no hacia algo pronto, ella seria quien caería.

Comencé a entrar en pánico, nunca pensé que Armando tardaría tanto en ir a buscar ayudar. El tiempo se había agotado y yo solo podía observar como Amy se resbalaba de mi mano. Me sentía impotente.

- Es patético que solo pueda hacer esto al haber llegado a tal extremo… – escuchar su voz me sorprendió, y aun mas cuando mire su rostro sonriente enmarcado por sus ojos y lagrimas de tristeza.

- Amy…

- Manny… Yo…

Lo último que sentí de ella fue su mano resbalarse de la mía.

Lo último que vi de ella fueron aquellos lindos ojos inundados de lágrimas desvanecerse a través de la oscura penumbra de la montaña.

Lo último que escuche de ella fueron aquellas palabras por las cuales hubiera matado por oírlas antes de su muerte.

- Yo también te amo… – Susurre, mientras a lo lejos se podía escuchar el perfecto eco de varios pasos acercándose hacia donde, en ese momento, yo solo me encontraba…

Jazz Noire

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Cartas

Publicado por zadel88 en Viernes, 28 enero, 2011

2 de Mayo 2010

Resulta extraña la intimidad que se siente escribir una carta para enviarla por correo convencional; aún más cuando se piensa en la “revolución de comunicación” que estamos viviendo.

Pero eso no es el punto; quería hablar contigo, y te has negado a verte conmigo alegando que, si quiero decirte algo, siempre puedo recurrir a un mensaje. No especificaste que tipo de mensaje.

Para comenzar… hay varias cosas que quisiera colocar aquí, pero creo que lo más importante a decir ahora es que tú y yo ya no somos lo que éramos, de alguna manera, la relación que teníamos se ha ido deteriorando poco a poco; no sé si por descuido mío o de ambos, pero es una realidad: Yo ya no significo lo mismo para ti, y a mí me resulta complicado mantener una relación en la que no estoy seguro de que pasa, o para dónde va.

Tu amigo y confidente: Zadel

24 de Agosto 2010

Soy consciente que tengo una promesa contigo y que entra en conflicto con lo que digo en la carta anterior, pero la verdad ya no sé qué hacer, comenzando por el hecho que no tienes ni tiempo para dedicarle a… lo que sea que sea yo para ti, mejor amigo, diario, confidente, molestia, adorno… (En los dos últimos casos se justificaría)… o lo que sea; no es que importe, a la final nunca logramos colocarle nombre o adjetivo a nuestra relación como para darle relevancia a eso. El punto es que si no tenemos tiempo para hablar, ni espacio para comunicarnos, ya no tendría sentido y creo que estarás de acuerdo conmigo en que si algo no tiene sentido no hay razón en continuarlo… ¿No?

Att: Zadel

4 de Septiembre 2010

No estoy seguro de si esta relación que tenemos tú y yo es relevante en estos momentos para ninguno alguno de los dos, es decir: Ya has seguido con tu vida, y tienes muchas personas a las que confiar y querer en gran medida (quizás más de lo que nunca me quisiste a mi), y que a fin de cuentas, saben más de tu vida que yo. Yo por mi parte he seguido un… camino distinto, y no estoy seguro que las prioridades que tenemos sean las mismas o que actualmente tengamos algo que compartir más allá de los recuerdos que tenemos. Lo que me lleva a pensar…

Mi mano tiembla de solo pensar en estas palabras…

Fue bueno mientras duró, lo que tuvimos fue algo especial para mí, y será un recuerdo que guardaré, sino con cariño, al menos añoranza.

Esto es el final

Zadel

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El Parto.

Publicado por onanistaenamorada en Jueves, 27 enero, 2011

Resulta que esta noche estoy sola en casa.

Mi gata se ha puesto de parto, ha manchado una manta de un líquido, ha tenido algunas contracciones, se la lavado mucho sus partes, ha maullado un poco, ha buscado mi cariño, me ha estado molestando un par de horas y luego se ma metido bajo otra manta a dormir. No quiero despertarla ni cambiarla de sitio. Creo que es mejor que tenga a sus crías donde quiera. No sé de dónde me viene esta creencia; quizás porque el primer parto que presencié fue el de la gata de mi tía en un armario. He intentado que mi gata se quede en su manta de lana preferida, frente a la estufa, pero se negaba. Tenía que estar en la cama, cerca mía. Le he rascado las orejas y me ha mirado dando un maullido que sonaba a pregunta. Le he hablado y le he dicho cosas inconexas, como “el biscote, oi, oi, oi” y “no me mires así que yo no te he dejado embarazada”, y también le he dicho al oído “estáte tranquila, yo estoy contigo”. Ella ronroneaba y cerraba los ojos.

Ahora mi gata duerme y yo no puedo dormir. Siento que voy a ser abuela, padre o tutor de nuevas vidas. Pienso que mi gata ya debería haber parido. Las gatas paren en un momento, empiezan y ya no paran. Yo he visto a gatas teniendo tres y a otras teniendo seis. La primera que vi, la del armario, parió once.

Yo no puedo dormir y estoy sola en casa. Eso es peor porque me siento más a gusto. Se me quita más el sueño. Así que veo en la tele programas absurdos mientras hago punto. Me fumo un par de porros. ¿Un par? Bueno, no… creo que llevo cinco. Leo chorradas que me hacen reír en internet. Me como un yogur. Cojo uno de los cuatro o cinco libros que tengo empezados en la estantería que hay sobre mi cabeza, leo un par de páginas, me aburro y lo dejo.

Cojo otro y sucede lo mismo. ¿Dónde están las historias de depravados y de payasos que necesito? ¿Dónde los maestros de la sinceridad, los alumnos de la inocencia? Desisto de los libros por hoy. O de los que tengo empezados. Ahora me apetece, si acaso, poesía. Pero sólo se me ocurre recitar alguna antigua y famosa de desamor o suicidio, y eso me parece muy triste.

Escribo algún comentario por Tuenti. Veo vídeos de gatas pariendo en Youtube. Me como otro yogur. Luego, en una página de películas para adultos, después de mucho tiempo sin recurrir a algo así, me masturbo. Cuando he ido a salir de la página, me ha asaltado una escena de dos mujeres besándose. He ido al enlace, ¿por qué no?, se supone que es lo que me gusta. Se supone que desde un principio debería haber ido allí. Pero no. Me daba miedo. Sin embargo, luego sí he ido, y he mirado un rato el vídeo. Sin hacer nada. Sólo mirando. Quizás sonriendo. Lo increíble de todo esto es que es la primera vez, en más de quinientos días, que logro mirar pornografía lésbica sin terminar por echarme a llorar. Y me parece un gran logro. Es una buena señal.

Creo que yo, esta noche, también estoy de parto.

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Recuerdos de Familia Cap 4: El último sacrificio

Publicado por darthgavin en Jueves, 9 diciembre, 2010

Todo era oscuridad cuando la puerta se cierra detrás de ellos con suficiente fuerza como para que los goznes de la puerta crujieran en el marco. Unos segundos después sus ojos se acostumbran a la penumbra logra ver lo que parecía su casa en cierto sentido, pero era muy diferente en muchos otros sentidos.

Para empezar el antes corto pasillo hacia la prístina cocina de Roberto ahora parecía extenderse por kilómetros. Y los cuadros de las paredes ya no eran fotos de la familiares  sino que cuando Roberto pasó su mirada sobre ellos, se transformaron en horribles escenas teñidas de rojo: calles empapadas de sangre y lluvia que se la llevaba por las alcantarillas. Miembros humanos desperdigados por doquier y perros que se los llevaban entre sus afilados dientes como si fueran un premio.

La masacre ya acabo, pero…, pensó Roberto. Unas lágrimas cálidas empiezan a rodar por sus mejillas antes de que pudiera evitarlo. Ya acabó, pero ellas siguen muertas… y no volverán. De repente siente que sus piernas no pueden sostenerlo, que su vista se nubla y que la oscuridad lo envuelve desde todas direcciones… y él se deja llevar porque cree que se reunirá con su esposa y con su hija en algún idílico paraíso…

Excepto que cuando vuelve en sí no está en ningún paraíso sino en la carretera que usaba para regresar a casa antes de que su vida diera un giro completo y se convirtiera en una pesadilla.

Escucha un ruido a su derecha y cuando voltea se encuentra a menos de un metro de la cara sonriente de Elisa y sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho cuando vio a Marta jalarle suavemente el brazo para que el resto del cuerpo no le siguiera a su cabeza, que ya estaba mitad dentro mitad fuera del auto. Elisa todavía riendo metió la cabeza y  se acomodó en el asiento. Para Roberto se veía como una princesa sentada en su trono.

Roberto estiró el brazo para tocarla, pero antes de que sus dedos pudieran alcanzarla algo en su cabeza hace clic y finalmente entiende donde está.

Las lágrimas empiezan a caer por sus mejillas de nuevo cuando empieza  una llovía torrencial acompañada por ráfagas de viento que llegan, silbantes, desde el profuso bosque más allá de la carretera y de la zanja a la par de esta. Roberto sabe lo que va a ocurrir, pero no conoce los detalles.

Presiente que el momento se acerca cuando logra distinguir una camioneta negra, anónima, acercándose desde la otra dirección –todavía está lejos, pero se acerca rápido–. Marta no la había visto porque intentaba, con algo de rabia, limpiar el empañado parabrisas.

–¡Marta! ­­ –grirta Roberto. Roberto ha olvidado o ha decido olvidar que esto no es más que un sueño inducido.

La camioneta negra se cambia al carril en el que va Marta.

­

–¡Marta! –grita y de nuevo sus palabras se pierden en el vacío.

Entonces ocurre…

La camioneta negra y el cuatro puertas de Marta chocan y Roberto puede ver como la sorpresa y el miedo desfiguran el rostro de Marta en los pocos segundos que tuvo para reaccionar. Los cinturones de seguridad no soportan la fuerza y las bolsas no se activan, por lo menos eso era nuevo. Ahora todo transcurre como en sus pesadillas, pero esta vez Roberto también sentía que había muerto… o por lo menos gran parte de él.

Así que se que se acerca ellas… sin darse cuenta parte de que perdía un poco de su cordura cada segundo que pasaba viéndolas. El espanto que todavía se veía en sus rostros surcados de cortes y sus ojos vacíos desprovistos de su anterior intensidad que miraban al cielo, en el que la luz se iba poco a poco. Con cada mano cierra los ojos de cada una. Sus dedos llegan a los labios de cada una y la sensación de polvo y vidrio en sus dedos rompe finalmente ese fino hilo (¡despierta Roberto!) que lo había mantenido con la esperanza de superar perder lo que más había amado.

Se acuesta en el suelo junto a ellas y mientras mira las estrellas parece estar tan muerto como ellas.  Ahora  el sueño se cierne sobre él, siente paz y es tanto como morir que…

-¡Roberto!

Roberto abre los ojos y se encuentra con una cara muy cerca de la suya, esta cara parece familiar y  se ve preocupada, quizá por él, aunque eso no le importa. Después de su sueño solo puede pensar en la puerta negra y en la criatura detrás de ella saliendo de su oscuro agujero. Esa criatura quizá podría devolverle Marta y a Elisa de nuevo, así podrían volver a ser la familia feliz que alguna vez había sido.  Roberto no se imaginaba, no obstante,  que esa criatura necesitaba un sacrificio más para lograr su cometido y que ese sacrificio era él.

Por el desconocido (¿Eddie?) lo ayudaba levantarse, mientras lo hacía no paraba de hablar, aunque Roberto no le ponía atención.

–…¡ah! estas bien Roberto…

Suena tan conocido, ¿he olvidado algo? pensó Roberto. Sin embargo la imagen de la puerta negra lo apagó casi al instante.

– Sí… lo que tú digas muchacho, pero debo irme.

Y antes de que el desconocido pudiese decir algo más Roberto se encontraba corriendo como no lo había hecho desde que era un joven y perseguía un balón de futbol  en el parque.

Pocos minutos después –no estaba muy seguro como– estaba frente a lapuerta. Roberto deseaba abrir la puerta y reunirse de nuevo con su familia, pero algo lo detenía. De nuevo tenía la sensación de que había olvidado algo, probablemente importante, algo que quizá podría salvarlo, pero que podría ser, Roberto no lo sabía.

De repente la puerta se abrió y ahí estaban Marta y Elisa, sonrientes como si este fuese un día como cualquier otro y él simplemente estuviera regresando del trabajo.

–Bienvenido a casa –saludaron ambas al unisonó.

Roberto no sabía que decir, así que simplemente caminó hacia ellas y  las abrazó. Sobre el hombro de Marta vio los dos grandes círculos rojos flotando en la oscuridad en una esquina de la habitación, pero Roberto los ignoró; después de todo ya tenía lo que quería y no dejaría ir nunca más.

Eddie buscó a Roberto por más tiempo del que puede recordar, pero cuando la casa repentinamente regresó a la normalidad supo que sería imposible. Se dejó a caer miserablemente en el suelo y se llevó las manos al rostro. Roberto había desaparecido y no estaba seguro si volvería.

Parte 3

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El evento

Publicado por xplorador en Jueves, 2 diciembre, 2010

El sujeto circula por encima de la velocidad permitida, a pesar de los copos de nieve que se derriten en el sucio parabrisas de su sedán azul oscuro. Una ola de frío aguda y repentina de polaridad helada y malencarada, gustosamente cargada de adjetivos por los pseudocientíficos que se hacen llamar meteorólogos, barre el campus y deja narices rojas y bonitos gorros otoñales cubriendo elegantes y jóvenes cabelleras, o crestudas seseras. El estudiante se dice que ya no hace ni frío ni calor, hay olas de lo uno o de lo otro, del Sáhara o de Groenlandia, pero no simple calor o frío. Eso ya quedó atrás, como los telégrafos o como el educado “buenos días” en la cola del autobús.

El joven y, naturalmente, imprudente conductor, se dirige a recibir sus clases de natación. Ya perdió el miedo escénico al bañador ajustado y a los horribles gorritos de goma. Ahora disfruta del agua y de la visión de nadadoras como cetáceos de piel cremosa. Tanto anhela esos instantes de soledad y comunión con el líquido elemento, que decide esquivar las siluetas de los supuestos estudiantes con chirrido de neumáticos. –Claro, es que llego tarde. -Piensa con toda la razón del mundo. ¿Hay motivo más sagrado que la prisa?

Voces “in crescendo” hacen palpitar sus meninges con acusaciones cruzadas dirigidas a inclinar a los votantes en las inminentes elecciones catalanas. -Como si esa sarta de mamarrachadas fuera a inclinar algo a estas alturas-. Presiona el botón y cambia la frecuencia de la emisora. Resulta que estamos en la víspera del décimo Barça-Madrid del siglo. Porras, apuestas, estadísticas, antecedentes históricos, perfiles dentales de Guardiola y Mourinho. ¿Quién es mejor? ¿Quién ganará? –A callar, hijos de perra. –La radio guarda silencio obedientemente, pero aún se oye un eco de fondo: Criiiiisiiiis, criiiiisiiiissss…

La circulación se detiene. La calle está llena de coches semi-vacíos.

-¿Oye, ése no es…? -Una familiar silueta se filtra a través de las gotas de la ventanilla del conductor. El turbo diesel se acerca al paso de cebra y se detiene en seco. Un imberbe desaprensivo que caminaba rápidamente le ha hecho frenar. El conductor gira la cabeza y busca al tipo de antes.

-No sé…- Se dice a sí mismo. Sacude la cabeza.

Mete la primera marcha y el automóvil se pone en movimiento. –Hay que joderse con los “bolonios” y las putas prisas. Mierda de globalización, esto es culpa de…de…Bill Gates, el petróleo y la madre que los parió-. Los ojos del inconformista estudiante se abren como platos. ¡Sí, no se lo había imaginado! ¡Ahí está! No hay duda. Su pelo blanquea de repente y de la comisura de sus labios brota un pergamino antiguo de arrugas que se extiende por su compungido rostro. El coche se detiene en medio de la calle y los cláxones comienzan a aullar. Los dientes caen de su boca como pétalos marchitos, y su lengua se seca como una pasa en una mufla. Le abandonan el calor, humores y fragancias corporales. Su cuerpo se desinfla inexorablemente.

Instantes después sólo queda una triste montañita de polvo sobre la tapicería del asiento y un par de zapatos sobre la gastada alfombrilla.

A pocos metros del solitario automóvil, un peatón idéntico al chico fulminado camina tranquilamente hacia algún lugar, acompañado por dos amigos que conversan con él. No es consciente del evento que ha ocurrido a pocos metros, por eso camina hacia un punto concreto. Ajeno a la ausencia de futuro. Sin saber que pertenece a la generación perdida.

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La muda de otoño

Publicado por glandalf en Martes, 16 noviembre, 2010

Él ya había muerto. No del modo en el que la mayoría de gente fallece; él aún respiraba, su corazón latía sin gana y sus ojos todavía recordaban como llorar. Pero pocos indicios más de lo que podría llamarse vida eran visibles en él.

En este punto ya entenderéis de a qué me refiero. Su muerte había sido interna. En resumidas cuentas, estaba muerto por dentro: Su mente y espíritu habían sido quebrados y vueltos a unir tantas veces, que ninguna pieza encajaba ya en el puzle remendado de su alma. Y habían ido cayendo por su propio peso. Estaba vacío.

Y así siguió mucho tiempo –o no, ya que a fin de cuentas aquel concepto por momentos dejaba de tener sentido para él- ese caparazón ausente de vida, ese extraño chico de mirada vacua. ¿Pero qué más da? A veces hacía como que sonreía, y eso era prueba irrefutable para el mundo entero de que todo iba bien. Como siempre, como cada día.

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La niña del colegio

Publicado por Iraultza Askerria en Sábado, 25 septiembre, 2010

El barullo armado por los muchachos y las muchachas del instituto era ensordecedor. Bajo el cielo otoñal, grupos de niños pateaban con ilusión una pelota de fútbol; decenas de niñas comentaban exaltadas los amoríos de la serie juvenil de la noche anterior; algunos mozuelos miraban a escondidas y desde lejos los divinos cuerpos de sus compañeras de clase, ataviadas de ajustados pantalones de llamativos colores y escotadas chaquetas vaqueras; mientras otros, tan prudentes como imprudentes, estudiaban e interpretaban con inquietud los apuntes del examen de física y química al que se enfrentarían en pocos minutos.

En definitiva, aquellos futuros funcionarios, obreros, técnicos, oficinistas y dependientes, convivían pacíficamente dentro de las esferas de sus amistades, riendo bajo el mundo de los sueños adolescentes. Pronto volverían a las aulas, finalizado ya el recreo, y retomarían una actividad que algunos detestaban, a otros les aburría, pero que todos necesitaban para adquirir la sensatez y el buen juicio que son menester en un mundo perteneciente a todos.

Por desgracia, este esbozo del jolgorio juvenil era opuesto a lo que sucedía en el interior del colegio. El viejo edificio, que había sido utilizado como hospital republicano durante la guerra civil, y bombardeado y restaurado, se exponía tenebroso y lúgubre. Parecía una caverna repleta de monstruos extravagantes o una prisión de maniáticos asesinos. Sus bisagras de metal chirriaban por razón del viento y el conserje vigilaba desde el vestíbulo como un buitre hambriento.

El sonido del chapoteo que caía de la fregona y el bisbiseo iterativo del aire acondicionado surcaban la atmósfera como el susurro de un fantasma. Las vitrinas que decoraban los pasillos exponían trofeos oxidados, y los pupitres de las clases se corrompían con la podrida opacidad del ambiente. En el gimnasio o en el aula de música había tal deterioro y escasez de instrumentos que se obstaculizaba el desarrollo del espíritu artístico de los alumnos.

Lo dicho atendía a una implacable antítesis: mientras el patio de recreo parecía un pacífico y alegre jardín, el colegio se figuraba un oscuro trayecto de diez años de invalidez y desorientación, carente de una dirección nítida y firme. Sin una educación apropiada, sin un modelo ecuánime al que seguir, el humano se convierte en animal, y ese animal… en un monstruo.

Por todo ello, ocurría lo que estaba ocurriendo:

En los aseos de las chicas ubicados en el tercer piso, provistos de espaciosos lavabos, estrechos cuartos de inodoros individuales y una portezuela que daba a un balcón exterior, una niña de trece años plañía desconsolada. El llanto arreciaba como un diluvio, y cual tormenta retumbaban las lágrimas sobre el suelo alicatado.

No lloraba porque hubiese cateado el examen de matemáticas, tampoco a causa de que hubiera discutido con el chico que le gustaba, sino porque su hermosa melena rubia estaba desgarrada y su rostro límpido y cálido empapado de sangre. Los ojos morados, la nariz rota. El corazón latía sin fuerzas, seco y harto. Tenía el cuerpo infestado de arañazos y contusiones. Y el alma partida como un espejo de cristal, reflejo de la guerra.

Se encontraba tendida en el suelo, con los brazos apoyados sobre las finas baldosas como si buscasen una ayuda a la que aferrarse, y con las rodillas flexionadas, a semejanza de un espasmo de autoprotección desencadenado por el miedo.

Se llamaba Linda, hija de una honesta pareja extranjera que había abandonado hacía más de una década su país oriundo en busca de la dignidad y la fortuna sólo merecida por la gente honrada. Gente honrado como ellos.

Linda, tal y como su nombre indicaba, era una chica preciosa; y lista, cabal y reservada. Su timidez la había dejado sola. Y ahora en su soledad, lloraba. Nadie escuchaba sus lamentos ni acudiría a socorrerla. Se encontraba sola ante la apatía de un mundo tintado de arco iris sobre un lienzo de oscuridad. Ojalá pudiese esconder la cabeza y mirar a sus sueños. La realidad, sin embargo, devoraba todo lo bueno.

Los insultos, las burlas, las agresiones y las palizas la habían hostigado desde el inicio del curso. Ni siquiera la dejaban en paz en las aulas donde el maestro debe ejercer su competencia. La marginaban, le daban la espalda. Sólo la miraban a los ojos para reírse de ella. La impotencia, la frustración, la amargura de vivir se habían combinado en su único sentimiento. No quería volver a casa y decirle de nuevo a su madre que se había caído por la escalera. No quería mentir de nuevo. Ni quería sufrir más.

¿De quién era la culpa? ¿Qué había hecho ella, una ingenua niña de trece años, para ser castigada tan brutalmente? ¿Dónde estaba el ser humano tras diez milenios de evolución? ¿Cómo pudo cometer Dios el error de crear los sentimientos del odio y la crueldad?

Linda no se hizo ninguna de esas preguntas. En ese instante, el dolor y la desolación eran demasiado ingentes como para preguntarse nada. Supo que sólo le quedaba una salida. Se levantó apoyándose en los lavabos y miró por los ventanales. Un cielo completamente azul se extendía en el firmamento, un cielo repleto de libertad y de oportunidades.

La niña se dirigió al balcón, abrió la portezuela y salió al exterior. Al sentir el tacto de la brisa, el dolor de sus heridas se volvió aún más agudo. Con el rostro ensangrentado y lágrimas en los ojos, salvó el obstáculo que significaba la barandilla.

Luego se lanzó al vacío.

Cuando se estrelló contra el suelo, en medio de sus compañeros de clase, las lágrimas todavía le recorrían el rostro.

A mí me lo recorren aún.

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El Marchitar De La Rosa – Un Día Poco Normal

Publicado por Ninetales en Jueves, 12 agosto, 2010

“Tengo sed, Dame de beber, escucha lo que te digo, dame de beber ahora…”

Otro sueño… Las noches son intranquilas, las voces de mis muertos retumban mi cabeza. Recuerdos frívolos de personas que del más halla torturan mi descanso, perturban mi paz. El deseo interno que me come cada vez más, una sed insaciable a la venganza y a la sangre, una sed que no puedo saciar y me controla. Pero debo mantenerme firme por Kitsune y por todos los niños del Japón. No, nunca por la venganza…
Es ahora de que empezamos un entrenamiento mental, espero que el siempre tenga esa esperanza de justicia, nunca pero nunca quiero verle en un camino erróneo. El entrenamiento tomara muchos días de paz y quietud, así que la concentración es fundamental para ello.

- Kitsune, quiero que me acompañes un rato a caminar.
- Si, esta bien.
- Mira el golpear de las olas, el ir y venir fuerte, pero coordinado y tranquilo – le decía mientras caminábamos por las peñas del lugar –mira esa tranquilidad que genera el respirar este aire, poderoso y a la vez tranquilo.
- Se siente muy relajante, muy bien.
- Así es, quiero que te sientes aquí y olvides todo lo demás, ahora quiero que seas uno con el aire, uno con el sonido del mar; que seas uno con la naturaleza que te rodea.
- Esta bien lo hare.
- Bien nos veremos al atardecer y no te muevas por más hambre o sed que tengas.
- Pero…
- Pero nada! Soy tu Maestra y haces lo que te digo, ahora a estar en paz.

Mientras me retiro le veo cerrar sus ojos e intentar lo que le dije, si que es un buen chico, espero que entienda la importancia del entrenamiento. Mientras lo hace iré al pueblo quiero saber que se dice del asesino de la rosa, y que chismes hay entre los mercaderes. Bueno por lo menos espero saber más de los ingleses, quiero saber si en algún momento se dice algo del gobierno actual.
Caminando entre los mercaderes solo escucho rumores vagos, nada importante, nada que me lleve a tener mas pistas. Quizá deba ir hasta Inglaterra y encontrarme cara a cara con el líder de ellos.

 Perdida en mis pensamientos, choco con un mercader que llevaba Sake, las botellas se rompen y el mercader enfurecido intenta golpearme. Al ver que muchos miraban tenia que dejarme golpear, no quiero que se levante sospechas de mí. El hombre me golpea y caigo al suelo, sin detenerse intenta levantarme una vez más, para golpearme de nuevo.
- Mira! ¿Eres tonta?
- Disculpe señor no era mi intención
- Ahora pagaras por lo que has hecho niña estúpida –mientras me levantaba las personas se acercaban y formaban un circulo a nuestro alrededor –pagaras caro por lo que has hecho niña tonta.

De repente un hombre bien vestido, parecía ser del gobierno, llega con unos policías a detener al hombre.

- Disculpe señor, creo que esto cubre el valor del licor –le dijo mientras le daba dinero –espero que no halla mas inconvenientes.
- Por supuesto que no –le respondió mirándolo con algo de temor
- Dime hermosa dama, ¿te encuentras bien? –me dijo con una sonrisa
- Si, si señor estoy bien muchas gracias.
- Una chica como tú debe tener mas cuidado al caminar.
- Si, eh muchas gracias lo tendré en cuenta.
- Bien ve con cuidado…

Aprovechando salí con prisa del lugar, esto que ocurrió es algo extraño para mi, al momento que me sonrió me sentí extraña muy extraña. Estaba agitada por lo que paso, y mi mente solo podía recordar su expresión, una expresión de ternura, cada vez que lo recordaba me sentía mas y mas extraña. De repente algo llama mi atención. Unas personas comenzaron a tratar un tema que me intereso mucho.
Sin que me vean escucho lo que dicen, son dos hombres hablando. Intento prestar más atención, escucho que hablan del hombre que apareció en el mercado.

- ¿Cómo alguien como él esta en un mercado como este?
- Él es del gobierno quizá es un detective que busca pistas del asesino de la rosa.
- No, me refiero que el es hijo de un japonés y de una inglesa
- ¿Qué quieres decir con eso?
- El es Lord Yusuke, hijo Victoria West, Duquesa de Inglaterra.
- No lo puedo creer, ¿como alguien de su linaje esta aquí en Japón y en un mercado como este?
- No lo se amigo pero quizás no este de vacaciones desde que su padre murió el se ocupa ahora de las relaciones entre Inglaterra y Japón.

Al escuchar esto entendí la importancia de aquel hombre, quizás sea uno de los que busco, y de no ser así atreves de él podre llegar a mi objetivo, esta es una oportunidad que no podía dejar pasar, tenia que hacer algo muy ingenioso y lo mas pronto posible. Si dejaba escapar al pez nunca el tigre tendría su cena, así que debía actuar rápido. El sol cae así que iré a ver a Kitsune.
Cuando llego veo a kitsune tan cual como lo deje, es increíble lo estricto que puede llegar a ser este pupilo mío, hoy en definitiva no ah sido un día común, es un día muy distinto a los demás. Así que terminare con algo especial.
Acelere mi paso, me acerco con intención de golpear a Kitsune, salto por detrás e intento golpearle, de repente el con su mano derecha me bloquea sin necesidad de verme. Sorprendida pero con determinación sigo mis intentos y el se levanta y  bloquea cada uno de mis golpes. Esquiva, salta, se mueve con rudeza pero con tranquilidad. El día término con un gran orgullo, este chico si que es impresionante, realmente estoy feliz de ser su Maestra.

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A la luna

Publicado por glandalf en Miércoles, 7 julio, 2010

A lo mejor resulta un poco simple, pero espero que sea de vuestro agrado.

La luna se balanceaba en el cielo;

desnuda, cubierta de heridas.

Melancólica, una tonada cantaba.

Su piel de blanco refulgente

iluminando, sin saberlo,

los ojos de esta expectante alma.

Este insignificante humano

que aún recuerda,

que aún siente.

Permíteme que te pregunte,

hermosa luz de marfil,

del cielo y de mis sueños pendida,

si hace frío allí arriba.

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En algún lugar

Publicado por Pequadt en Martes, 6 julio, 2010



En algún lugar que solo tú y yo conocemos, que solo tú y yo amamos.

En aquel sitio en el que ocurrió nuestro primer abrazo, susurro o caricia,…

Un lugar especial donde los haya, con sus fallos, si, pero emotivo para ambos.

Allí donde los dos pudimos amarnos y respetarnos hasta que la luz se apagó.

La luz se apagó porque uno de los dos quiso, ese mismo que decidió que no debía luchar contra una sociedad teñida de homofobia, xenofobia y racismo.

Aquel que no se atrevió a luchar contra la marea y la corriente por un sentimiento que, por mucho que negara, al final de su vida se vio obligado a admitir que nunca había olvidado.

Hoy hace demasiado tiempo para acordarme de ese tipo de noches en las que soñé que estarías al lado mío por y para siempre, en las que me sentía protagonista de un cuento en el que no había princesas, si no dos príncipes azules que creían que se necesitaban uno al otro.

Pero, no puedo olvidar tus labios presionando los míos, tus manos traviesas ni las sonrisas cómplices que nos mostraban lo bonita que era la vida cuando estábamos el uno con el otro.

Me sentía abrumado por el caos que la existencia me hacía destilar gota a gota, paso a paso para después arrebatarme cualquier vestigio de tan preciada esencia, con olor a azahar y a rosas rojas.

Sentía que me estremecía cuando la brisa me traía el olor de aquel varón al que tanto había querido.

Las estrellas morían.

Un niño dibujaba su sonrisa en medio de una turbia e intensa oscuridad que hacía que desapareciera toda claridad hasta entonces existente en aquel lugar.

Y esa risa se vio interrumpida por el llanto sonoro del mismo niño, que no quería que aquello terminara.

Todo lo que empieza dicen que acaba,…

Y es que, la muerte de un mundo creado por y para ese amor se avecinaba, y todo lo que pertenecía a ese lugar sabía el futuro que poco a poco se le echaba encima sin ningún reparo.

La oscuridad producía el ahogo de la vegetación,…

Y aquel mundo, se acababa de morir, acababa de ser olvidado por su dueño, acababa de someterse al poder omnipotente de las tinieblas.

Olvidé olvidar lo que nadie quiso que yo olvidara.

Olvidé olvidar esa sonrisa que solo tú me dabas.

Olvidé olvidar el recuerdo de esa noche junto a tu ventana.

Olvidé la tristeza.

Olvidé el llanto de la noche que se acababa.

Olvidé olvidar que solo tú me amabas.

Publicado en Cuentos, Romántico, Tragedia | 1 comentario

La carta del adiós

Publicado por glandalf en Lunes, 5 julio, 2010

He decidido escribirte, no se aún si por miedo, despecho, o como una fútil despedida.

Aún no se si te echo de menos, o es rencor lo que siento. Creo que llegado a este punto, el amor y el odio que siento por ti han quedado a la par. Apoyado sobre los labrados barrotes de mi balcón, pasé un rato mirando al exterior, intentando ver más allá, buscando un sentido al mundo. ¿Pero sabes qué? No encontré nada.

Creo que soy una calamidad. Que sin ti no me queda nada por lo que vivir, y contigo sufro. Que si te tengo delante no puedo ni siquiera levantarte la mirada. No me queda nada.

Pero siendo sincero, estoy más sereno de lo que creía. No siento tristeza, ni por mí, ni por ti. No siento nada absolutamente. Mi interior es un vacío inescrutable. Posiblemente este estado no dure mucho, me parece antinatural, así que debo hacerlo ya.

Observo el frío metal sobre la mesa. Creo que él también me mira expectante. Es hora de despedirme. Lo siento, pero a donde voy no podrás seguirme, y esto es un adiós.

Siempre te querré.

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