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Género policíaco.

Amont – Capítulo 5

Publicado por champinon en Jueves, 23 diciembre, 2010

Este es una de las partes de un largo relato que estamos escribiendo entre Lascivo y Champinon.

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Esa noche la brisa traía el ruido del salón chino; el olor a carne condimentada que se vendía en cajitas para llevar en un carrito calle abajo.

Apoyado en la barandilla, Giorgio Grigio visualizaba la imponente ciudad desde un ático en el piso treinta y siete. Admirando la majestuosa urbe de Amont por la noche, Giogio era ajeno completamente al vuelco tan enorme que iba a dar su vida.

Sonó el timbre.

El hombre se giró extrañado, nunca había llegado a comprender por qué existían personas que llamaban a la puerta cuando la medianoche se había marchado ya, junto con los trabajadores y efectivos, quedándose en la calle la vida nocturna, a la vez tan luminosa y oscura.

Volvieron a llamar y el decidió ignorarlo.

Entró dentro de la habitación, cerrando suavemente la puerta de su cristalera para no dar pistas de su presencia. En ocasiones, tenía la impresión de que en su ático no vivía nadie en particular. No porque fuese un lugar desordenado, sino porque a veces, al mirarlo, le recorría un escalofrío al darse cuenta de la disposición elemental – copia de un catálogo de diseño barato – de los elementos que la rellenaban. Veía las piezas como algo impersonal, pensando que, en realidad, allí podría vivir cualquiera. Veía sus objetos de consumo como artefactos intercambiables que cualquier otra persona podía tener, como si las vidas pudiesen cambiarse como los niños hacen con los cromos, tu vida por la mía y viceversa.

Quizás el señor Bedlam viera las cosas del mismo modo. Giorgio no podía evitar preguntarse: “Si Fil tuviese mis posesiones ¿Qué haría él con mi diván de IKEA o mis carteles de vanguardia rusa? Bueno, algo se le ocurriría – pensaba después – por algo él es mucho mejor artista que yo” Aunque Giorgio sí que tenía una pieza que transmitía su personalidad. Que mostraba el mundo tal cual él lo concebía.

Un nuevo tono y él andaba por el salón. Se detuvo delante de su réplica del Guernica. Admiró sus colores claroscuros, sus formas afiladas y sinuosas a la vez. Admiró sus rostros, admiró sus gestos. Picasso lo pintó muchos años atrás para rememorar un hito histórico, aunque pocos se acordaban ya de esa historia. Giorgio Grigio siempre le había visto como un gran visionario. Las cosas en la actualidad eran como el Guernica. Todo era blanco y negro, las formas sinuosas reinaban durante el día y las afiladas mandaban durante la noche; y en los gestos de la gente se veía esa misma desesperanza. Todo era un gran Guernica del tamaño de un planeta. Una crítica a la vida, un estercolero de deshechos. Y él, entre otros, tenía la intención de dar un giro argumental a la historia. Por eso se unieron al proyecto Amont.

Llamaron de nuevo. Enojado, se dirigió a la puerta, pero sin atreverse a abrir. Se apoyó de espaldas a ella, mirando hacia la ventana que daba a la ciudad.

-  ¿Quién es? – No hubo respuesta. Esperó unos segundos y volvió a sonar el timbre. – ¿Qué diablos? ¿Quién molesta a estas horas?

Acudió a su escritorio. Su padre siempre había guardado un arma dentro de su mesa del trabajo, y al morir éste, Giorgio había decidido conservarla. Era una réplica de una magnum antigua. Su padre aborrecía las automáticas, o eso decía. Agarrando el arma se dirigió de nuevo a la puerta. Corrió los cerrojos que sonaron como golpes metálicos ahogados, justo en el momento en que sonaba el timbre por cuarta vez.

-  ¿Quién dia…? – No había nadie. Al abrir la puerta se percató de que el rellano estaba vacío. Nadie en los ascensores.  Dio un paso hacia el exterior, con el arma siempre por delante. Las cosas no cuadraban, y eso no le gustaba nada. Su pulso se aceleró.

Entonces tropezó con una caja. Era un envoltorio cúbico, de cartón, de unos sesenta centímetros de base. Su primer instinto fue el de abandonarlo allí, pero el mundo es extraño, y la curiosidad siempre puede a la razón.

Le sorprendió lo ligero de su peso, como si estuviese relleno de papel. Cerró la puerta y dejó la caja sobre la encimera de la cocina. Su debate comenzó. No comprendía nada, se sentía completamente desubicado. ¿Qué hacer? ¿Estaba esa caja dirigida a él? ¿Por qué una caja? ¿Quién la dejaría ahí?

-   Tengo que pedirle ayuda al viejo Johnny. Él me debe un favor – Se acercó a la nevera –  ¿Verdad? – Agarró la botella de Johnny Walker que le quedaba en el congelador. Se sirvió cuatro dedos en un vaso con hielo y, mientras sostenía éste en alto, observó la cocina a través de cristal curvo del vaso. Recorrió toda la angosta cocina hasta detenerse en la caja. – ¿Qué hago, viejo amigo? – le preguntó al vaso antes de bebérselo todo de un trago.

*plic* El sonido de un goteo le sacó de su ensimismamiento. Buscando el origen del mismo, se dio cuenta de que la caja estaba mojada por debajo.  Se miró las manos, no se había dado cuenta de que estuviese mojado.

El vaso cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Sus manos estaban completamente rojas. El líquido era sangre, y de dio cuenta de que  lo que fuera que hubiese dentro de la caja, realmente iba a suponer un cambio brusco en su vida.

Contuvo la respiración al acercarse lentamente. Uno de los cristales acabó de romperse debajo de su pie, pero a Giorgio no pareció importarle el dolor. Alargó la mano y la introdujo debajo de la solapa de cartón.

-  No hay miedo – dijo cerrando los ojos, mientras trataba de convencerse de lo irreal de la situación.  Tragó saliva y abrió el contenedor.

En realidad algo dentro de él ya sabía lo que iba a encontrar. Miró dentro y se sorprendió profundamente por no sorprenderse. Una oreja, en perfecto estado y bañada en sangre, reposaba sobre un acolchado de papeles. Al lado, una nota con una letra afilada rezaba:

“Van Gogh envió una de sus orejas en señal de amor profundo. Ésta no es mía, claro que no, pero creo que será capaz de apreciar éste pequeño detalle que he tenido con usted, señor Grigio. Reciba un cordial saludo.

Un  gran admirador de su trabajo. “

Tras vomitar, Giorgio consiguió sobreponerse y releyó el papel. Cuando lo estaba arrugando e iba por el teléfono para llamar a la policía, sonó de nuevo la puerta. Pero ésta vez no era el timbre, eran golpes. Los cerrojos comenzaron a ceder. Giorgio cerró los ojos.

-           La noche es afilada… y negra.

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Amont – Capítulo 4

Publicado por Lascivo en Domingo, 19 diciembre, 2010

Este es una de las partes de un largo relato que estamos escribiendo entre Lascivo y Champinon.

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Amont era una ciudad cuanto menos, curiosa. Se podría decir que incluso misteriosa. Richard Beck solo llevaba un día allí, y no había podido parar de poner los ojos como platos. Le sorprendió lo bien protegidos que estaban los accesos. Para conducirle a Amont, le vendaron los ojos durante todo el trayecto en coche. Sólo cuando estuvieron atravesando sus grandes muros de hormigón le desvendaron. Entonces vio Beck lo que Amont significaba, y apenas había empezado a darse cuenta de lo grande que le venía este nuevo trabajo. Detrás de él, los gigantescos muros; delante, una vasta red de calles, callejuelas y callejones. Le sorprendió las grandes distancias que separaban los edificios, y lo peculiares que eran éstos: no demasiado altos, sin apenas ventanas, la mayoría grises, oscuros; algunos coloridos. Le pareció ver incluso que un edificio cambiaba ligeramente de color.

—Señor Beck —dijo Muller, que le había acompañado en el largo viaje, mientras salía del coche—, bienvenido a Amont. Espero que el paisaje no se le haga demasiado… Incompatible. Considere esta burbuja su nuevo hogar.

—Ya… —respondió Beck, pensativo, mientras seguía explorando su alrededor con la mirada.

—Si nos lo permite, le llevaremos a la casa que hemos reservado para usted. No se haga ilusiones, no es gran cosa, pero tendrá todo lo necesario para que se sienta cómodo. Sobre todo, para que pueda hacer su trabajo sin complicaciones.

La casa de Beck, tenía Muller razón, no era gran cosa. Estaba no muy a la vista, en una esquina, a un par de kilómetros de la entrada de la ciudad. Por el camino, se percató de que había muy poca gente en la calle. Cosa curiosa. En el interior de la casa, que no era muy extenso, había lo justo para sobrevivir: cocina, baño, cama. Beck no necesitaba mucho más, aunque se le hubiera hecho algo difícil vivir con menos. En todo caso, no iba a quejarse.

—Ah, Richard —dijo Muller desde la entrada—. Procura portarte bien. No nos des problemas, y nosotros no te los daremos a ti —hizo una pausa y se acarició la barbilla, con calma—. Todo lo que necesitas saber para vivir y trabajar aquí, te lo dirá mañana el doctor Macintosh. Hoy, aprovecha para dar una vuelta —y, dicho esto, cerró la puerta, dejando a Beck solo.

Cuando hubo terminado de inspeccionar su nueva casa e instalarse, salió a la calle y se dispuso a pasear. Sacó un Dunhill de un bolsillo de su gabardina y lo encendió. Se dio cuenta de que era su primer cigarro del día, y que hacía tiempo que no estaba tan ocupado. Sin embargo, lo que más le pedía el cuerpo era una copa.

Tras andar durante quince minutos y no encontrar un bar, o algo que se le pareciera, decidió preguntar a uno de los pocos viandantes con que se había cruzado. Era un varón de pelo negro, enmarañado, y llevaba una bata blanca, bastante manchada.

—¡Eh! Oiga —le dijo Beck.

—¿Es a mí?

—¿Ve usted a alguien más? —le espetó Beck, haciendo un movimiento amplio con la mano, como señalando su alrededor.

—No, no, por supuesto —contestó el peatón, que parecía algo tímido. Más bien intimidado—. ¿Es usted nuevo?

—Sí, acabo de llegar —dijo Beck dando una larga calada a su Dunhill—. Estoy buscando un sitio donde tomar algo.

—¡Ah! Puede usted ir al bar que hay en la calle Almor, no está muy lejos de aquí.

—Pues dígame cómo ir, por Dios.

—Eh… Sí, sí, claro. Tiene usted que ir todo recto por esta avenida, tuerza la quinta a la izquierda, no tiene pérdida.

—Gracias —contestó Beck secamente, y se dispuso a seguir su camino.

—¡Oiga! No me ha dicho su nombre.

—¿Quién quiere saberlo? ¿Y por qué?

—No piense mal, hombre… Mi nombre es Fil Bedlam, trabajo en Automática, aquí, en Amont.

—¿Dónde iba a ser, si no es en Amont?

—Disculpe, no le entiendo —se mantuvo interrogativo Bedlam.

—¿No ha visto usted los muros?

—Sí, pero sigo sin ver a qué se refiere.

—Déjelo —dijo Beck en un hilillo de voz e irritación—. Mejor voy a ese bar. Adiós —y se dio la vuelta, con intención de seguir su camino, una vez más.

—¡Oiga! —le frenó Bedlam.

Beck se paró en seco. Un leve relámpago de ira le recorrió el cuerpo. No entendía cómo ese tipo podía ser tan pesado. A decir verdad, su aspecto no era muy amenazador, pero tampoco muy amigable. Beck no podía evitar fijarse en cada detalle de las personas que conocía. Deformación profesional. Bedlam era bajito, calvo, con sobrepeso. Nariz redonda, bonachona, y gafas gruesas. Nada amenazador, en realidad.

—Diga —contestó Beck, con rabia contenida.

—Quizás… Podría ir con usted. No me haría mal tomarme algo. No le importa, ¿verdad, señor…?

—Beck, me llamo Richard Beck. Y dése prisa, que empieza a hacer frío.

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El bar estaba completamente vacío. A excepción claro está, del barman. Un tipo alto, delgado, de unos treinta y tantos, nariz aguileña, barba mal recortada, camisa blanca, corbata gris oscuro. A decir verdad, casi todo en el bar era gris oscuro.

—¿Qué les pongo? —dijo el barman.

Beck, mirando a su alrededor, interrogativo y extrañado por ver un lugar con tanta ambientación y tan poca gente, pidió una cerveza negra y una rubia para su compañero, antes de que éste pudiera articular palabra.

—Parece que hoy estamos solos… —dijo Bedlam al cabo de un rato.

—¿Esto suele ser así? —preguntó Beck tras un breve sorbo a su cerveza.

—Si le soy sincero, no suelo venir… Mucho. Pero me han hablado muy bien de la bailarina.

Beck enarcó una ceja.

—¿Bailarina?

—Sí —interrumpió el barman—. De hecho, está ya saliendo. Miren hacia allá, en el escenario —dijo señalando—. Que disfruten del espectáculo.

En el escenario, una chica trajeada estaba sentada. Una leve música empezaba a oírse. Era muy tribal, y la chica empezaba a levantarse, moviéndose al ritmo de los tambores. Sus curvas eran sugerentes, y se intuían aun con el traje, que fue quitándose poco a poco. Para cuando llegó el final de la canción, sólo llevaba un minúsculo sujetador y un pareo que Beck no acertó a saber de dónde lo había sacado, de absorto que se había quedado. Bedlam le sacó de su ensimismamiento:

—Increíble, ¿verdad?

Beck, haciendo caso omiso a Bedlam, se giró hacia el camarero, y le preguntó:

—¿Cómo se llama esta chica?

—Lena —dijo el barman—. Se llama Lena.

Lascivo. 19 de diciembre de 2010

 

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Amont – Capítulo 3

Publicado por champinon en Jueves, 9 diciembre, 2010

Este es una de las partes de un relato largo que estamos escribiendo entre Lascivo y Champinon. Para más información y ver todos los capítulos, pulsa el enlace.

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Beck se frotó la frente, comprobó la hora una vez más y miró alrededor. En el salón, los comensales se ponían de pie con intención de marcharse ya; las mujeres sonreían escuchando las bromas de los hombres quienes,  seguramente, iban tan colocados que no sabían con exactitud si agarraban realmente a su pareja o  a otra mujer.

Rebuscó en su bolsillo una vez más, sacó la nota. “Señor Beck, sabemos perfectamente quién es usted. Queremos darle una segunda oportunidad, una razón de existir en ese mundo que tanto detesta. Sabemos que cierta parte de la sociedad le considera no apto para su trabajo debido a su edad, nosotros no pensamos igual. Creemos que aún tiene mucho que ofrecer” No decía nada más, no estaba firmada, sólo ponía una dirección… La dirección del Salón Clandestino.

El local obtenía su nombre por el lugar por el cual se accedía a él. Un callejón angosto y oscuro, cuyas paredes recubiertas de graffiti protestaban por el mundo en el que vivían. Las luces enjauladas de las farolas salpicaban aquí y allí sus colores rosas y amarillos de las luces de neón; pero lo que realmente caracterizaba la entrada al Salón era el sonido de las escamas de pintura desprendidas de los ladrillos y que crujían bajo los pies de aquel que andaba a través del callejón. Beck había ido alguna vez, le agradaba la cansada sonrisa del barman y el sabor a gasolina del whisky que allí servían, aunque lo más importante era que los comensales rara vez eran muy sociables… siempre que no fueras una mujer.

En ese momento, uno de los presentes se levantó. Vestía una gabardina oscura abierta hasta la cintura y sus ojos eran tan azules y tan profundos que, o bien se trataba de un modelo Kellington (lo cual implicaba que aquel hombre poseía muchísimo dinero); o bien eran modificaciones genéticas (lo cual implicaba que la familia de aquel hombre poseía muchísimo dinero). En cualquier caso, Beck sonrió, el olor de los billetes siempre alegraba a los viejos veteranos.

- Es usted demasiado joven para recordar la guerra ¿no es así, Señor Beck? – la voz del hombre era grave y portaba cierta melancolía. Parecía que era el fruto de años innumerables de cigarrillos consumidos. Beck se echó hacia atrás en el asiento y sacó un Dunhill de la solapa interior de su gabardina, ignorando la mano que el hombre le tendía.

- No trates de marearme, amigo. Preséntate y dime qué es lo que quieres de mí, o mejor aún, qué puedes ofrecerme.

El gesto del hombre no cambió un ápice, como si esperara eso de aquel que tenía delante. Realmente le conocía muy bien, llevaba tiempo estudiándole hasta que había decidido que era la persona indicada para el trabajo.

- Bien, directos al grano, como siempre – Añadió antes de tomar asiento delante del ex-policía. Estiró la mano y le quitó el cigarrillo que Beck estaba encendiendo. Éste, molesto en un principio, sonrió y sacó otro Dunhill más de su gabardina. El hombre de la voz grave habló de nuevo. – Mi nombre es Bob Muller, trabajo para una organización cuyo nombre no puedo facilitarte. Es una organización de ámbito secreto y necesitamos un empleado que acepte el trabajo de Jefe de seguridad que ha quedado vacante. Por su condición de organización secreta, no podemos darte demasiada información de lo que allí se lleva a cabo. Pero sí puedo… Comentar algunas indicaciones generales.

Beck cruzó las piernas mientras daba una calada a su cigarro y expulsaba el humo con un sonoro suspiro. Muller continuó:

- Se trata de una ciudad invisible llamada Amont. Allí llevamos y tenemos a algunas de las más maravillosas mentes del planeta. Las cuidamos y les damos una educación adecuada para que después sean capaces de contribuir a mejorar el planeta. Curas, adelantos tecnológicos importantes, ingenierías avanzadas,… hasta tácticos en combate…  son algunos de los ejemplos que allí entrenamos. Como comprenderás, tu pasado como militar y sobretodo como ex-policía, nos es muy útil si queremos mantener cierto orden dentro de nuestra “ciudad”. El trabajo sería básicamente el de director de la oficina de policía de la ciudad. Nada que no sepas hacer ya a la perfección debido a tu pasado. ¿Qué dirías, Richard?

Beck se incorporó un poco, miró la punta incandescente y sin volverse hacia Muller añadió.

- Diría que estás lleno de mierda en algún lugar dentro de un gran montón de mierda.

Muller asintió.

- Después te diría que cuáles son las condiciones y el pago que me ofrecéis.

El hombre se removió en su asiento. Quizás estaba siendo todo demasiado directo con respecto a lo que esperaba.

- Vamos, Richard. Nuestro perfil nos dice que estás tratando de engañar a la gente de la calle hasta que te maten cuando estés desprevenido. Te drogas y bebes constantemente y te acuestas con las prostitutas más sucias que encuentras con el fin de contagiarte de algo. Eres un suicida, no te gusta el mundo en que vives. Te estamos dando la oportunidad de cambiarlo. De renunciar a tu vida y empezar de cero. Tanto tú como nosotros sabemos que el dinero no te importa. Tienes una cuenta corriente plagada de ceros. Te ofrezco una vida, no un sueldo. Aunque si de eso se trata, podemos ofrecerte aquella cantidad que estimes apropiada.

El cuerpo de Beck comenzó a temblar. Miró a través de la ventana. Hacia la calle oscura que él sabía llena de mierda. ¿Cómo sería aquella ciudad invisible? No podía dejar de temblar. Quizás ya había aceptado en el momento en que acudió al café. Cualquier trabajo sería mejor que morirse en una habitación de hotel. Miró hacia Muller.

- Bien Bob, parece que me conoces mejor que yo a mí mismo y por lo que dices parece ser que esto me conviene. Pero deja de apuntarme con ese arma por debajo de la mesa, llevas así desde que te has sentado. Así no me dejas realmente libertad a la hora de elegir, ¿no crees?

El hombre sonrió.

- Claro – sacó ambas manos encima de la mesa. Tenía un arma antigua. Una Magnum 44 modelo 19, seguramente también era militar. – ¿Me acompañarás entonces? ¿Sin ocasionar problemas?

- Eh, yo siempre me porto bien; soy muy dócil, conmigo nunca hay problemas. – Y se levantó para acompañar a Muller allí dónde empezaría su nueva vida.

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Amont – Capítulo 2

Publicado por Lascivo en Domingo, 28 noviembre, 2010

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Extracto del diario de Jacob Gelb “Mudir”.

Día 18 de octubre. Lunes

Lo sé. Lo sé todo.

Supongo que siempre lo he sabido. Somos todos víctimas de una gran conspiración. Lo sé todo. Lo sé.

Día 19 de octubre. Martes

Tengo que liberarlos a todos. Tienen que escapar. Esta esclavitud… La experimentación… No está justificada. Nunca lo estará.

La liberación está cerca. Sé que tardaré, pero jamás me rendiré.

Día 30 de noviembre. Martes

He liberado a una de ellas. Los modelos femeninos son los que más lo merecen. Son los más perfectamente creados. Ahora es libre.

La envidio, pero no puedo permitirme el lujo de liberarme yo mismo. Alguien tiene que encargarse de los demás.

Día 2 de diciembre. Jueves

Una de ellas se me ha resistido. He tenido que poner especial énfasis en liberarla. A veces temo que mi ritual no sea suficiente, y pongo más energía y tiempo en él. Las descuartizo y me doy cuenta de lo perfectamente creadas que están. Las tripas, la sangre. Todo es idéntico. Su cuerpo, sus formas, son fascinantes, desde luego.

Sin embargo, he cometido errores, he perdido mucho tiempo. Probablemente haya dejado huellas. He de ser más cuidadoso. No puedo dejar que me pillen. Yo soy el Liberador. El Dador de Luz.

Día 3 de enero. Lunes

Lo he vuelto a hacer. No sé cómo he aguantado tanto tiempo. La anterior liberación llegó a salir en las noticias. La policía empieza a ser demasiado cargante. Pero no he podido esperar más. De sólo pensar en esas pobres chicas… Esperando a ser liberadas. ¿Quién más puede aguantar esta pesada carga? Sólo yo puedo aguantar el sacrificio.

Día 14 de enero. Viernes

He intentado despistar a la policía. En la última liberación me he tomado la libertad y la molestia de preparar una serie de pistas falsas. Normalmente soy extremadamente pulcro. Un verdadero maniático del orden. Cualquier desliz puede resultar fatal, y bastante suerte he tenido hasta ahora.

He pintado con sangre, si es que se le puede llamar así, un mensaje en la pared. Van a perseguir a un perturbado. Van a perseguir a Mudir, el asesino en serie, y no a Jacob Gertrud Gelb, el funcionario trabajador de nueve a seis. No a mí, el liberador.

Día 20 de enero. Jueves

Hace una semana liberé a una compañera de trabajo. Me enteré rápidamente de su condición, de lo que era. No era humana. Era como yo. Como tantos otros. Tuve que liberarla.

Ellos lo llaman asesinato. Mis mensajes siguen apareciendo. Los mensajes de Mudir, más bien. Yo no necesito ningún mensaje. Soy el Liberador, el Dador de Luz. Y el Dador de Luz libera e ilumina, sin necesidad de mensajeros.

En todo caso, la investigación policial empieza a ser preocupante. Además de los investigadores privados.

He sido interrogado, claro. Más bien, me han hecho sutiles preguntas, ya que trabajaba en la misma oficina que la última “víctima”. No creo que sospechen nada de mí, aunque ese detective, Richard Beck, era bastante insistente. Tenía algo en la mirada… Que no terminaba de convencerme. No estoy seguro, pero creo que puede ser como yo ¡Qué ironía tan grande sería! Y quizás, pueda ser mi primer liberado varón… Pero creo que estoy divagando. Quizás más adelante investigue a Richard Beck. De momento, he clavado mi atención en otra “mujer”.

Día 24 de enero. Lunes

Maldita sea.

Día 25 de enero. Martes

Quiero liberarla, pero no estoy seguro. Si me equivoco, si es humana, y no es como yo, estaré cometiendo un verdadero asesinato, y no una liberación. Sería Mudir, y no Jacob Gelb.

El Liberador, el Dador de Luz, no comete errores. Tengo que asegurarme.

Día 26 de enero. Jueves

Aún no puedo cerciorarme. La he seguido por todas partes, incluso he hablado con ella, fingiendo ser un peatón que le preguntaba la hora. Nada en ella es concluyente. En eso me recuerda a Richard Beck, el detective. Ni su voz, ni sus gestos. No hay nada que me diga si es como yo o no. Mierda.

Se llama Lena, y me está volviendo loco.

Lascivo. 28 de noviembre de 2010. Domingo

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Amont – Capítulo 1

Publicado por champinon en Martes, 16 noviembre, 2010

Este es una de las partes de un relato largo que estamos escribiendo entre Lascivo y Champinon. Para más información y ver todos los capítulos, pulsa el enlace.

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- Pero, ¿Por qué precisamente él? No es más que un perdedor.

La pequeña pantalla que tenían delante mostraba la figura de un hombre dentro de una habitación de hotel. Estaba tumbado sobre una cama sin sábanas, con las manos detrás de la cabeza. A su alrededor, sólo el punto de iluminación de una bombilla tintineante demostraba que aquello era habitable. Las paredes desconchadas dejaban ver las tuberías a través de los huecos que las desnudaban, las numerosas humedades del techo dibujaban formas sombrías y siniestras, y como mobiliario, tan solo un cenicero lleno de colillas, una silla, una cama y una neverita de cincuenta centímetros de altura.

Los años habían pasado de manera muy cruel por el cuerpo de Richard Beck, y pese a sus casi sesenta años las arrugas deformaban un rostro consumido por los vicios y las drogas.

- Ha perdido peso desde la última vez que le vi – continuó la misma voz.

En ese momento Beck se reclinó, cruzó las piernas sentándose sobre la cama en posición de medio loto, y alcanzó su paquete de cigarrillos Dunhill. En la almohada, a su lado, descansaba su Colt o491, su pistola de calibre .45 que le había acompañado durante toda su carrera como militar y policía. Ahora era un objeto decorativo en su vida, el cenicero tenía mucho más uso realmente.

Se puso un Dunhill en la boca y lo encendió con una cerilla, para recostarse de nuevo musitando algo en voz baja y agarrar la Colt, con la que comenzó a jugar.

- Sabes que es el mejor para el trabajo, Nathan – ésta voz era mucho más grave, cargada de experiencia, o quizás de odio.  – Ahora no tiene nada. No tiene trabajo, es un inútil. Cuando se fuerza una jubilación de un activo y no se le ofrece un puesto de oficial, normalmente acabas con un nuevo tipo armado en la calle, que acaba dando por culo en cualquier lado.

- Como si eso supusiera alguna diferencia. Ojalá usara el arma y nos quitara un par de problemas de encima.

En la pantalla, Beck se levantó tras apurar el cigarrillo. Fue hasta la nevera, sacó un petate de ella y, tras dar un largo trago, se colocó su gabardina de cuero.

Abrió la puerta. La habitación daba a una calle oscura. Afuera, la temperatura era lo suficientemente baja como para que la nieve que había sobre la calzada se mantuviera sin dificultad. El humo del tabaco que exhalaba por la boca pasó a ser vaho por el frío.

Avanzó y salió de la habitación, pisando la nieve que se quejó bajo su bota. La pantalla por la que le observaban, tintineó un par de veces y de ser una cámara fija en la habitación, cambió a un ángulo opuesto, viéndole entonces desde fuera, mientras éste cerraba la puerta a su espalda.

Caminó a lo largo del callejón, mientras encendía otro Dunhill.

- ¿A dónde irá ahora?

- Seguramente vaya a buscar un poco más de esa droga que consume. No entiendo cómo ha podido agarrarse a una mierda como esa. Es la basura más grande de la calle, “Dietilaminanfetamina” o algo similar.

- ¿Estás seguro de que es el más indicado para el trabajo? No es más que un drogata, un viejo y ahora también un paria.

- Precisamente. ¿Quién lo iba a echar de menos? Es perfecto para el trabajo.

- En eso te doy la razón amigo mío. Sabe manejar un arma, y es un hombre sin vida. Además, dudo mucho que sea una persona que haga demasiadas preguntas. Acuérdate que eso es lo más importante. Necesitamos efectividad y trabajo. – hizo una pausa prolongada mientras estudiaba las posibilidades. -  De acuerdo. Hagámosle pues una visita al señor Beck. Espero que se alegre por la oferta.

- ¿Tiene acaso una alternativa?

Ambos personajes comenzaron a reír. A través del cristal del monitor, se veía como Beck se acercaba a una mujer, una prostituta de cabellos de color del fuego y que pese a la escasez de ropa, aguantaba el frío gracias a la cantidad ingente de drogas que seguramente hubiera consumido. Le saludaba efusivamente como si se tratase ya de un encuentro habitual. Un pitido agudo resonó en el eco de la gran sala donde se encontraban; y la imagen desapareció, dejando tras de sí un punto blanco en un fondo tan oscuro como la propia habitación.

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Amont – Preludio

Publicado por Lascivo en Lunes, 8 noviembre, 2010

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Comienza un nuevo relato por capítulos que escribiremos Champinon y yo, Lascivo. Espero que os guste. Y si no entendéis nada ahora. No os preocupéis, todo a su tiempo. ¡Un saludo! ¡Disfrutadlo!

La lluvia repiqueteaba contra las chapas y los techos de las chabolas. El barro se adhería a los zapatos de Richard Beck, que se apartaba el flequillo mojado de la cara. Con tan poca visibilidad, apenas podía intuir adónde debía dirigirse. Un perro mediano, empapado y mugriento, le seguía los pasos desde una distancia prudencial. Parecía no importarle la lluvia. ¿Y qué más daba, en realidad?, pensaba Beck. Mirara donde mirara no veía más que la más absoluta de las miserias. Casuchas improvisadas en mitad de la nada, cuando a menos de tres o cuatro kilómetros la más ostentosa riqueza aplastaba ideales y masacraba esperanzas.

Un escalofrío recorrió la espalda de Beck, que inauguró su camino. Aquella búsqueda ya hacía tiempo que le estaba cansando, pero las preguntas que tenía eran cada vez mayores, abarcaban más campo y eran más profundas. Sin contar con que cada vez había más gente involucrada. Pensó en Lena, tan tímida y llena de miedos. Siempre pensó en ella como alguien que parecía sentirse fuera de lugar. Esa es la impresión que le dio desde el primer momento en que la vio. Era muy bella, a ojos de Beck, a quien le encandiló su mirada azul desde el principio. Y ahora sentía un gran pesar por haberla involucrado en un caso que incluso a él le venía grande. Hacía días que no sabía nada de ella. La había llamado con insistencia, incluso había ido a buscarla a su casa. Varias veces. Sin ningún resultado. Por lo que su experiencia le decía, y por lo oscuro que se estaba poniendo el caso, bien podría estar muerta.

Un nuevo escalofrío, mucho más intenso que el anterior, sacó de su ensimismamiento a Richard Beck. Se subió la solapa de su chaquetón y se llevó instintivamente la mano al bulto que provocaba su pistola, en su costado.

De pronto oyó un grito. No parecía venir de lejos.

Corrió, corrió lo más rápido que pudo, tropezándose con un pedrusco oculto a sus ojos, cayéndose y manchándose de barro hasta la cara. Se irguió, no muy ágilmente, y volvió a escuchar otro grito.

Y un disparo.

Estaba muy cerca. Corrió hasta dejar atrás la última fila de chabolas.

La escena le pilló totalmente de sorpresa. Esperaba encontrarse con Mudir, pero no con Lena.

La chica estaba arrodillada en el suelo, y Mudir apretaba contra su sien izquierda una pistola de bajo calibre, suficiente para desparramar su cerebro por doquier. Ella estaba aterrada, empapada, y tenía un ojo morado. Llevaba un jersey de lana algo ceñido y unos pantalones vaqueros, todo marronáceo por el barro. Sin embargo, no parecía estar herida. El disparo de Mudir probablemente había sido como advertencia. Seguramente porque estaba nervioso.

Beck conocía bien a Mudir, y a los tipos como él. Llevaba investigándole varias semanas, y conocía su modus operandi. Al igual que le conocía personalmente, pues le había entrevistado varias veces cuando no era más que uno de los sospechosos del primero de los muchos asesinatos que se habían cometido. Pese a que siempre le había parecido apático, en esta ocasión estaba totalmente ido. Como ausente, con la mirada fija en Lena, como si no se hubiera percatado de Beck, aunque sabía que no era así. Mudir giró lentamente la cabeza, manteniendo una sonrisa estática, y le dirigió una mirada cargada de locura a Beck.

–Parece que llueve, ¿eh? –gritó, debido a la incesante y ensordecedora lluvia. Él y Lena estaban a unos pocos metros de Beck. Sin embargo, apenas pudo oírle.

–¡Lena! –chilló Beck, ignorando al psicópata.

Mudir cambió su expresión a otra totalmente seria. Miró rápidamente hacia Lena. La sacudió violentamente en la cara con la culata de la pistola. Lena, ahogando un grito, cayó inconsciente sobre el encharcado suelo.

–¡No! ¡Lena! –sollozó Beck.

Mudir seguía apuntando hacia Lena, aunque volvía a mirar hacia Beck. En su expresión aparecía de nuevo la misma sonrisa diabólica.

–Así que Richard Beck me ha encontrado. Bravo, ¡bravo! –gritó, e hizo ademán de aplaudir, sin soltar la pistola, y contoneando su cuerpo con sorna–. ¿Y qué piensas hacer, Beck? ¿Detenerme? ¿Y arriesgar la vida de LE-23?

Beck desenfundó su pistola y apuntó a Mudir. No sabía porqué había tardado tanto en reaccionar. Encontrar que Lena seguía viva le aliviaba, pero verla en manos de Mudir le había dejado paralizado.

–¡Mudir! –exclamó–. ¡Mudir! ¡Suelta a Lena! Sabes que si le pasa algo voy a disparar.

La cara de Mudir volvió a estar seria. Cambió su mirada hacia la mujer, y no desprendía más que odio. Su brazo seguía recto, apuntando hacia ella con el arma.

–No tienes ni idea, Beck. ¡No es quien crees! ¡Es una de ellos! ¡Ni siquiera se llama como crees! ¡Sabes lo que es! ¡Lo sabes! Tú…

Un disparo ensordecedor, como de rifle, seguido de un gran flash de luz, tapó las palabras de Mudir. Beck, casi cegado, vio que la luz venía de su derecha. El disparo también parecía haber provenido de esa dirección. Se dio cuenta de que los estaban apuntando con focos de enorme potencia. Nervioso, apenas podía fijar la mirada donde se hallaban Mudir y Lena.

–¡Lena! ¡Lena! –gritó, dirigiéndose a ciegas donde estaban ella y Mudir. Arrastrando sus pies por el barro, torpemente, de forma inevitable.

De repente, otro disparo le frenó. Sí, era un rifle, o una escopeta.

Lascivo. 8 de noviembre de 2010

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El Marchitar De La Rosa – Un Día Poco Normal

Publicado por Ninetales en Jueves, 12 agosto, 2010

“Tengo sed, Dame de beber, escucha lo que te digo, dame de beber ahora…”

Otro sueño… Las noches son intranquilas, las voces de mis muertos retumban mi cabeza. Recuerdos frívolos de personas que del más halla torturan mi descanso, perturban mi paz. El deseo interno que me come cada vez más, una sed insaciable a la venganza y a la sangre, una sed que no puedo saciar y me controla. Pero debo mantenerme firme por Kitsune y por todos los niños del Japón. No, nunca por la venganza…
Es ahora de que empezamos un entrenamiento mental, espero que el siempre tenga esa esperanza de justicia, nunca pero nunca quiero verle en un camino erróneo. El entrenamiento tomara muchos días de paz y quietud, así que la concentración es fundamental para ello.

- Kitsune, quiero que me acompañes un rato a caminar.
- Si, esta bien.
- Mira el golpear de las olas, el ir y venir fuerte, pero coordinado y tranquilo – le decía mientras caminábamos por las peñas del lugar –mira esa tranquilidad que genera el respirar este aire, poderoso y a la vez tranquilo.
- Se siente muy relajante, muy bien.
- Así es, quiero que te sientes aquí y olvides todo lo demás, ahora quiero que seas uno con el aire, uno con el sonido del mar; que seas uno con la naturaleza que te rodea.
- Esta bien lo hare.
- Bien nos veremos al atardecer y no te muevas por más hambre o sed que tengas.
- Pero…
- Pero nada! Soy tu Maestra y haces lo que te digo, ahora a estar en paz.

Mientras me retiro le veo cerrar sus ojos e intentar lo que le dije, si que es un buen chico, espero que entienda la importancia del entrenamiento. Mientras lo hace iré al pueblo quiero saber que se dice del asesino de la rosa, y que chismes hay entre los mercaderes. Bueno por lo menos espero saber más de los ingleses, quiero saber si en algún momento se dice algo del gobierno actual.
Caminando entre los mercaderes solo escucho rumores vagos, nada importante, nada que me lleve a tener mas pistas. Quizá deba ir hasta Inglaterra y encontrarme cara a cara con el líder de ellos.

 Perdida en mis pensamientos, choco con un mercader que llevaba Sake, las botellas se rompen y el mercader enfurecido intenta golpearme. Al ver que muchos miraban tenia que dejarme golpear, no quiero que se levante sospechas de mí. El hombre me golpea y caigo al suelo, sin detenerse intenta levantarme una vez más, para golpearme de nuevo.
- Mira! ¿Eres tonta?
- Disculpe señor no era mi intención
- Ahora pagaras por lo que has hecho niña estúpida –mientras me levantaba las personas se acercaban y formaban un circulo a nuestro alrededor –pagaras caro por lo que has hecho niña tonta.

De repente un hombre bien vestido, parecía ser del gobierno, llega con unos policías a detener al hombre.

- Disculpe señor, creo que esto cubre el valor del licor –le dijo mientras le daba dinero –espero que no halla mas inconvenientes.
- Por supuesto que no –le respondió mirándolo con algo de temor
- Dime hermosa dama, ¿te encuentras bien? –me dijo con una sonrisa
- Si, si señor estoy bien muchas gracias.
- Una chica como tú debe tener mas cuidado al caminar.
- Si, eh muchas gracias lo tendré en cuenta.
- Bien ve con cuidado…

Aprovechando salí con prisa del lugar, esto que ocurrió es algo extraño para mi, al momento que me sonrió me sentí extraña muy extraña. Estaba agitada por lo que paso, y mi mente solo podía recordar su expresión, una expresión de ternura, cada vez que lo recordaba me sentía mas y mas extraña. De repente algo llama mi atención. Unas personas comenzaron a tratar un tema que me intereso mucho.
Sin que me vean escucho lo que dicen, son dos hombres hablando. Intento prestar más atención, escucho que hablan del hombre que apareció en el mercado.

- ¿Cómo alguien como él esta en un mercado como este?
- Él es del gobierno quizá es un detective que busca pistas del asesino de la rosa.
- No, me refiero que el es hijo de un japonés y de una inglesa
- ¿Qué quieres decir con eso?
- El es Lord Yusuke, hijo Victoria West, Duquesa de Inglaterra.
- No lo puedo creer, ¿como alguien de su linaje esta aquí en Japón y en un mercado como este?
- No lo se amigo pero quizás no este de vacaciones desde que su padre murió el se ocupa ahora de las relaciones entre Inglaterra y Japón.

Al escuchar esto entendí la importancia de aquel hombre, quizás sea uno de los que busco, y de no ser así atreves de él podre llegar a mi objetivo, esta es una oportunidad que no podía dejar pasar, tenia que hacer algo muy ingenioso y lo mas pronto posible. Si dejaba escapar al pez nunca el tigre tendría su cena, así que debía actuar rápido. El sol cae así que iré a ver a Kitsune.
Cuando llego veo a kitsune tan cual como lo deje, es increíble lo estricto que puede llegar a ser este pupilo mío, hoy en definitiva no ah sido un día común, es un día muy distinto a los demás. Así que terminare con algo especial.
Acelere mi paso, me acerco con intención de golpear a Kitsune, salto por detrás e intento golpearle, de repente el con su mano derecha me bloquea sin necesidad de verme. Sorprendida pero con determinación sigo mis intentos y el se levanta y  bloquea cada uno de mis golpes. Esquiva, salta, se mueve con rudeza pero con tranquilidad. El día término con un gran orgullo, este chico si que es impresionante, realmente estoy feliz de ser su Maestra.

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El Marchitar De La Rosa – ¡Tengo que lograrlo!

Publicado por Ninetales en Martes, 16 junio, 2009

Ya ha pasado una semana desde que Kitsune volvió al entrenamiento, hay lago en el que me hace sentir alegre, él es un chico ejemplar; ha mejorado considerablemente su estilo de pelea. Él me pide que le enseñe a manejar un arma, lo cual puede ser peligroso, no para si mismo, si no para otras personas, al fin y al cabo el es un chico todavía. Lo llevaré a la celebración de solsticio de ocaso, así podrá relajarse y salir un poco del entrenamiento.

A pesar que la feria del pueblo es muy alegre, Kitsune no se siente muy a gusto con la invitación, parecemos hermana mayor con su pequeño hermano, cosa que no le agrada mucho. Ya es medio día y Kitsune aún no se ve feliz, sus pensamientos son algo que jamás comprenderé, pero se que es un buen muchacho, y le irá bien en la vida.

- Kitsune, que tal si vamos a los juegos, quizá ganes un pez para tus hermanitos. –le dije con una sonrisa coqueta.

- No gracias. –me dijo muy serio mirando al suelo.

- ¿En que piensas ahora?

- No es nada de verdad, nos divertiremos ya estamos aquí entonces vamos a los juegos. –mientras se adelantaba a jugar en una tienda.

Este chico es impredecible, no se que piensa, no se si sea yo quien le tenga de esa manera, solo se que es con el asunto del asesino de la rosa, no le he contado sobre lo que me pasa, no le quiero contar sobre mi espada porque eso lo perturbaría. Mejor pasemos este día sin complicaciones, así podremos olvidar esto.

Pasamos por muchas tiendas, recorrimos todo el lugar estábamos felices de estar ese día allí, hasta pensé en que jamás se terminaría ese día, hasta alcance olvidar que yo soy el asesino de la rosa, todo estaba yendo muy bien cuando empieza el ritual de solsticio. En un papel amarillo se colocan los deseos se bendicen en el templo con el monje y después en barquillas de madrea se ponen a quemar los papeles dentro de una lámpara, así se dejan deslizar lentamente en el agua y que Buda las reciba. Sin embargo cuando veo la gente acercarse al lago noto que Kitsune no estaba, decidí ir a buscarle primero para poner nuestros deseos juntos a la vez así quizá los nuestros serian leídas casi al mismo tiempo por Buda.

llegue hasta el templo mientras el sol se ponía, pensé que él estaría allí todavía, pero no estaba, le busque por todos lados y no le encontraba, llegue a preocuparme y sin más deje mi barquilla cerca al templo y Salí del lugar a buscarle. De repente escucho unas voces, una de ellas se me hacia familiar, si es Kitsune y esta en problemas. En el instante me cubrí la cara con el kimono, y me oculte detrás de un árbol, estaba Kitsune con el vendedor de la otra vez, quise salir a defenderle pero el no es un chiquillo llorón, ya no lo es, así que espere unos minutos.

- Lamento haberle robado señor, mis hermanos tenían hambre y somos pobres, conseguí este dinero para pagarle lo de esa vez. –le dijo con voz muy triste.

- Chiquillo estúpido, no sabes que eso ya no me importa, quiero venganza no de ti si no de ese entrometido que te salvo, y se que tu le conoces si no me dices te mueres aquí mismo.

- Lo siento señor no se de que me habla yo solo quiero pagarle lo que le debo.

- No me salgas con eso ahora si no me dices date por muerto.

Cuando veo el hombre saca un cuchillo, pero Kitsune no se ve para nada perturbado, no es el mismo de antes lo se. Decidí quedarme a ver que pasaba, Kitsune quería razonar con él pero el hombre perdía la razón y le ataco, Kitsune solo lo esquivaba sus movimientos eran precisos y a tiempo, me sentí orgullosa, cuando Kitsune decide atacarle pensé que ya terminara la riña. Sin embargo Kitsune le arrebata el cuchillo y lo tira al suelo, sentí esa sed de sangre que tanto me atormenta pero esta vez en él. Lo quise de tener pero el soltó el cuchillo, y le dejo el dinero en su bolsa, miro ese espíritu del fuego en él y me siento feliz. Mientras lo miraba escucho a Kitsune decir ¡tengo que logarlo! una y otra vez como si algo le faltara.

Volví rápidamente por mi barquilla, y le veo a el con la suya, le grite para que me viera y así nos fuimos juntos a dejar nuestros deseos. Mi deseo es que los chicos como Kitsune sean protegidos y que nunca pasen por lo que pasan los hombres comunes, que él no pase por tanto dolor como el que yo pase.

- ¿Quieres saber que deseo pedí? –dice Kitsune con voz temblorosa.

- No, no importa es tu deseo, no tienes que contarme nada Kitsune. –le dije como si realmente no me importara

- No, te lo diré de todas maneras, por que es en lo que he estado pensando todo el día.

- Bien dime, ¿que es? –le preguntaba mientras miraba al cielo estrellado.

- ¡Tengo que lograrlo!, tengo que proteger a mis hermanos, que ellos no pasen por lo que yo he pasado, que no sufran más los niños que nada tenga que ver con los problemas de los adultos, deseo la paz para Japón. – me decía mientras miraba el cielo estrellado, mientras las lagrimas se dejaban caer por su rostro.

Una vez mas supe que el era un chico especial, y que alguien como el no podía perderse en los problemas de los adultos, jamás dejaría que a él le pasara nada malo. Miraba y contemplaba las barquillas de las personas hundirse poco a poco, espere hasta que las barquillas de Kitsune y mía se hundieran también.

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El Marchitar De La Rosa – Masacre en la villa, sentimientos extraños

Publicado por Ninetales en Lunes, 8 junio, 2009

Kitsune no ha vuelto al entrenamiento, se bien que él me tiene rencor. No lo juzgo, la policía lanzo una trampa para que aquellos que tuvieran algo de fé en mi, se perdiera por completo en la masacre en la villa.

Todo comenzó ese día, en el cual estaba vigilando que llegara mi objetivo a los puertos, una noche que volvía al pueblo, cerca a la villa donde vive Kistune y sus hermanos, comenzó a incendiarse, la misma policía estaba atacando la villa. Sin que nadie se diera cuenta comenzaron a tirar ramas empapadas de aceite a los techos de cada cabaña, al ver esto solo pude alertarme he ir a detenerlos.

Sin que me vieran me deslice hasta dos guardias, y los derribo, pero algo raro comencé a sentir en mi interior, mire la funda donde estaba mi espada, comenzó a sentir sed. Una sed insaciable que no podía controlar, a pesar que esos dos guardias estaban noqueados, tenía una necesidad de cortar sus cuellos. No podía controlarme cada ves mi mano se acercaba a la empuñadura, cuando escuche la voz de gente que gritando.

Mire mi alrededor ya muchas caballas estaban incendiadas, otros policías llegaron, y gritaron el asesino de la rosa, esta aquí atrápenlo, después me di cuenta que estaba rodeada por cinco hombres. No podía moverme, mientras las otras casas se caían en ceniza, la gente gritando y corriendo muchos vieron esa escena, y gritaban en mi contra, querían que fuera atrapada.

De repente dos hombres vienen a mi, no podía matarlos ellos eran japoneses, pero de nuevo escucho mi espada decirme esas palabras.

-          Tengo sed, dame de beber muero de sed, ¿Por qué no me das de beber? Tengo mucha sed la deseo ahora –con una voz que me entregaba a mi desespero.

-          No, no puedo, no puedo hacerlo, ellos son japoneses no puedo matarles.

-          Soy tu alma quien habla, y tengo sed, ellos traicionaron al país tienes que castigarlos, ¡dame de beber ahora!

Mi espada es desenvainada, cuando abro mis ojos veo sus cuerpos caer, pero al verlos no siento otra cosa que la necesidad de matar. Veo sus cuerpos como si no fueran mas que escoria, los otros tres hombres se abalanzan contra mí, envaino mi espada y con un movimiento rápido la desenvaino creando una ráfaga de aire, tirando a uno de ellos al suelo, de inmediato salto y lo atravieso en el corazón. Otro de ellos intenta golpearme lo detengo con mi funda, y le corto la cabeza, el otro salió corriendo.

Me levanto del lugar y todo se ve en  un rojo amarillo, el calor me opacaba la vista, sentía la sangre de esos hombres en mi rostro. Mi espada empapada, la envaino y siento como si no fuera yo, escucho mas pasos, los aldeanos han huido, eso pensé pero un grito me hace entrar en si. Una pareja estaba atrapada en su cabaña con sus niños, no podía hacer mucho tenia que romper parte de la casa, pero cuando lo intento escucho el grito de otras personas atrapadas en los campos rodeados por el fuego.

No sabia que hacer así que decidí romper parte de esa cabaña, esta pareja y sus niños escapan y decidí encaminarme a los campos, cuando la mujer grita que su niña esta todavía adentro. No puedo hacer más que entrar por ella, la encuentro en una habitación totalmente cubierta por el fuego, la saco del lugar sin que sufriera daño. Se la entrego a sus padres, cuando veo el sol salir en medio del alba, cuando lo vi supe que los otros habían muerto, sin mas fui a los campos, mire, estaban una anciana y una mujer totalmente quemadas, el sol hace su aparición.

Mi cuerpo se adormece, tengo unas quemaduras en mis manos y una en un brazo, la mas grande que tuve era esa. Solo queda enterrar los cuerpos de aquellos que murieron, el juicio de Dios será a ellos. Al enterrarlos, miro que un chico estaba espiando a lo lejos, no le di mucha importancia, en ese momento supe que mi lucha era más grande de lo que pensaba.

En las noticias, de ese día se dice que el asesino de la rosa causo la muerte de 37 personas y 13 niños en la villa. Los pocos que tenían algún respeto por mi se perdió en el instante, sacar a los ingleses no será fácil.

Ahora lo se, aquel chico era Kitsune. Él vio mi herida en el brazo aquel día de la masacre y lo vio también en la playa, mis brazos descubiertos. No me fije en mi error, ahora se que no puedo involucrar a chicos como él.

Me sentía como un insecto diminuto en la mitad de un mar de sentimientos. Cuando veo a kitsune venir a mí, pensé que vendría a cobrar venganza, creyendo que yo mate a sus padres, veo que llora y corre golpeándome.

-          Se que no fuiste tu, lo se, mi madre me conto todo, ella lo vio, vio todo…

-          ¿Que quieres decir?

-          La bebe que rescataste era mi hermana yo estaba en el bosque esa noche, a ella la encontré tirada en la calle con cortes en su espalda, mi padre no estaba allí, mi hermanita en sus brazos, mi padre volvió, y moribundo me dejo a cargo de mis hermanos,  yo solo quiero protegerles y creo en ti.

-          Gra… gracias, Kitsune… gracias –le di un abrazo, sentí un sentimiento que jamás había sentido, me sentía débil pero fuerte, y el ocaso cerraba este capitulo, el cual no recordare jamás.

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El Marchitar De La Rosa – Un paso mas cerca, un pupilo

Publicado por Ninetales en Viernes, 29 mayo, 2009

Han pasado dos semanas, y la policía local no a localizado al asesino de la rosa, mientras pasa el tiempo, todos los días estoy vigilando los puertos. Mi madre cree que tengo novio, y es mejor que crea que lo tengo por ahora. Nada fuera de lo común, ni en las noches se ve movimiento sospechoso en los puertos, quizá la información sea falsa y tendré que empezar de nuevo.

Estando en el mercado del pueblo un chico roba comida,  el vendedor lo persigue por todos lados, tirando canastas de otros mercaderes y arrollando a la gente. Pero era tanto el desespero del vendedor, que llevaba un cuchillo en su mano. No podía dejar que aquel chiquillo saliera herido de la situación, pero tampoco como mujer debía entrometerme, de esa manera no tuve opción que tomar trapos y cubrirme la cara.

El chiquillo estaba acorralado afuera del mercado, el hombre no piensa detenerse, mientras lo hace solo puedo observar al pequeño, si es tan valiente, deberá salir de esta situación, pero veo al chico tan asustado que no tuve mas que intervenir. Llego en un sonido de viento detrás del sujeto, le tomo la mano quitándole el cuchillo, apretandolo en una llave lo tiro al suelo, y le digo al pequeño que escape. Mientras lo hace me distraigo con hombre y este se suelta. Coge el cuchillo propinándole una herida en el brazo a pequeño.

Me frustro, y golpeo al vendedor dejándolo casi muerto mientras el que pequeño se desmayaba. Lo llevo a un lugar seguro cerca de la costa, una pequeña caballa para sanar su herida. Mientras lo vendo con harapos en agua veo que un barco en mitad de la nada, se muestra mas no se dirige al puerto.

-          Gracias… por salvarme pero debo irme –me dice el pequeño despertando de su desmallo.

-          No es nada solo que no podía dejarte en esas, y no te moverás de aquí.

-          Tengo que irme mis hermanos esperan su comida.

-          ¿Tus hermanos? Es por esa razón que robaste… quédate aquí yo me encargo

Dejándolo solo, miro otra ves el mar, y la embarcación no esta, perdí mi oportunidad de saber quien vendría, ahora no importa,  me dirijo donde el chico me dijo y llevo la comida, es una casa en mal estado que se encuentra en las afueras del pueblo. Cuando entro en la casa no veo a nadie, mas escucho un ruido.

Se que ellos están ocultos, solo les dije que su hermano me envió a darles la comida y la deje en la mesa, no se preocupen el volverá. al regresar vi al chico, estaba en la playa entrenando artes marciales.

-          No deberías entrenar si estas lastimado.

-          No puedo dejar que nada malo les pase a ellos, se lo prometí a mi madre cuando murió.

-          Pero si te esfuerzas así no alcanzaras nada solo lastimarte

-          Lo se pero soy débil, y no tengo la fuerza para defenderlos quiero ser fuerte para defenderlos, quiero ser el que los proteja

Al verlo no parecía en nada al pequeño de esa mañana, y lo entrenaría, en esa playa cada dos días entrenaría al pequeño. Vi en  él espíritu del fuego y sabía que esa llama jamás se apagaría.

Zorro o Kitsune como lo llamo, mejoro considerable mente, y todo no es perdida, conseguí información de unos pescadores que vieron ese día la embarcación. Llevaban cofres nada mas, y que posiblemente eran regalos para el gobierno. pero se que eran semillas de opio. Sabía lo que era, y que si quería saber cuando llegaría mi objetivo, tendría que infiltrarme en una de esas embarcaciones.

 Esa noche espere en la playa, cuando lo veo en el horizonte, decido esperar a ver donde desembarcan. Como lo pénese, no usan el puerto, y se dirigen cerca de una cueva en las rocas. Entro a ver que pasa, y solo veo marineros apilando las cajas, decido subir en una embarcación tapada con sabanas.

Cuando se detiene el transporte, escucho la voz de un ingles, sentí que él tenia que ser mi objetivo así que espere que los marineros subieran al barco primero. Espere que el silencio se hiciera con la noche, entrando como si fuera una sombra, me despliego atreves del barco llegando al camarote principal, se escuchan voces y risas, escucho atentamente.

Cuando escucho la palabra opio, arremeto por la ventana del lugar, y desenvaino mi catana, que una vez más me tenía desesperada con su sed inquietante. Le corto un brazo al marinero que lo acompañaba, el hombre saca su espada y se me enfrenta a pesar de su herida, yo lo bloqueo y lanzo una patada en la cara, moviendo rápidamente la espada corto su torso.

Miro a mi victima, y pregunto con tanta rabia mientras lo golpeaba, él pedía misericordia, no era yo, fuese la misma sensación de la espada en mi.

-          ¿Quien eres, y con quien trabajar en Japón para traficar el opio?

-          Ja ja ja… nunca te lo diré, mátame si quieres no hablare

-          Esta bien lo hare si no piensas hablar –mientras lo amenazo con cortarle la cabeza

-          Esta bien esta bien te diré por que se que no podrás hacer nada el hombre que buscas jamás lo encontraras jamás el esta en Inglaterra y el manda sobre todo Japón

Le corto la cabeza sin mas, y tiro una rosa a sus pies, mientras lo marineros se alertan me escapo nadando hasta la playa, en ella estaba Kitsune, y me ve salir del agua.

-          ¿Eres el asesino de la rosa no es verdad? –me pregunta desconcertado

-          Sabes que te salve a ti, solo te digo una cosa, y es que nadie en Japón y menos los niños serán lastimados por los ingleses nunca.

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El Marchitar De La Rosa – Las voces del asesino de la rosa

Publicado por Ninetales en Lunes, 27 abril, 2009

Tengo sed, demasiada sed, dame de beber por favor, lo necesito ¿por que no me das de beber? Son las palabras de mi catana, una espada antigua de mi familia y desde aquel  día la oigo hablar. No se exactamente como era ese día, solo recuerdo estar de la mano de mi padre caminando por el bosque.

-          ¡Padre!, que arboles tan lindos son estos, ¿como se llaman?- le dije con tanta curiosidad.

-          Son Cerezos, y de verdad que son muy hermosos –me respondió con una sonrisa en el rostro.

Esa fue la ultima vez que le vi  así, fue asesinado por unos hombres cubiertos, intentando protegerme fue herido de gravedad su mano no pudo empuñar la espada, con sus ultimas palabras me dijo que esa espada se transmitía de padre a hijo, yo era mujer y nunca quiso que la tuviera, pero la tradición era eso mismo así que tenia que proteger a mi madre.

Desesperada sin saber que hacer vi que los hombres se alejaban. Raro era que no vinieran por mí, concluí que solo era mi padre su objetivo, y con los nervios descontrolados deduje que mi madre era su siguiente objetivo. Empuño la catana y me dirijo a casa esperando llegar a tiempo, veo a mi madre en el suelo asustada, uno de esos hombres la golpeo aún no de de gravedad, es en ese preciso momento donde la escucho hablar me decía que tenia sed y que quería algo de beber. Gritando desesperadamente me dirijo al hombre y desenvaino mi espada.

Cuando abro mis ojos veo su cabeza rodar, el grito de mi madre llenaba el lugar. Esta muerto, yo eh matado a un hombre, con tan solo 12 años de edad, solté la catana y comencé a llorar, mi madre me abraza y después de un rato el silencio, me acerco al hombre le quito lo que cubría su cara, mi madre dice que es un hombre del gobierno, y que es un especialista en asesinatos, de las fuerzas especiales, un ninja que se le dio la orden de matarnos.

Solo necesito esa información para encontrar al culpable y no descansare hasta lograrlo. Ya han pasado 8 años de la muerte de mi padre, mi madre no se quiso ir del país y tengo que protegerla como hade lugar. No puedo dejar esto así y mas con todo lo que eh trabajado para encontrarlo, a él, a ese hombre que esta detrás de todo esto.

Eh descubierto el por que querían matar a mi padre, el pertenecía a una fuerza especial de policía, la cual investiga casos extraños de la época y les pone fin, el opio ya cruzo china y se dirige a nosotros, el descubrió algo que jamás debió descubrir. Por eso querían su silencio, ahora yo se que los ingleses están detrás de todo junto con el propio gobierno tengo a una persona en la mira se que si me encuentro con él sabré mas del culpable.

Es un ingles mensajero, se quedara hoy en la noche cerca a la capital, tengo que dirigirme hay y empezar a buscar su estadía exacta. La noche cae y sé el hotel donde dormirá, mis movimientos sigilosos acercándome a su habitación, un movimiento rápido y preciso pongo mi espada en su cuello, levemente se despierta, tapo su boca, y le saco la información que necesito.

-          ¿Quien planta el opio, quien es la cabeza del negocio y cuales son lo hombres involucrados en el asunto sean ingleses o japoneses?

-          No se nada te lo juro, no me hagas daño

-          ¡Habla maldito!, o te corto la cabeza, lo digo enserio

-          Esta bien esta bien, es un hombre importante, es ingles vendrá en pocas semanas a terminar unos asuntos con Japón, exactamente no se quien esta de este lado,  pero se que el se encontrara con los responsables japoneses.

Lo tengo ya es mío, cada vez me acerco a la verdad y a cumplir me venganza, nada me detendrá, inmediatamente le doy las gracias a el ingles y le corto la cabeza tan rápido que la sangre del hombre salpica mi rostro en ese momento escucho a mi catana una vez mas, gracias por darme de beber lo necesitaba, creo que mi venganza me vuelve algo loca.

Al día siguiente recorre la noticia de un asesino, que va en contra de los tratados entre Japón e Inglaterra, y se pide por la cabeza del asesino 500 mil yenes. Por mi, ahora me llaman el asesino de la rosa, la causa una rosa  cerca del cuerpo, nunca puse una rosa, supongo que el aire que creo mi catana corto una de la habitación y cayo a su lado, pero suena bien, muy bien.

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Publicado por daniloko en Miércoles, 22 abril, 2009

El zulo era deprimente, pero muy amplio y suficiente para que se hospedase una familia entera, como era el caso. Las paredes eran de ladrillo y relucían las telarañas y asomaban las ratas. El niño aveces se divertía disparando con la 9 milimetros de su padre. Juan, apodado ”el vaquilla” por el resto de la mafia vallecana, se recostó en el sofá, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño…

”Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing”

- ¡Lisa! ¡¿Lisa cariño porqué no coges el telefono?! ¡Papi quiere dormirse!

Puesto que no recibió respuesta alguna de su hija, se dispuso a descolgar.

- Sí, digame.

- ¡Hola! ¿Es usted Juan Garcia Lasa? Le llamamos de Telefonica.

- Errr, si, pero no nos interesa, ¿eh? Muchas gracias.

- Es importante, caballero. Debe usted mas de doce mil euros en gastos telefonicos.

- ¿¿¡¡Cómo!!??

- Tenemos aqui una lista con llamadas a Brasil, Argentina, Nueva Guinea, Francia…

- Oiga, eso es imposible, ni yo ni nadie de mi familia hemos llamado a tales lugares. Debe de tratarse de un error, uno de esos errores que soleis cometer las empresas telefonicas ¿eh? ¿Oiga? ¿Siguen ahí?

”Puuuuuuuuuuuuuuuu,Puuuuuuuuuuuuuu”

Habían colgado.

- Panda de gilipollas – murmuró el vaquilla, volviendo a cerrar los ojos.

*****************

En el cuartel general de la policia, el sub-inspector Ricardo no pudo evitar esbozar una sonrisilla cuando uno de sus agentes le informó de que porfin habían localizado al vaquilla. Había sido por vía telefonica.

- Avisa a la brigada anti-mafia, Sanchez, vamos a cargarnos a ese hijo de perra.

- Si , señor.

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El acantilado

Publicado por danixu en Jueves, 19 febrero, 2009

El inspector general de la policía de Crawley, un cincuentón adaptado a la rutina refunfuñaba por haber tenido que alejarse tanto de su comisaría. El caso es que una serie de extraños asesinatos se habían producido a lo largo de toda la costa de West Sussex, y la policía de toda la región no daba abasto, así que habían tenido que recurrir a las pacíficas villas de interior donde nunca sucedía gran cosa que valiese la pena registrar con un sinfin de inútil papeleo.

John Spencer, que por cierto así se llamaba el inspector, no era precisamente lo que se esperaba de una persona con un nombre tan válido para agente secreto. Llevaba gabardina beige, zapatos marrones de invierno, pantalones de pana y una corbata verde que no pegaba para nada con su camisa de cuadros pasada de moda. Los cuadros inferiores de la camisa eran mas grandes debido a la prominente barriga, pero si su indumentaria no bastaba para llamar la atención en el escenario de un crimen, cabe decir que encima era feo. Pero no feo de poco agraciado, o del montón, sino feo con avaricia. De esos que el día que se repartió la fealdad en el mundo se pusieron los primeros a la cola. Sus ojos saltones no envidiaban a los de un besugo sorprendido, su torcida nariz recordaba a más de un personaje de los teleñecos según desde el ángulo que le mirases, y su graciosa papada era imberbe, ya que el pelo parecía haber emigrado al interior de sus grandes orejas. Los pocos pelos que quedaban en su sien, en un orgulloso intento de evitar lo inevitable estaban aplastados de lado a lado, y un tic en el labio hacía pensar que siempre estaba sonriendo, aunque estuviese furioso.

Como decía John Spencer, se había visto obligado a viajar, cosa que no encajaba con su amada rutina, hacia el sur, en especial, la jefatura de policía le había endosado el extraño suceso de Beachy Head. La teoría que manejaba la policía era la siguiente. Una famosa teleserie emitida dias atrás había dado ciertas ideas a sus espectadores, de como asesinar a alguien y que pareciese un accidente. Claramente, no podía ser la misma persona, la que cometiese tantos crímenes, pero era fácil adivinar porque los imitadores habían seguido al pie de la letra unos pasos para no dejar pistas tan similares entre si. La mayoría de los casos, no requería gran esfuerzo, pues las victimas solían ser identificables, y la propia gente del entorno decía quienes se llevaban mal con los asesinados, y todo iba sobre ruedas. Pero en Beachy Head había sucedido algo diferente, por eso se había considerado “el extraño suceso de Beachy Head” en los periódicos. El farero, un anciano solitario, asocial y ermitaño había sido la víctima que había caido por el acantilado. La hora de la muerte descubierta por los forenses, le colocaba cayendo a la pedregosa zona llena de afiladas piedras horas antes de que fuese visto un apagón de luz en el faro. Ahí radicaba el problema. Nadie tenía acceso al faro, ni sabía cuando mover el faro, ni los botones a pulsar ni nada, y sin embargo el asesino había ido a trabajar por el difunto para no levantar sospechas. El inspector Spencer sudaba la gota gorda, asqueado del olor a sal en el ambiente, y un poco nervioso debido a su miedo a las alturas. El acantilado de Beachy Head, era la última de las siete montañas conocidas como “Seven Sisters”, y el cuerpo del farero había sido el más difícil de recuperar, por lo que a pesar de la tardanza de la jefatura en delegar el caso y haber tenido que viajar el inspector durante más de hora y media en coche, cuando llegó le dió la bienvenida un tufillo a carne putrefacta que aún permanecía en el ambiente.

Los curiosos habitantes de Eastbourne, la población más cercana al faro de Beachy Head observaban desde detrás de la cinta policial como el inspector Spencer, en un profundo intento de no quedar mal daba vueltas y buscaba indicios de algo que sólo estaba en su cabeza en la zona de alrededor, después de que todos los policías, forenses y demás agentes de la ley hubieran atravesado la zona sin ningún miramiento.

John Spencer paró de rebuscar entre el musgo de los árboles cuando una inquietante idea se le pasó por la mente. Así que avisó por walkie talkie a los efectivos que habían subido al faro, para que informasen de si aquello estaba limpio, o a ser posible si se podía entreveer que había sido recién limpiado. Los agentes aprendices destinados al caso extrañados admitieron la sensación de limpieza en la zona privada.

John Spencer, levantó el plastico negro que cubría al farero y se sonrió. El crimen estaba resuelto.Podía volver a casa!

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Si quereis saber la hipótesis de John Spencer, pedidlo en los comentarios… Si por el contrario preferís que no tenga final y quedaros con el misterio decidlo también! jajaja

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Rehén

Publicado por Florencia en Martes, 28 octubre, 2008

¿Me podría decir la hora?- me dice, en un susurro el hombrecito de los ojos redondos. Apenas mueve los labios, sin dejar de mirar hacia la puerta, cuidando no ser visto. Le respondo-también en un susurro, tampoco yo quiero ser visto- que no llevo reloj. El hombrecito me mira un poco desilusionado, e intenta la misma pregunta con la mujer que está sentada junto a mí. Me pregunto de qué servirá saber la hora en estas circunstancias. Qué más da si son las ocho, las nueve o las diez (yo diría que son las nueve y media) si nuestro tiempo ya no nos pertenece (aunque nunca nos haya pertenecido realmente), sino que depende de lo que estos hombres dispongan.

-Nueve y veinticinco- responde la mujer. El hombrecito respira satisfecho.

A esta hora ya tendría que haberme encontrado con Martina para terminar el práctico. Si vio los noticieros de seguro estaré disculpado. Claro que no tiene por qué saber que yo estoy acá. Ni yo mismo esperaba estarlo. Además Martina no mira noticieros. Me lo dijo una vez. No sé qué historia con la manipulación de los medios masivos. No estaba prestándole atención, a decir verdad. Por momentos su verborragia me agobia. Seguro se va a enojar. Odia la impuntualidad. Cuando salga lo primero que voy a hacer es ir a buscarla para aclarar las cosas. Si salgo de acá, claro está. Aunque no veo por qué no habría de salir. Vienen soltando rehenes en intervalos de media hora. De los casi treinta que éramos al principio, sólo quedamos cuatro.

El bebé está puchereando otra vez. Su joven madre trata de tranquilizarlo, pero el llanto se desata impetuosamente. Llora largos minutos hasta anegarse en sus lágrimas. La joven está visiblemente nerviosa. Supongo que teme, como yo, como todos creo, que el llanto incesante impaciente a los ladrones. De hecho, a mí me impacienta. Escupe el chupete. No hay forma de calmarlo.

El “jefe” interrumpe la negociación con la policía por un minuto. Desenfunda el revolver y se acerca a la madre. Ella solloza. El bebé no deja de llorar. Apoya el arma sobre su cabeza. La joven cierra los ojos. Madre e hijo son ahora un mar de lágrimas.

-Levantate- la joven obedece inmediatamente- Te vas. Vos y el pendejo. Dale. Dejá de llorar-la arrastra de un brazo hasta la salida.

Quedamos tres. No estoy nervioso. No sé por qué, pero me siento tranquilo. Creo que porque presiento que ya queda poco para que todo esto termine.

……..

Han transcurrido unos minutos infinitos desde que mamá e hijo se fueron. El hombrecito preguntó la hora por lo menos cinco veces más. Es el gerente, me dijo. Y está asustado.

Parece que el asunto se complica- murmura la mujer a mi lado. La miro. No me mira. No mira a nadie. Tiene los ojos puestos en un punto cualquiera, en el horizonte. En sus manos tiene una factura de algún servicio, que está cortando en pedacitos, muy pequeños, con sus dedos. Lo estuvo haciendo por horas, muy lentamente. Hay un montón de ellos sobre su falda. El hombrecito la mira con horror por lo que ha dicho. Una gota gorda de sudor que nace en la sien derecha recorre su rostro desencajado.

Desde donde estamos no se puede oír lo que dicen nuestros captores, ni lo que acuerdan con la policía. Están alterados. Especialmente el “jefe”. Pareciera que algo salió mal. Se toma la cabeza con ambas manos y profiere un insulto a uno de sus cómplices, al que se refieren como “el Negro”. El tercer hombre, bajo y regordete, que se apoda Cucho camina hacia nosotros. Atrás vienen los otros dos. Nos vamos con ellos, nos dice. Nos usarán de escudo humano, así que “a no hacerse los vivos” y colaborar, si queremos salir con vida de esto. El hombrecito, me doy cuenta, está muy perturbado.

- Vos venís conmigo- le dice “el jefe”, tomándolo bruscamente del brazo.

A punta de pistola nos paramos para irnos. Vamos a salir por la puerta principal. Hay un Renault esperando afuera listo para salir. Atravieso el salón caminando con un arma apoyada en mi espalda. En la misma situación está la mujer de los papelitos. Tres metros más adelante va “el jefe” llevando a empujones al hombrecito.

Pienso que si Martina estuviera en mi lugar seguramente estaría histérica. Sí, muy histérica. Porque hay dos cosas en que nadie puede ganarle, su histeria y su soberbia, esa que la hace regodearse cada vez que saca diez frente a nosotros, pobres y mediocres seres. Cómo me irrita esa mujer. Tengo que dejar de pensar en ella.

A dos metros de la puerta, que no permite ver el exterior porque los ladrones se han encargado de cubrirla, en una maniobra imbécil el gerente intenta sacarle el arma al jefe, a quien toma desprevenido. Casi lo logra. Una bala proveniente del arma del Negro le destroza la cabeza. Su sangre me salpica el rostro. Ahora sí tengo miedo. Pánico. Maldigo el impulso de responsabilidad que me hizo venir a pagar las expensas antes de que vencieran. Observo el cuerpo inerte del hombrecito. Siento náuseas. Se me aflojan las piernas. Creo que voy a desmayarme. La mujer rompe a llorar convulsivamente.

El jefe mira al Negro con odio. Sólo atina a decir “Mierda”. Desde afuera escucho por primera vez la voz del negociador. Se escuchó el disparo, dice. Si no salimos ya, van a entrar. Pasamos junto al cadáver del hombrecito. Cucho me arrastra porque mis piernas no me responden.

El jefe nos espera en la entrada. Su secuaz me empuja hacia él y éste me toma el cuello con su brazo por atrás. Apoya su arma en mi sien. “No intentes nada estúpido porque vas a terminar como aquél” me dice al oído. Yo no pienso en moverme. No pienso en nada. Salimos. Lo primero que veo es una veintena de policías apostados detrás de los patrulleros, todos apuntando hacia nosotros. Atrás salen el Negro con la mujer de escudo, y Cucho desarmado, con los brazos en alto.

-¿Dónde está el otro rehén?-pregunta el negociador.

-Ahora nos van a dejar ir-dice el jefe-Nos subimos al auto y nos vamos o estos dos son boleta.

-¿Qué pasó con el otro re…?-insiste el negociador, pero no puede terminar la frase: uno de los policías le ha disparado a Cucho, que cae sentado rompiendo la puerta de vidrio. El jefe y yo nos damos vuelta. Lo veo. Está sangrando por la boca. Tiembla un instante y cae fulminado.

“Hijos de puta” escucho decir al jefe. La mano que porta el arma tiembla ligeramente. “Yo les dije…” dice y le sigue un estruendo ensordecedor.

Dios, ojalá le hubiera dicho a Martina lo mucho que me gusta…

 

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