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Por encima del realismo. Donde nos engañan y sorprenden los sentidos.

Esto es de locos

Publicado por Zilniya en Martes, 5 abril, 2011

Esta historia es de locos. Mejor dicho, esta historia va de locos.

Era mi primer día en el hospital psiquiátrico, como médico residente. Había estudiado, oído hablar y hasta visto vídeos de personas afectadas de diferentes clases de psicosis, pero en el hospital sería la primera vez que los trataría cara a cara.

—¿Podría ver una relación de los pacientes y sus diagnósticos? —pregunté al doctor Meza.

—Vamos a hacer algo mejor —respondió —. No voy a darte una “lista de la compra” para que puedas crearte ideas preconcebidas de los pacientes. Tú mismo irás habitación por habitación y les preguntarás por qué están aquí y formularás su diagnóstico.

—¿Es… está seguro doctor? —le dije, inseguro—. ¿Y si alguno de los  pacientes sufre un episodio violento?

—Estate tranquilo, en las habitaciones de los más proclives no se puede entrar sin la compañía de los celadores. A esos, si hace falta, les preguntas desde detrás de la puerta.

Qué sorpresa. Un doctor loco en una casa de locos. Esperaba alguna novatada, pero no de parte del médico que estaba a cargo de mí. Sin embargo, nada más acercarme a la primera puerta, reconocí que me invadía una sensación no sólo de temor, sino también de curiosidad.

Habitación 003 – “Friday”

—Yo veni’ di islas di África, en patera. Yo tene’ contacto bueno aquí.

—¿El caso de este hombre no debería haberse delegado a Inmigración? —pregunté en voz baja a Meza.

—Así fue, hasta que empezó a insistir que su “contacto” era un tal Robinson Crusoe.

—…

Diagnóstico: Robinson Crusoe era la alucinación de un solitario indígena isleño.

Habitación 005 – “Soñador”

—Tú… ¿sueñas con monstruos? —me preguntó calmado el paciente.

—A veces —le respondí. —¿Y tú?

—Yo no. Yo sueño con ser un monstruo.

En aquel instante, miré de reojo al celador en la puerta.

Diagnóstico: Él no sueña con monstruos. Él es el monstruo de mis sueños.

Habitación 007 – “El sexto sentido”

—En ocasiones, veo muertos —me susurró el chico joven desde debajo de su colcha—. Sé que están ahí, me observan, me controlan… Me apunté a clases de interpretación para tenerlos entretenidos.

Diagnóstico: No hay mejor actor que un loco que se cree su papel.

Habitación 009 – “Refugiado”

—Yo no estoy loco.

—(Qué novedad) —pensé.

—Me he encerrado aquí por seguridad. Los que están allá fuera sí que están locos: hablan a solas por la calle, en los bares, en los parques, en todos lados…

Bzzzzzzzzzzz. Mi teléfono móvil comenzó a sonar.

—¡AHHHHHHHH! ¡ERES UN DE ELLOS! ¡¡¡ERES UNO DE ELLOS!!!

—¡Celador, celador! ¡Ayuda!

En menos de diez segundos, los celadores inmovilizaron al paciente y el doctor Meza le inyectó un tranquilizante.

Diagnóstico: Sólo un loco entraría ahí con el móvil encendido.

 Habitación 011 – “Viajero”

—Me han encerrado aquí porque soy capaz de viajar en el tiempo —me dijo el hombre con aires de aristócrata—. De hecho, ahora me voy de regreso a mi banquete de bodas. ¡Y tú no estás invitado!

Diagnóstico: Lo malo de vivir en el pasado es que no puedes invitar a nadie más.

Habitación 013 – “Mea culpa”

—Es por mi culpa. Es por mi culpa. Es por mi culpa. Es por mi culpa. Es por mi culpa. Es por mi culpa… —susurraba aquella mujer mientras se balanceaba frenéticamente.

—¿Qué es por tu culpa? —pregunté. Ella frenó en seco.

—¡TODO! —me contestó—. Pero aquel estúpido notario no quiso entenderlo, decía que no podía registrar la culpa a mi nombre. Ni siquiera cuando empecé a golpearle con la grapadora… ¡Aquello también era por mi culpa! —Me miró fijamente y se acercó—. Oiga, ¿por qué estoy aquí?

—Creo que… por su culpa.

—Gracias —contestó. Y sonrió.

Diagnóstico: la culpa tiene dueña.

Habitación 015 – “Baco”

—Mi único problema es ser un fiel devoto del vino. Por eso mi mal tiene nombre de tragedia romana.

Diagnóstico: delirium tremens.

Habitación 017 – “D’Artagnan”

—Es una locura.

—No, se llama delirio.

—La nomenclatura más adecuada es “psicosis”.

—¡Callaos todos! —gritó.

Pero no había nadie más. Aquel individuo estaba solo. Yo me encontraba detrás de la puerta, escuchándole en silencio.

Diagnóstico: todos para uno y uno para todos.

Habitación 021 – “Robinson”

—Tranquilo, no temas, estoy bien… ¡sólo que deja de mirarme así!

—Yo… no le miro —respondí.

—No es a ti, imbécil, ¡es a él! Todo el día ahí quieto sin hacer nada, me pone de los nervios —decía mientras señalaba una cara pintada en la pared.

Diagnóstico: deberían presentarle al paciente de la 001.

El doctor Meza y yo fuimos a su despacho. Me ofreció un café y nos sentamos. Estábamos en silencio, yo miraba el café como si fuera a encontrar respuestas en sus posos. Meza rompió el hielo.

—¿Y bien? ¿A qué conclusiones has llegado? —preguntó. Y le dio un sorbo a su café.

—No sé ni por dónde empezar… —Me pasé una mano por la cara—. Hoy me he preguntado por qué escogí esta especialidad —le confesé.

—Lo que siempre me ha llamado la atención de las psicosis, es que las fantasías de los afectados muestran otra forma de realidad, una forma de rebelión inconsciente.

—Está loco… —dije. Y me lamenté, odiaba hacer chistes malos.

—Si no puedes contra ellos, únete a ellos —me contestó.

Recordé al paciente de la 009, el del incidente del móvil. Algo de razón había en medio de su locura.  Todos estamos locos, sólo encerramos a aquellos que se les nota demasiado.

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¿Kafkiano o Quijotesco?

Publicado por zadel88 en Sábado, 19 marzo, 2011

Pocas veces en la vida puedes encontrarte en un dilema tal que, de no resolverlo, podría hacer que tu vida se estancara en una monotonía sin sentido.

Miles de historias en una vida, cual miles de colores sobre un lienzo, historias que mediante una cadena de suceso pueden terminar incluso peor de cómo empezaron; o en dados casos, no terminar.

Miles de vidas en una historia, miles de personas en el mundo que están solas en medio del sobrepoblado planeta en que existimos; cada uno con sus locuras y mentiras creídas a medias con el único objetivo de escapar de la realidad opresora que de otra manera nos veríamos obligados a aceptar.

La vida, y las vidas… una conjunción de relatos kafkianos y quijotescos, con detalles y cadenas interminables que hacen de la vida lo que es… vida.

¿Un personaje real que vive en la fantasía interminable?

¿Un personaje fantástico que parece ser más real que los seres que nos rodean día a día?

¿Es tu vida Kafkiana?

¿Es tu vida Quijotesca?

¿Hay forma de escoger?

Si pudieras escoger ¿Cuál escogerías?

 

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Lágrimas doradas

Publicado por David Laviè en Lunes, 7 marzo, 2011

La nieve azota el ventanal acompañada de su inseparable amigo el viento, las bisagras se quejan en alaridos de óxido, mientras las nubes observan el vacío ambiguo de mi oscura mirada perdida en la inmensidad de la nada.

Nada, siempre observando la nada…

Acordes mágicos resuenan en laúdes de 13 cuerdas, y unas manos cansadas por el maltrato de una vida sarcástica se lamentan de no haber podido acariciar el pelo de la venganza.

Pasan las horas, el cristal se empaña jugando con mi cálido estertor de muerte. El corazón sigue en su repique intenso de medianoche, mientras esa droga que me deja caótico ante las palabras consume hasta el último sorbo de mis doloridas lágrimas.

Escucho raciones de eco en lugares llenos de mecheros, y entre esas llamaradas me excuso de no haber aprendido a despegar sin que me empujen.

Torrentes de águilas ocultas tras mi índice, el cielo se muestra omnipotente ante mi humilde maleficio, tras la silueta de mis temores solo me queda el placer del más oscuro de mis gritos.

Me temo que esa manera de parpadear me esta dejando en silla de ruedas, levantando una vez tras otra ese saco roto lleno de ilusiones.

No me pregunto el porqué de mis alucinaciones, sino que me respondo sin preguntarlo.

Esa manera inconsciente de dibujar en láminas de suspiro, de acariciar pechos de tiniebla.

Las agujas del reloj siguen derrapando ante mi ya acostumbrada mirada, y la única desventaja es no poder meter mi sombra entre las sábanas para hacer que vayan más despacio a través de mis queridos viajes al sopor de la luna.

Este viento empieza a oler a desengaño. Camino por un arco iris monocromo respondiéndole al cielo que estoy lo suficientemente cansado como para descansar un poco.

Un poco. Para siempre.

Me despierto en un charco de hemoglobina con las pupilas dilatadas, el viento huele demasiado a limón.

Voy en cuclillas a la zona VIP de mi olimpo y me acerco al pasillo de los sueños, con la sonrisa impresa en el rostro y una cuchilla atada a mis dedos.

Me precipito al vacío entre lamentos y cocaína. Nadie lo entiende, pero no puedo dejar de reírme.

Finalmente mis manos se cierran en señal de victoria, y las miradas se posan sobre mis uñas pintadas de disconformidad.

Cerré entonces los labios, y la llama de mis ojos se extinguió lentamente mientras recordaba canciones alumbradas por enormes pianos de cola.

Si, soy yo. Un paisaje de invierno. Una línea de un horizonte. Un reloj sin cuerda. El péndulo que marca el miedo.

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PERDIENDO EL HILO (5)

Publicado por onanistaenamorada en Martes, 18 enero, 2011

La mañana siguiente no han cambiado tus ideas. Jose ha hecho el desayuno y te lo lleva a la cama. Estás feliz. Ésa es la palabra. Hace mucho tiempo que no te sentías así. Él tiene una permanente y blanca sonrisa en el rostro. Parece que no puede reprimirla. Se le escapa hasta cuando hablais de cosas serias.

Pasas el día con Jose. En la cama, en el sofá, en la ducha, en la cocina, en el ascensor. Lo sigues hasta cuando va a comprar pan. Debes recuperar el tiempo. Tienes que saciar tu hambre. Pasas la mañana, la tarde, y la noche, pegada a su cuerpo.

Piensas en el hilo dental. No sientes el impulso de correr a mirarlo si ante ti está Jose y puedes mirarlo a él. No comentas su existencia.

Despiertas por segundo día al lado de Jose y le muerdes el culo para que despierte. Él se molesta, se ríe, se venga de ti haciéndote cosquillas en los pies, algo que odias. Pataleas y chillas pero sabes que no tienes escapatoria. Te suelta cuando la risa te provoca un acceso de tos y empiezas a enrojecer. Una vez recuperada, aprovechando que no está en guardia, vuelves a morder su culo, con más fuerza. Desde luego, te dice, estás buscando guerra.

Después de morder todo su cuerpo, después de que él lama toda tu piel… cuando habeis comido, hacia las siete de la tarde, Jose decide ir a casa de sus padres para, por lo menos, cambiarse de ropa. Tú llenas una maleta para llevarla a tu nuevo piso. Acompañas a Jose, y le instas a que coja muda para más de un día. Luego vais a la calle que él no conoce arrastrando una maleta cada uno.

Estrenáis la casa haciendo el amor en la alfombra del pasillo, como animales, con la ropa a medio quitar, sin preliminares, con prisas. Las maletas están tiradas en el suelo, caídas de cualquier forma. Igual están las llaves, en el suelo, clavándose en tu espalda sin que el dolor te importe.

Casi te quedas dormida allí, con tu oreja en el ruidoso estómago de Jose y tu culo en la fría pared, agotada, feliz. Escuchas la voz de Jose y abres los ojos, vuelves al mundo de los vivos. Su boca te está proponiendo una ducha.

En el cuarto de baño, Jose termina de quitarse los pantalones y saca las cosas de los bolsillos. Sobre el mueble del lavabo Jose suelta sus llaves, su teléfono móvil, su cartera, un bolígrafo y, mira tú por dónde, quién te lo iba a decir, una cajita blanca de seda dental.

Se para tu corazón dos segundos. La cajita. La miras. Sabes que es ésa, y no cualquier otra, porque también te mira. Incluso sientes que te està sonriendo, contenta de volver a verte. Jose te habla. No entiendes qué dice. Apenas lo oyes. Le preguntas, con un indeciso dedo índice, qué es éso, de dónde lo ha sacado. Jose se queda callado un instante y luego sonríe, y te dice que tiene gracia. Tú luchas por ser racional, y escuchas. Jose sigue hablando. Te dice que bueno, es una tontería, pero le ha hecho gracia. Dice que es su hilo dental, que estaba caído detrás del mueble del baño. Dice que cuando recogía sus cosas se le cayó. Dice que iba a cogerlo, pero que cuando estiró la mano algo le hizo dudar. Jose dice que algo le impedía quitarlo, que la idea de dejarlo le gustaba, que sintió que así no se iba de tu lado. Tú estás callada y Jose habla. Te cuenta que el día anterior lo recordó, y que fue al baño y se quedó de piedra al comprobar que seguía en el mismo sitio. Te cuenta que esta tarde no ha podido resistirse y se lo metió en el bolsillo, porque bueno, al fin y al cabo, es suyo. Dice que ha recuperado su hilo dental y te ha recuperado a ti. Jose está sonriendo.

Tus pensamientos dan muchísimas vueltas. Hacen piruetas las ideas, malabares las intenciones, y la lógica camina sobre la cuerda floja, sin ninguna protección. No sabes qué decir. Ni siquiera sabes si puedes hablar, si no has perdido para siempre la voz, si hablarás en un idioma que Jose pueda entender… Sólo tienes ojos para el hilo dental.

Sonríes. Es una sonrisa cerrada, dura. Piensas que si tocas el hilo dental puedes recuperar el hilo mental, que puede arreglarse todo, que es el conducto al raciocinio, a lo visible, a lo práctico,… la seda es más bien una caña de pescar, sólo tienes que tirar de ella. Quizás.

Extiendes la mano. Jose está a tu lado, y puede que hable. Lo percibes como al bidé o al espejo, un algo borroso que no es nada mientras no tires del hilo dental y sufras una combustión espontánea o dejes de saberte loca. Estás dispuesta a correr el riesgo. Ya es un desafío personal.

Tus dedos viajan despacio en el aire. Recorren la distancia hasta la cajita blanca y se detienen a un centímetro del plástico. Coges aire y mueves un dedo. Tocas el hilo dental. Pierdes el salmón que pretendías pescar,  y se te escapa la cordura.

Por fin, empiezas a chillar.

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PERDIENDO EL HILO (4)

Publicado por onanistaenamorada en Martes, 18 enero, 2011

Inviertes tres días en mirar pisos de alquiler, hasta que encuentras uno muy parecido al tuyo. Tiene la cocina más grande y muchos muebles viejos. Cuesta diez euros más al mes, pero está más cerca de tu trabajo. Decides alquilar el piso. Haces la mudanza de las cosas pesadas a través de una agencia, en dos días, pero no te trasladas a tu nuevo hogar. Aún no lo has limpiado a fondo y, además, quieres pintar el dormitorio de rosa.

Transcurren los días y tú frotas azulejos y enjuagas el rodillo. Metes ropa en los armarios, das tu nueva dirección al banco, conoces la panadería de tu nuevo edificio y miras el hilo dental con una sonrisa, desafiante, creyendo que le has vencido. Duermes en los dos pisos, dependiendo de dónde te pille el sueño. Cuando estás en el nuevo, echas de menos las vistas del antiguo. Cuando estás en el antiguo, te sientas en el bidé y se te van las horas.

Has vivido allí dos años y te resistes a soltar las llaves, por eso cada día limpias más en tu nueva casa y abres con pereza las maletas que trasladas, medio vacías. Lo alargas demasiado. Un día ibas a volver con un maletón enorme y apareciste en tu nuevo portón con dos sartenes en una bolsa de plástico.

Invitas a dos amigas a cenar en tu nuevo piso. Cuando te preguntaron por qué te mudabas les contastes algunas mentiras, como que el dueño iba a subir el alquiler y que los vecinos que acababan de llegar eran muy escandalosos: no paraban de arrastrar sillas por su suelo, sobre tu techo, a altas horas de la madrugada. No les comentaste nada sobre una cajita blanca que hay en tu antiguo baño. Crees que si hablases de ella con alguien, tu cabeza podría explotar. O la cabeza de la persona que te estuviese escuchando.

Después de cenar te convencieron para salir y tomar una copa.

Te has bebido más de una, y más de dos, y te diriges al baño de la discoteca dando tumbos. Desde hace más de un mes, cuando entras en cualquier baño, piensas en el hilo dental de Jose y, consecuentemente, en Jose. Por eso, en tu estado de embriaguez no te extraña nada abrir la puerta de los servicios y ver a Jose saliendo del de caballeros. Él te mira, se para en seco, y tú lo miras a él. Durante más de un minuto no decís nada. Luego te pregunta cómo estás, te cuenta cosas que no sabes, te hace reír, te sujeta el brazo, te pide perdón, te pide otra oportunidad. Tú te haces la dura y entras en el baño de mujeres, obligándote a no abrazarlo. Cuando sales, Jose sigue allí, esperando. Te habla, te pregunta, te explica, te ruega que lo aceptes, que al menos lo aceptes como amigo. Quiere invitarte a algo.

Mientras estais en la barra él te rodea la cintura y tú no lo apartas. Te dice tonterías. Te dice lo guapa que estás y cuánto te echa de menos. Tú te bebes el contenido del vaso en menos de diez minutos. El tiempo es confuso, el alcohol es confuso y la noche es confusa. Se te olvida que detrás del mueble del baño hay una cajita de seda dental conspirando contra ti. Se te olvida que estabas muy enfadada con Jose y querías olvidarlo. Se te olvida que ya no eres suya y te dejas llevar a la pista de baile. Bailas con él y dejas que él se mueva contigo, que te toque, que te bese el cuello. Escondes la nariz en su pecho y aspiras su olor a campo, a tierra mojada, a carne cruda, que tanto añorabas. Él te besa y tú cierras los ojos. Te dice que te ama, y tú le respondes que lo quieres. Jose dice que no le gusta el sitio, que el jaleo le agobia, que la penumbra le impide disfrutar de tu belleza, que quiere desnudarte, que quiere despertarse contigo… y tú te rindes a él.

Sentados en el taxi, en la parte de atrás, te echas sobre su hombro y dormitas, cansada, borracha, feliz. Él te acaricia el pelo todo el trayecto. Cuando para el coche, paga al conductor y te ayuda a salir. Jose no sabe que has alquilado otra casa, que estás de mudanza. Estás ante el portón que él conoce, ante el edificio donde vivíais juntos.

Al entrar en la casa él se percata de lo vacía que está, y tú le cuentas que te estás mudando, que ahora estás viviendo en dos casas, según el día, que estás de vacaciones… Él está en paro. Pidió una baja por depresión cuando lo echastes de tu vida, y al mes decidieron no renovar su contrato. Eso te cuenta Jose, y tú te sientes culpable.

En la cama os reís mucho. Mientras te desnuda, mientras te besa, te atacan las sensaciones, las ideas, y piensas cuánto lo echabas de menos, cómo echabas de menos sus enormes manos en tus caderas, su habilidosa lengua en tu boca… Recuerdas cuánto lo necesitas, cuánto te gusta ése hombre que casi mide dos metros, que guarda un repertorio extensísimo de adivinanzas en la memoria, que se ruboriza si habla en público… Tomas conciencia de seguir enamorada, como el primer día, como hace seis años. Adoras a ése hombre, a sus gruñidos, sus bostezos y sus carcajadas. Amas a Jose con sus granos eternos en la espalda, con su rodilla torcida, con su cobardía y hasta con su infidelidad. Entonces, te das cuenta de que lo has perdonado.

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PERDIENDO EL HILO (3)

Publicado por onanistaenamorada en Martes, 18 enero, 2011

No sabes qué hacer pero sabes que debes hacer algo. Sabes que debes coger el hilo dental y tirarlo. Ponerlo en cualquier otro sitio no tiene sentido. Ponerlo en un cajón oscuro o una repisa iluminada no cambiaría las cosas. Sólo cambiarías el frío y duro asiento del baño por otro más cómodo. Seguirías mirando embobada aquel envase blanco. Así que sabes que lo mejor que puedes hacer es tirarlo a la basura. Es lo que siempre piensas, sin ninguna duda es lo más lógico, como hicistes con las flores…

Pero hace tiempo que tus pensamientos dejaron de ser racionales, hace días que sólo te manejan los sentimientos, impredecibles, inexplicables… y no haces nada. Los sentimientos no te dejan hacer otra cosa más que mirar la cajita blanca de la seda dental.

Un día llegaste dos horas tarde al trabajo. Se te había ido el tiempo sentada en el bidé, mirando el hilo dental. Crees que te hechiza, que te controla, que te manipula, que te hipnotiza mientras susurra un nombre. Jose, Jose, Jose, dice el hilo dental. Y tú sabes que has perdido la chaveta, que se te ha ido la pinza, que se te ha fundido la bombilla y tienes que volver a encenderla…

Después de cinco semanas entiendes que debes hacer algo cuanto antes, si no quieres perder el trabajo y la cordura. Pediste que te adelantaran las vacaciones de verano, y quieres solucionar el problema en estas tres semanas libres.

El problema es el hilo dental. No lo quieres. Te está volviendo loca. Quieres quitarlo, pero no quieres tocarlo. Se te han ocurrido un montón de teorías fantásticas sobre qué pasaría si lo tocaras. Has convertido el hilo dental en un fetiche, en una supersticción, en un ídolo, y te aterra.

Se te han ocurrido ideas disparatadas. Has pensado que metes la mano en la rendija, para sacarlo, y que una línea invisible te corta los dedos. Has pensado que lo coges y se te queda pegado en la mano,… incluso que una vez la agarres, la cajita comenzará a traspasar tu piel, se fundirá contigo, con tu carne, se meterá en tu cuerpo, se volverá parte de ti, y ya siempre te acompañará a todas partes… Se te ocurre que si lo tocas te transformarás en estatua de sal, que te quedarás ciega, que si notas su tacto perderás la cabeza de una vez por todas, que se te caerá el pelo, que un abismo se abrirá bajo tus pies, que explotará en tus manos haciendo que vueles en mil pedazos, destrozando la mitad de tu edificio… Piensas que si lo tocas puedes morir electrocutada, más aún si te sirves de las viejas pinzas de hierro. Piensas que una maldición terrible puede recaer sobre ti. Has pensado que si lo tocas Jose, esté donde esté, en la cama de otra mujer, en la carretera, en su trabajo o en casa de su hermana, caería fulminado por un rayo. Has pensado que puede ser una pieza maestra del engranaje del mundo, que si lo mueves un sólo milímetro, el universo entero temblaría…

Sí, estás segura de estar volviéndote loca, porque crees fervientemente que algo injusto y malvado se desencadenaría si tú tocaras el hilo dental. Crees que estallará una guerra mundial, que se sucederán siete plagas, que el cielo se pondrá marrón, que se morirán los perros blancos, que se extinguirán los hombres negros, que una mariposa chocará con una flor, que las estrellas se caerán del cielo, que Jose recibirá cien latigazos, que te saldrán pelos piojosos en la lengua, que se agrietarán todos los muros, que se ahogarán los peces, que sudarás sangre y orinarás magma…

Sientes que algo terrible sucederá si lo tocas, así que la premisa, como un doble mandamiento, es deshacerte del hilo dental sin entrar en contacto con él.

La alternativa a eso sería que alguien lo hiciera en tu lugar. Sabes que otra persona puede hacerlo, que así no peligraría el equilibrio, ni la gravedad. Pero no te atreves a pedírselo a nadie. Antes, quizás. Antes de que estuvieras tan desesperada, quizás tendrías que haberlo hecho. Ahora ya no. Ahora sabes que no tienes un comportamiento racional. Sabes que no utilizarías las palabras correctas ni la expresión adecuada, que te temblaría la voz, que esa petición exigiría preguntas, que te explayarías dando detalles, que te delatarían la emoción y el miedo, que suplicarías el favor, que cuando hablaras del hilo dental alguien terminaría por llamar a una ambulancia, a tu madre, a la policía…

Esta mañana, en tu quinto día de descanso, has encontrado el remedio que buscabas. No es todo lo coherente que te gustaría, pero te ha hecho suspirar y relajar los hombros. Puedes conseguir tu objetivo, aunque la formúla te parezca cobarde.

La solución es mudarte.

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PERDIENDO EL HILO (2)

Publicado por onanistaenamorada en Martes, 18 enero, 2011

Sueles saber dónde van las cosas. Cuando encuentras algo sabes qué lugar le corresponde, qué quieres hacer. Todo tiene su sitio y tú lo colocas en él. Sin embargo, no sabes dónde va el hilo dental de Jose. Está ahí y no tienes ni idea de dónde meterlo. Así que sólo lo miras. Sigues creyendo que estás volviéndote loca, porque él también te mira.

Has pensado que lo coges para salir corriendo de la casa, del portón, cruzar la carretera y tirarlo al contenedor de basura, llevándolo a un metro de ti, atrapado con las pinzas de la cocina. Has pensado en darle un último empujón con el peine, para que entre más en la rendija y caiga al suelo, para que no puedas verlo. Pensaste cogerlo y guardarlo en una caja de zapatos que nunca usas. También has pensado si podrías ahorcarte con el hilo dental, si varias vueltas en tu cuello serían suficientes, si se rompería en la primera tensión, o si te rajaría la garganta. Has pensado que puedes cogerlo, usarlo y tirarlo cuando se gaste, aunque no eres de seda dental. Has pensado que la próxima vez que alguien visite tu casa le preguntarás si puede hacerte el favor de coger la cajita y llevársela lejos, pero cuando tienes la oportunidad te sientes demasiado avergonzada para pedir algo tan estúpido, y no lo haces. Lo peor de todo es que has pensado en llamar a Jose.

Has pensado que llamas a Jose y le dices que tiene que venir a tu casa, que hizo muy mal la mudanza, que es un descuidado, que se olvidó su hilo dental y quieres que se lo lleve. Has pensado que llamarás a Jose y le explicarás que no puedes vivir con éso ahí, que tiene que llevárselo, que no tiene derecho a ocupar tu espacio,…

Sería una tontería llamarlo y decirle que vuelva para eso. Pero has pensado en llamarlo y suplicarle que se lleve la maldita seda dental, que la perdió algún día, que se le cayó, que la has visto y tú no te atreves a tocarla, que desde que la viste sólo piensas en su boca, y en sus dientes, y en sus mordiscos, y lo echas de menos, lo echas mucho de menos, aunque fueses tú la que le dijo que se marchase… Sería una tontería reclamar a Jose para eso. Aún así, has pensado que lo llamas y le dices: hola Jose, ¿cómo estás?, ¿bien?, me alegro. ¿Yo? Bueno, yo tengo un problemilla, por eso te llamo. Verás, he encontrado tu hilo dental en el cuarto de baño y no me atrevo a hacer nada con él. Pienso que si lo toco me dará calambre, ¿sabes? La verdad es que me da miedo, a veces tengo la sensación de que me mira, y lo peor es que me recuerda a ti, no paro de pensar en ti desde que lo encontré… ¿te importaría venir y recogerlo?, te lo agradecería mucho. No, no puedes llamar a Jose y decirle nada que se le parezca. No puedes llamarlo y confesarle que te estás volviendo loca porque su hilo dental está detrás del mueble del baño.

Debes hacer algo. Es lo único que tienes claro. Pero después de quince días el hilo dental sigue estando en el mismo sitio, y tú te odias por no hacer nada.

Una mañana colocastes una toalla de forma que ocultase el espacio entre el mueble y la pared. Antes de que anocheciera, decidistes quitarla. Te sentías absurda cuando ibas al baño y levantabas una esquina de la toalla, despacio, con dos dedos, temiendo que el hilo dental ya no estuviera allí, como si fuese a escaparse, como si tuviera patas,… o temiendo que saltara sobre tu cara y te atacase, como si pudiera ofenderse porque le hubieses privado de luz, como si tuviera colmillos y garras…

Una noche se te ocurrió que encontrar el hilo dental de Jose conllevaba perder el hilo mental de las cosas. Ya no piensas con claridad. Sales y entras. Trabajas. Duermes, comes, cagas y meas. Lees, escuchas música, cantas y patinas. Te duchas, te peinas, te depilas y te haces la manicura francesa. Friegas los cacharros y limpias el polvo. Bebes alcohol, y bailas con desconocidos. Te lavas los dientes, criticas a tus amigas, haces la compra y te masturbas. Remiendas los calcetines y tiras la basura. Hablas por teléfono, recoges la ropa del tendedero y la doblas, hasta pagas el metro… Haces las mismas cosas, pero a todo le restas tiempo… todo lo haces rápido y mal. Sin darte cuenta, mirar la seda dental de Jose se ha convertido en un hobby, en una obsesión, en una droga.

Cada día acudes más veces a contemplar el hilo dental, y multiplicas los minutos que pasas sentada en el bidé. Allí, el tiempo se torna más lento, la vida más calmada, tu existencia más soportable. Te gusta mirarlo, tenerlo cerca.

Vuelan tus pensamientos cuando estás en el baño. Piensas en Jose. Ahora piensas mucho en Jose, que te gritó delante de tu madre, que se folló a otra en tu cama… y lo echas de menos. Lloraba como un niño cuando sacastes a manotazos su ropa del armario. Estuvo llamándote, buscándote, reclamándote, acosándote,… más de dos semanas. Te envió un ramo de narcisos con una tarjeta que pedía perdón y ofrecía amor. Tiraste las flores a la basura. Y ahora no eres capaz de tirar algo que dejó olvidado… no te atreves ni a tocarlo.

Ahora eres tú la que llora como una niña mirando su hilo dental.

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PERDIENDO EL HILO (1)

Publicado por onanistaenamorada en Martes, 18 enero, 2011

Paseas por la casa. Miras el hilo dental, caído detrás del mueble del baño, y te echas agua fría en la cara. Mientras secas tus manos sigues mirando el hilo dental.

Vuelves al salón y te sientas en el sillón. Enciendes la tele. Durante unos minutos contemplas a los tigres siberianos, tan bellos, tan amenazantes, tan amenazados, jugando en la nieve. Te parecen gatos gigantes. Cazan y matan, y en los inviernos más crudos mueren de hambre. Rugen, y bostezan, y tienen los colmillos blancos. Ellos no se lavan los dientes, piensas, no hay seda dental para sus potentes dentaduras.

Te atrapan los pensamientos y vuelves a levantarte, inquieta. Paseas por la cocina, por el salón, por el pasillo. Vas al baño y te sientas en el bidé. Desde ahí ves una mancha clara, un blanco ensombrecido en la oscuridad de la rendija que queda entre el mueble y la pared.

Lo viste hace dos días. Se te cayó el tapón del desodorante, te agachaste a recogerlo y lo viste. Te acercaste y allí estaba el hilo dental. El mueble es de madera oscura, y está lleno de toallas. Antes estaba en el salón, lleno de libros. No es muy grande, y tiene tres baldas. Da igual. Lo que importa es que desde que viste el hilo dental no puedes dejar de pensar en él. Está apoyado en el rodapié, no llega a tocar el suelo. Cuando lo descubriste te quedaste como estabas, de rodillas, más de media hora. Alargabas la mano y la detenías en el aire, un par de veces, como si quisieses hacer algo que no hacías.

Paseas por la casa. Vas al baño cada ocho minutos y te sientas en el bidé. Miras el pequeño rectángulo clareado en la penumbra. Es el hilo dental de Jose. No sabes cuánto tiempo lleva allí tirado, ni por qué no lo has visto antes. Jose no se lava los dientes en tu casa desde hace dos meses.

Quieres quitarlo de ahí. Pero antes deberías saber qué vas a hacer con él. ¿Qué vas a hacer cuándo lo cojas? ¿Lo pondrás junto a tu pasta de dientes?, ¿lo pondrás junto a tus joyas? ¿Lo lanzarás a una hoguera cuando comience el verano? Te resistes a quitarlo, a tocarlo, a cogerlo. Porque… ¿qué harás si lo coges?, ¿lo tirarás a la basura?, ¿lo guardarás entre tus bragas? No sabes qué hacer con él, llevas dos días preguntándotelo.

Mientras te decides, intentas, sin éxito, imaginar que no existe.

Te haces la comida pero no tienes hambre, y guardas el plato en la nevera. Ves la televisión sin que te diga nada, sin que te muestre nada, sin que te enseñe nada. Apagas la tele y enciendes la minicadena. Te quedas dormida en el sofá, y sueñas que vas al dentista, que te duele la garganta y no puedes hablar. El dentista quiere sacarte sangre. Tú odias las agujas y pretendes huir. Pero estás atada a una camilla. Gritas. Te despiertas.

Vas al baño. Te bajas las bragas y te sientas en el bidé. Meas allí. No sabes por qué lo haces. No hacías eso desde tu infancia, cuando echabas carreras a tus hermanas para llegar al váter. Estás mirando el hilo dental. Quieres dejar de verlo. Quieres quitarlo de ahí. Pero no puedes cogerlo sin conocer el siguiente paso, no puedes tirarte a la piscina ignorando si tiene agua.

Tienes que saberlo. Debes saber si lo pondrás en el cubo de la basura o en el estante del espejo, porque… ¿y si lo coges y se queda pegado a tu mano? Podría pasar. No lo sabes. No sabes qué va a pasar una vez lo toques y por eso no lo tocas.

Lo miras. Él también te mira a ti, o eso te parece, y crees que te estás volviendo loca.

Te quedas allí, con el culo frío, con los pies helados, y piensas que deberías tirar esa caja cuanto antes, que sería lo más lógico. Algo te impide hacerlo y no sabes qué. No. No quieres tirarla a la basura, o ya lo habrías hecho. Quieres ponerla en otro sitio. Es lo que harías con cualquier otra cosa que se hubiera caído.

Cuando ves algo detrás de un mueble, entre los cojines del sofá, en una esquina debajo de una cama, lo quitas. Cosas perdidas que recoges. Si te agachas a buscar una zapatilla debajo del sillón, y ves un mechero, lo recoges y lo echas a un cajón, o a un bolso. Las veces que encuentras un tenedor en el compartimento de las cucharas lo has devuelto a su lugar correspondiente. Cuando en los apuntes tropiezas con propaganda la tiras a la papelera. Aquella vez que encontraste el cuchillo de untar mantequilla, que había desaparecido misteriosamente hacía más de un mes, sobre la estantería más alta del salón, te hicistes algunas preguntas, te reístes, y echastes el cubierto dentro de un vaso de café que había en el fregadero. Cuando pierdes algo, y luego lo encuentras, siempre sabes qué quieres hacer con él. Si aparece en tu bolso una factura pagada que no te interesa, va a la basura, y si encuentras en un cajón una bombilla fundida, también. Cuando descubristes que tenías la pulsera de plata enredada con todos tus anillos volviste a ponértela en la muñeca. Y ésa bufanda que, no sabes cómo, estaba entre los pijamas de verano, volvió a su gorro y sus guantes. Y los jerseys van con los chaquetones y los pantalones de pana. Y el champú con el suavizante y el gel. No guardarás el aceite al lado de la lejía, ni pondrás la nata montada al lado de un spray de pintura. Los garbanzos, las habichuelas. Las bragas, los sujetadores. Los libros, el diccionario. Las cerillas, las velas. Los destornilladores con los martillos y los alicates. Los platos con los vasos. Los dardos en la diana.

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Publicado por acubo en Domingo, 19 diciembre, 2010

¿Cada cuánto tiempo pasa el tren hacia la estación que nadie visita? ¿Cada cuánto tiempo se lanza un suspiro al aire para cortar las nubes? ¿Cada cuánto tiempo te caes para no volver a levantarte nunca? ¿Cada cuánto tiempo llevas algo a la boca? ¿Cada cuánto tiempo sientes frustración? ¿Cada cuánto tiempo piensas que vivir no es mucho mejor que morir? ¿Cada cuánto tiempo te dejas llevar? ¿Cada cuánto tiempo colocas todo lo que puede colocarse? ¿Cada cuánto tiempo procuras poner un cierto desorden caótico en tu cabeza desordenada? ¿Cada cuánto tiempo late tu corazón? ¿Cada cuánto tiempo tu corazón late el doble de lo habitual? ¿Cada cuánto tiempo sufres? ¿Cada cuánto tiempo hablas con ella sin ponerte nervioso?
Loop-doop.
El paciente ha muerto a las 0:55. Que den el aviso a los familiares

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El evento

Publicado por xplorador en Jueves, 2 diciembre, 2010

El sujeto circula por encima de la velocidad permitida, a pesar de los copos de nieve que se derriten en el sucio parabrisas de su sedán azul oscuro. Una ola de frío aguda y repentina de polaridad helada y malencarada, gustosamente cargada de adjetivos por los pseudocientíficos que se hacen llamar meteorólogos, barre el campus y deja narices rojas y bonitos gorros otoñales cubriendo elegantes y jóvenes cabelleras, o crestudas seseras. El estudiante se dice que ya no hace ni frío ni calor, hay olas de lo uno o de lo otro, del Sáhara o de Groenlandia, pero no simple calor o frío. Eso ya quedó atrás, como los telégrafos o como el educado “buenos días” en la cola del autobús.

El joven y, naturalmente, imprudente conductor, se dirige a recibir sus clases de natación. Ya perdió el miedo escénico al bañador ajustado y a los horribles gorritos de goma. Ahora disfruta del agua y de la visión de nadadoras como cetáceos de piel cremosa. Tanto anhela esos instantes de soledad y comunión con el líquido elemento, que decide esquivar las siluetas de los supuestos estudiantes con chirrido de neumáticos. –Claro, es que llego tarde. -Piensa con toda la razón del mundo. ¿Hay motivo más sagrado que la prisa?

Voces “in crescendo” hacen palpitar sus meninges con acusaciones cruzadas dirigidas a inclinar a los votantes en las inminentes elecciones catalanas. -Como si esa sarta de mamarrachadas fuera a inclinar algo a estas alturas-. Presiona el botón y cambia la frecuencia de la emisora. Resulta que estamos en la víspera del décimo Barça-Madrid del siglo. Porras, apuestas, estadísticas, antecedentes históricos, perfiles dentales de Guardiola y Mourinho. ¿Quién es mejor? ¿Quién ganará? –A callar, hijos de perra. –La radio guarda silencio obedientemente, pero aún se oye un eco de fondo: Criiiiisiiiis, criiiiisiiiissss…

La circulación se detiene. La calle está llena de coches semi-vacíos.

-¿Oye, ése no es…? -Una familiar silueta se filtra a través de las gotas de la ventanilla del conductor. El turbo diesel se acerca al paso de cebra y se detiene en seco. Un imberbe desaprensivo que caminaba rápidamente le ha hecho frenar. El conductor gira la cabeza y busca al tipo de antes.

-No sé…- Se dice a sí mismo. Sacude la cabeza.

Mete la primera marcha y el automóvil se pone en movimiento. –Hay que joderse con los “bolonios” y las putas prisas. Mierda de globalización, esto es culpa de…de…Bill Gates, el petróleo y la madre que los parió-. Los ojos del inconformista estudiante se abren como platos. ¡Sí, no se lo había imaginado! ¡Ahí está! No hay duda. Su pelo blanquea de repente y de la comisura de sus labios brota un pergamino antiguo de arrugas que se extiende por su compungido rostro. El coche se detiene en medio de la calle y los cláxones comienzan a aullar. Los dientes caen de su boca como pétalos marchitos, y su lengua se seca como una pasa en una mufla. Le abandonan el calor, humores y fragancias corporales. Su cuerpo se desinfla inexorablemente.

Instantes después sólo queda una triste montañita de polvo sobre la tapicería del asiento y un par de zapatos sobre la gastada alfombrilla.

A pocos metros del solitario automóvil, un peatón idéntico al chico fulminado camina tranquilamente hacia algún lugar, acompañado por dos amigos que conversan con él. No es consciente del evento que ha ocurrido a pocos metros, por eso camina hacia un punto concreto. Ajeno a la ausencia de futuro. Sin saber que pertenece a la generación perdida.

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SOY UN LOCO

Publicado por krabbyx en Martes, 30 noviembre, 2010

Me he levantado con mucha energía, con ganas de matar a alguien ¿Pero a quien? Bueno eso ya se verá, antes tengo que preparar el cuchillo para el trabajo, estoy en duda entre dos ¿el cuchillo cebollero o el jamonero? Me quedo con el cuchillo cebollero, es el clásico cuchillo de las pelis de terror.
Salgo por la puerta y me encuentro a doña Juana la vecina de enfrente, que se dispone a entrar en su apartamento ¿la mato? Demasiado fácil, una vieja como esta no opondría mucha resistencia, el juego tendría poca emoción. Bajando por las escaleras, me cruzo con la tía más buenorra del bloque, una morena bastante potente ¿la mato? A un monumento así hay que perdonarle la vida.
Sigo escaleras abajo y salgo a la calle, ando despacio para ver el paisaje y encontrar una víctima que sea emocionante. La verdad no hay mucho donde elegir, a esta hora no hay mucha gente caminando. Mejor me voy al parque, allí se está tranquilo y seguro que hay alguien. De camino al parque me encuentro con unos indigentes tirados en el suelo junto a un contenedor de basura, hay tres, dos están tirados en el suelo durmiendo la mona, el otro está sentado en el suelo. Me acerco le agarro por los pelos y le hago un corte en el cuello de oreja a oreja, empieza a sangrar a chorros le suelto los pelos y lo tiro al suelo. Echo a correr en dirección al parque nadie me ha visto. En el parque hay un hombre sentado en un banco leyendo un periódico. Me acerco le pido fuego, el hombre se levanta, me saca su mechero y le clavo el cuchillo en el cuello, el hombre se echa la mano al cuello mientras cae al suelo sangrando. Echo a correr creo que me han visto, corro a toda prisa en dirección a mi casa. Al doblar la esquina me paro cojo aire y miro atrás, no me sigue nadie. Ya es bastante por hoy, me voy a lavarme la sangre y a descansar.

VUELVE A ASESINAR EL TIO DEL CUCHILLO.

  • AYER POR LA MAÑANA ENTRE
    LAS 10 Y LAS 12 HORAS
    FUERON ENCONTRADOS DOS
    CUERPOS CON CORTES
    PROFUNDO EN EL CUELLO QUE
    LES PROVOCARON LA MUERTE
    A LOS DOS INDIVIDUOS, NO SE
    ENCONTRARON TESTIGOS, TODO
    APUNTA QUE EL ASESINO EN
    SERIE EL TIO DE CUCHILLO
    VUELVE A ASESINAR.

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HIELO: TERCERA PARTE

Publicado por xplorador en Domingo, 14 noviembre, 2010

Primera parte
Segunda parte

15 de enero

Los días son agotadores. Apenas dormimos aquí abajo. Trabajamos tanto como podemos para acabar lo antes posible. Hoy Jan se ha desvanecido mientras trabajaba en la campana y se ha cortado con los cristales de un matraz, a pesar de los guantes plásticos. Nos ha suplicado que no le subiéramos con los enfermos. Se ha lavado la herida y se ha echado a dormir, entre lágrimas. Isaac le ha administrado un sedante y le ha subido a observación. Ahora somos cinco. Ya no podré hablar español con nadie. Bueno, quizás con este diario.

Estoy en mi litera y no puedo dormir. Casi puedo notar en las paredes la presión del hielo. El metal cruje y me llegan amortiguados, de vez en cuando, golpes y lamentos en el piso superior. ¿Cómo estará Jan? Mañana hablaré por radio con Marta, esos cabrones no tienen motivos para restringir las comunicaciones.

18 de enero

¡Por fin! Wolff ha aislado la bacteria. Dos de los ratones inoculados han padecido de diarrea durante dos días, y han comenzado a sufrir calambres y espasmos durante las últimas horas. Pobres bichos. Verlos sufrir así me parte el corazón. ¿Los síntomas son los mismos que en humanos? No sé si quiero saberlo, me alegro de estar aquí y no en el piso de arriba.

HIJOS DE PUTA. No me han dejado hablar con Marta. Solo me han dicho que estaba ocupada. Me gustaría verles aquí abajo.

Anoche escuché ruidos al otro lado de la puerta del laboratorio. Me levanté y me asomé, pero preferí no andar por ese pasillo a oscuras. Me estoy volviendo neurótico, seguro que los ruidos venían de arriba.

Semana 7

20 de enero

Los ratones llevan dos días inmóviles en las jaulas, en estado de torpor. Ya no sufren espasmos. Le estamos administrando antibióticos a la bacteria, sin grande resultados. Esa cabrona es capaz de formar esporas como forma de resistencia. Es uno de los bichos más duros que he visto nunca.

Hoy por fin han cesado los ruidos del piso superior. Parece que nadie llora ni grita, ni hay golpes. Aún así, siento que las paredes del camarote quieren aplastarme. Hoy el barco cruje más de lo normal, eso, o estoy más pendiente de lo habitual. Ya nos queda poco para subir, en una semana habremos finalizado el proceso de aislamiento y esos dos pobres ratones habrán muerto. Wolff le pondrá su nombre a la bacteria. Vaya honor…

21 de enero

¡Dios mío! Hoy nos hemos despertado con unos golpes horribles en el piso de arriba. Aquello parecía una guerra o algo así. Todos estábamos acojonados…Isaac se ha echado a llorar. Al cabo de una hora todo ha cesado. Desde arriba nos han dicho que había habido una especie de rebelión por parte de unos cuantos pacientes, pero que ya estaba resuelto.

Hemos ido al laboratorio y los ratones parecían estar en mejores condiciones, aunque no beben ni comen. Hoy secuenciaremos el genoma de la Wolffelia. Aunque con el escaso material que tenemos, es algo complicado.

22 de enero

He dormido como un bebé, a pesar de los familiares lamentos del acero, porque por fin hemos dejado de oír los ruidos de arriba. Hoy seguiremos con la secuenciación, y mañana subiremos por el montacargas un paquete con los tubos de ensayo con la bacteria aislada, para investigarla más adelante en laboratorios de tierra.

Dressler cree que la bacteria proviene de los testigos de hielo, y que habría estado en forma de espora durante quién sabe cuántos años, enterrada en el hielo…hasta que llegamos nosotros y la devolvimos a la vida.

Joder, en cuanto hemos encendido la luz los ratones han empezado a chillar y se han puesto como locos. Mordían los barrotes y se lanzaban contra ellos, y después han empezado a morderse sus propias patitas, como si quisieran arrancarse la piel a tiras. Uno ha muerto y el otro no ha parado hasta quedar exhausto, pero ha perdido mucha sangre y no pasará de hoy. Si hubieran estado juntos se habrían matado el uno al otro.

Ha sido como si sufrieran un dolor terrible que les hace buscar la muerte. Como si los crujidos del hielo se metieran en sus cabecitas y les incitasen a matarse.

Todos estamos muy nerviosos… Espero que mañana salgamos de aquí, ya no puedo más.

Cuarta parte

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El Viaje

Publicado por Lascivo en Miércoles, 20 octubre, 2010

El Sol me abrasaba la piel. Notaba el calor inundar todo mi cuerpo y acercarme poco a poco a la asfixia. Incesantes gotas de sudor recorrían mi rostro y bañaban mis labios secos y se escurrían por mi cuello hacia mi torso. Mis piernas, casi autómatas, no respondían a ningún estímulo. Sólo me hacían andar y andar hacia un horizonte infinito.

La arena, blanquecina, fina y cruel, estaba por doquier. Ella, y sólo ella, me acompañaba en este viaje interminable. Mató a mis amigos e hizo girones mis ropas. Junto con el Sol, coloreó mi piel y desgastó mi mente. Ahora sólo me quedaba andar. Ir hacia delante, sin rumbo fijo, y no dejar que me consumiera más de lo que ya había hecho. Pronto moriría, y la arena sería el único testigo.

***

El sonido de mis pies arrastrándose por las dunas me iba a volver loco. Y, sin embargo, no podía parar, no podía parar de andar. Ris, ris… Ris, ris… Una y otra vez. Un pie delante de otro. Un paso más cerca del final. Del horrible final. Otro más cerca del atroz proceso de mi muerte. Agonizaba en vida, y aún así, era incapaz de parar. Debía seguir.

Cada vez más cansado, mis sentidos empezaban a fallarme. Tenía las más tremebundas alucinaciones: oía a mis hijos chillar, como hace años, cuando eran niños; veía la silueta de mi mujer, castigada por la edad; olía su perfume; sentía la brisa otoñal que me rodeaba cuando paseábamos por el parque donde nos conocimos; notaba el sabor de su saliva, levemente amargo por una longeva adicción al café. Pero una bofetada de arena me devolvió a la realidad: que estaba tirado sobre el suelo más extenso que jamás nadie pudo imaginar. No oía más que el roce de cada una de las piedrecitas que componían este mosaico, unas contra otras. No veía más que la arena y el Sol abrasador. No olía absolutamente nada. No sentía más brisa que el airecillo que producía mi propia y cada vez más tenue respiración. Y mi boca estaba tan seca, que el sabor salado del aire me daba arcadas.

Estaba al borde del colapso, pero me levanté. Era un muerto en vida, pero logré ponerme en pie y continuar, lentamente, hacía mi final.

¿Tenía sentido seguir? No lo sé. Sólo sé que me había prometido a mí mismo no rendirme. Por mucha desesperación que me azotara. Por mucho que hubiera perdido hasta el más mínimo rastro de esperanza. Tenía que continuar caminando.

Y caminé.

Aterrado, destrozado, afligido. Las ampollas de mis pies soportaban pacientemente el peso de mi cuerpo. Algunas estaban llenas de sangre seca. Otras simplemente escocían por el sudor y la arenilla que se filtraba por mis gastados zapatos. Quería morirme de una vez. Acabar con mi condena. Me tiré al suelo. La arena se pegaba a mis labios. Cerré los ojos.

***


Los volví a abrir. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. El Sol seguía allí, la arena también. Me dolía terriblemente la cabeza. Mi frente ardía.

Haciendo acopio de mis fuerzas, me intenté levantar. Logré ponerme de rodillas, apoyando parte de mi peso en mis brazos, que temblaban por el esfuerzo. Entonces icé la cabeza.

Allí, en el horizonte, logré ver, por un segundo, algo anormal. Algo diferente de aquella línea irregular de dunas amarillas y cielo azul intenso. Un ligero punto brillante. Mi pulsó se aceleró.

No sé de dónde saqué las fuerzas, pero logré levantarme una vez más. Aunque fuera la última vez. Me aferré a esa última esperanza. A ese ligero punto brillante. A esa incógnita. ¿Sería posible salir de esa agonía? Me dirigí a marchas forzadas en busca de una respuesta final.

Tardé horas, a mi ritmo. Pero juro que no me paré ni una sola vez. Y, finalmente, llegué. A medida que me iba acercando, se iba disipando la incógnita. El punto fue convirtiéndose en una mancha. Y la mancha en una silueta, primero difuminada, más tarde nítida. A escasos metros, y debido a que mi vista estaba tremendamente afectada por la travesía, me di cuenta de que lo que perseguía era una figura de tamaño descomunal. Probablemente fruto de mi imaginación perturbada. Un cráneo gigantesco, probablemente de algún tipo de búfalo o bisonte, se alzaba ante mí. Tenía de seguro más de treinta metros de alto, y era de un blanco tal que contrastaba enormemente con las pálidas arenas de mi desierto, de mi cárcel.

Aquel cráneo era cuanto menos siniestro. No obstante, y debido a mi devastador gasto de energía, me apoyé en el morro de la desgraciada bestia. Mi cerebro hervía, rebosante de incógnitas. Y mi corazón temblaba, atrapado en el más absoluto terror. En cientos de kilómetros cuadrados de desierto, mi única compañía era esta especie de ser indescriptible.

***


Al menos, pude escapar del Sol en la estrecha sombra que el cráneo daba en su flanco izquierdo. Allí me tumbé y recuperé el aliento. Mi desconcierto y curiosidad eran ya mayores que mi fatiga, pero no que mi miedo. ¿Qué significaba esa terrible mole de hueso? ¿Cómo había ido a parar allí, en medio de la nada? ¿Dónde estaba el resto del cuerpo? ¿Cómo era posible un leviatán de tal tamaño?

Estaba extasiado por el dolor y el horror. Pero, sin embargo, me sentía tremendamente atraído por aquella abominación. Descalzo, intenté trepar por el morro. Al principio me resbalaba. Incluso me reventé algunas de las ampollas de mis pies, y derramaron una sangre muy oscura que se bebieron los recovecos de ese espantoso cráneo. Aún así, seguí trepando. Trepé y trepé, hasta que llegué a las cuencas oculares, oscuras y cavernosas. Un suave aroma dulce me llegaba, proveniente del interior de esos huecos. La visibilidad del interior era nula, y estaba demasiado aterrado como para acercarme más, al menos voluntariamente. Pero quiero creer que lo que me movía ya no era parte de mí, que yo no era más que una marioneta atrapada en un sueño, en un viaje sin retorno ni huida.

Ese aroma dulce era tenue, pero me llegó a embriagar. Penetró en cada célula de mi cuerpo, y me impulsó a introducirme en el cráneo, hacia la oscuridad, a dejar atrás el ardor del Sol y lo infinito de la arena. Cojeando, me introduje en el denso negror de las cuencas. Ya no notaba el aroma dulce. Ni el escozor en los pies, ni el cansancio en el cuerpo, ni el calor en mi frente. Ya no sentía la sequedad en mi boca. Ya no me afectaba la desesperanza. Sólo había oscuridad. Oscuridad dentro y fuera de mí.

—¿Por qué? —me dijo una voz femenina, suave y tierna, casi inaudible, en el oído.

Lascivo,12 de octubre de 2010

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Soplando Burbujas

Publicado por kaldina en Lunes, 11 octubre, 2010

Antonio camina arrastrando sus pasos pesados a lo largo de la fuente. Una leve lluvia  le pellizca las manos y las mejillas, el parque permanece gris y sólo el aullido de un perro decrépito y triste se atreve a romper el silencio de piedra en el que se ha sumergido la ciudad.

Antonio se sienta en una banca para intentar recuperar el poco de cordura que aún le queda antes de empezar a golpearse la cabeza con los puños. ¿La felicidad?-Gritó histérico- La felicidad es sólo posible para los imbéciles, ¿Por qué?  porque cuando empezamos a razonar es que empezamos también a darnos cuenta de las cosas. Se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro con la impaciencia de una bestia enjaulada.

Cuando nos detenemos a pensar -Continuó con su monólogo- es que se nos explota la burbuja. La felicidad es sólo posible bajo el estado de inconciencia que nos provee nuestra burbuja, porque fuera de esta somos vulnerables a la realidad. Y ¿Cuál es esta realidad? -gritaba – Que no existe tal cosa como la realidad, que vivimos sumergidos en una fantasía que otros crearon para nosotros, que nuestra individualidad no es más que la suma de todas las construcciones que fueron pensadas para determinar lo que seríamos como individuos.

Nos trazan un plan y nosotros, presos y ciegos de nuestras realidades subjetivas, abandonados en nuestra burbuja, lo seguimos, creyendo que este constructo es la realidad. Pero no es así, seguía diciendo Armando con los ojos invadidos de locura, mientras  que algunas personas  habían empezado a asomarse a las ventanas presas de una curiosidad que les podía más que la modorra.

Esperar al indicado, a la indicada, a ese igual, ¡BASURA!- decía Antonio mientras saltaba sobre la banca, una babaza espesa y espumosa se había apoderado de las coyunturas de sus labios- No hay tal cosa como la indicada, pero aún así esperamos. Por eso adoro la idea de enamorarme del amor, es fantástico como idea, pero cuando lo adornamos con pieles, huesos, tripas y carne, e intentamos plasmar esa idea en este mundo de realidades subjetivas sólo un adefesio puede quedar como resultado. Por eso es mejor no enamorarse de ideas, sino de personas, aunque a veces no se sabe cuál es el peor adefesio.

Más allá, afuera de nuestra pequeña burbuja, no hay nada, no somos nada, a pesar de nuestros desesperados intentos por hacer que los demás validen nuestra existencia- El rostro de Antonio se torno más colérico, pero después sus facciones revelaron una angustia terrible- !No existimos!, No lo hacemos porque existimos sólo en función del reconocimiento del otro, pero ese otro no existe hasta que otro inexistente no valide su existencia, por eso es falso ese reconocimiento, porque al igual que todo lo que construimos, al igual que nosotros mismos, es efimer… ¡Plop!

 

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El Caminante

Publicado por xplorador en Lunes, 6 septiembre, 2010

Es una tarde lánguida y grisácea que se extiende hasta un horizonte grasiento de nubes cenicientas. La luz apenas puede atravesar el polvo y las volutas deshilachadas, así que cae ya herida sobre las ruinas de los edificios, que parecen sacudirse de vez en cuando, con crujidos lastimeros, el silencio pegajoso que está adherido a sus paredes, a los muebles abandonados, a los retratos antiguos.

Lud es de todo menos ruidosa, pero por sus calles el viento puede volverse corpóreo y arrastrarse con pesado aliento, como si dejase de ser viento que vuela para ser un susurro sofocante que resuena en los muros derribados, para ser un gemido arrancado de las ramas que se alzan como suplicantes brazos espectrales hacia el cielo plomizo.

El Caminante atraviesa la avenida principal dejando atrás coches y farolas oxidadas como testigos mudos de momentos mejores. Por muy dura que sea la marcha, la espalda de este vagabundo no se agarrota y su pulso jamás se acelera. El Caminante mantiene siempre la cadencia de sus pasos. Quienes le han visto dicen que de las cuencas vacías de sus ojos caen lágrimas de arena y que a través de su garganta reseca habla el mismo invierno. Cuentos para niños. Historias de viejos.

Un hombre vestido con vaqueros y camisa espera, junto a un semáforo amarillo, en una de las calles que desembocan en la avenida. Está esperando para cruzar y echa de vez en cuando miradas impacientes a su reloj. Repite el mismo gesto una y otra vez, aunque en Lud ya no funcionen los semáforos ni haya tráfico que regular. El segundero se detiene a la vez que el Caminante, que se ha parado para observar desde la distancia al curioso peatón.

El hombre sale de su ensimismamiento y mira a su alrededor, pero sus ojos quedan atrapados en la mirada vacía del Caminante. Un anciano que le resulta algo familiar le observa desde las cuencas huecas con extrañeza.

¡Aún no! -Se oye desde la lejanía.

De repente la luz hace desaparecer la silueta de las ruinas y el reloj de pulsera reanuda su marcha.

-¡Ha salido de la parada! ¡Vuelve a latir!

La luz de la ambulancia se refleja en ventanas y coches y tiñe de pavor los rostros compungidos de los viandantes que cuchichean cerca del paso de peatones.

En una calle muy parecida el Caminante reanuda la marcha.

Siempre mantiene la cadencia de sus pasos.

Publicado en Fantasía, Surrealismo | 3 Comentarios »

 
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