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Si crees que tu relato no encaja con ninguno de los géneros de Sopa de Relatos.

Rutina

Publicado por zadel88 en Lunes, 11 abril, 2011

Por suerte la vida siempre trae cambios, sería muy aburrida si las rutinas no tuvieran, al menos, la oportunidad de ser alteradas.

¿Me hago entender?

Un ejemplo: Supongamos que cada día de tu vida, desde que tienes memoria, te has levantado a las 5:00 A.M. y te has ido a dormir a las 9:00 P.M. situación que se ha repetido durante… digamos… 20 años.

¿Qué pasa si un día cualquiera, alguien te invita a algún evento cualquiera, que hace que llegues a casa a media noche? Al seguir tu rutina de antes de dormir, te acuestas a las 12:30.

Los ritmos de sueño se alteran, pues estás acostumbrado a tener 8 horas de sueño. En ese día te levantarás 5 horas más tarde… ¿Se ha arruinado tu día?

Me permito responder: No

Lo único que pasa es que la rutina ha variado por un corto periodo de tiempo, un pequeño placer, una pequeña consecuencia. Siempre se puede volver a la rutina. Lo acostumbrado. Lo común y lo general.

Sin esas pequeñas alteraciones en la vida, todo sería aburrido, monótono, incluso depresivo.

Claro que hay otro tipo de alteraciones que traen nuevas costumbres permanentes.

¿Ejemplo? Simple: Amor, noviazgo, matrimonio…

El ser humano, es un animal de costumbres.

¿A qué voy con todo esto?… La verdad es que no lo sé. Solo estoy desvariando un poco, haciendo algo de filosofía básica. Transcribiendo algunos de mis pensamientos sin razón aparente.

La rutina y la costumbre son armas muy peligrosas, que usamos contra nosotros mismos sin darnos cuenta. Yo me he acostumbrado a… “ella”… Y eso crea una reacción en cadena de pensamientos que aún no termino de ordenar (ni que decir comprender)…

He dicho lo que debía decir hoy…

Quizás hablaré más en otro momento.

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Poca Altura

Publicado por onanistaenamorada en Martes, 8 marzo, 2011

No sé cuántos años tenía. Es uno de esos recuerdos tan lejanos que no se saben situar en el tiempo. Tan lejano que sólo tengo unos fotogramas impresos y unas sensaciones grabadas. Estaba en el cuarto de baño…

Mi madre está sentada en el váter, y empieza a vomitar. Yo estoy enfrente suya y me retiro asustada. No para de vomitar. Está borracha, y el cuarto de baño se inunda de un fuerte hedor a jugos gástricos con cerveza. El suelo se llena de ese asqueroso líquido. Quiero salir de allí. Voy a la puerta. Pero el pestillo está echado, y mis manos no llegan a él, aún poniéndome de puntillas. Mis abuelos hablan al otro lado. Creo que estoy llorando. Les digo qué pasa. No llego al pestillo, y no hay nada donde pueda subirme para ayudarme. Mi madre se ha caído, y sigue vomitando. Estoy asustada. El olor me resulta repulsivo y me tapo la nariz, intento aguantar la respiración. Mi abuelo golpea la puerta. Escucho los lloros y gritos de mi abuela. Escucho las arcadas de mi madre, y el acuoso ruido que produce el vómito al llegar al suelo, pero yo sólo miro la puerta, la salida. Creo que mis pies se han manchado. Escucho golpes. Más fuertes. Mi abuelo está rompiendo la puerta. Comienzo a ver que la madera va cediendo. Golpe a golpe. Mi abuelo rompe un trocito, y luego otro. Ya casi puedo ver el otro lado. Otro golpe, y aparecen los dedos de mi abuelo por un agujero. Los dedos mueven el pestillo y se abre la puerta. Salgo. Respiro.

No hay más. No sé si mi madre estuvo vomitando mucho rato después de eso. No sé con qué rompió mi abuelo la puerta, ni si después me tocaba ir a un cumpleaños. No sé si aquella experiencia duró dos minutos o veinte. En mi cabeza de niña duró demasiado.

Luego, cuando fui más mayor, miraba los bultos y rarezas de la madera, o las tocaba, y sabía que aquello había sido real, que no había sido una pesadilla. Habían arreglado la puerta, pero aquella zona quedó con imperfecciones. Una parte del pestillo había desaparecido, y la otra, la destinada a moverse, había sido inmovilizada con el paso del tiempo a base de capas de pintura.

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Solo así se crean nuevos que pueden ser mejores.

Publicado por law07 en Viernes, 25 febrero, 2011

Plink ,

Plink.

Otra gota más cae bajo esta ventana,

¿Por que escucho este ruido tan indetectable ante el oído humano?

¿Será por que de tanto pensar en las pequeñas cosas de la vida que he podido disfrutar, se ha convertido mi oído más sensible?

O mejor será por que de tanto intentar no pensar en todo lo que usualmente dejamos pasar, en los miles de momento sin ruido, sin memoria, en silencio, sin opinión y sin vida, me ha convertido en algo tan vacio donde los sonidos hacen eco al no encontrar ningún objeto con que chocar.

Huy!! Sin darme cuenta he sabido algo, en medio de todo no siempre el espacio más  desolado, resulta ser  el más vacio.

Tal vez el saber que soy capaz de dar más de mí, me hace pensar de forma impredecible dando respuestas a lo que a mi feroz mente hambrienta se le ocurre preguntar…

¿Pero es acaso que tanta soledad, arruina tu mente lo suficiente para sentir que no eres nadie, que has acabo con lo poco que eras en el pasado, será así como se siente aquel que nunca encuentra lo que espera por mas que se esfuerza?…

Por ahora solo queda esperar, porque nunca todo está dicho, ni nada esta descubierto en  su totalidad, será mejor enfrentar que así es el mundo en que vivimos, así es la vida, así se destruyen los sueños, y solo así se crean nuevos que pueden ser mejores.

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Exorcismo

Publicado por onanistaenamorada en Jueves, 10 febrero, 2011

¿Cómo lo hago? ¿Me lo explicas tú? ¿Me dices cómo me olvido de nuestros secretos y de tus ojos? Por favor. Pórtate bien, y dime cuánto tiempo durará esta nostálgica ruina, esta ruinosa nostalgia que siento al recordar tu piel. Vamos, valiente, ¿me dices cuántas noches tengo que soñar contigo, cuántas lágrimas tienen que caérseme sin permiso? Dime qué hago para no pensar en ti. Te estoy desafiando.

¿Puedes? ¿Puedes darme el remedio a tu desamor? ¿Me dices cómo te olvido?… Porque deberías decírmelo tú. Justamente tú, que me metiste en este berenjenal. Deberías sacarme. Tú, que te encargastes de protagonizar tantas escenas inolvidables. Deberías explicarme cómo te olvido.

Dime algún conjuro para olvidarte, uno de esos que grita Willow, con una rima apropiada, de los que te gustan, o una regla de tres de esas que te gustan casi más, o dame las piezas con el dibujo del puzzle, de esos que también te gustan,… Dime la ecuación de los algoritmos. Dime los movimientos que tengo que hacer en el cubo de rubik. Dime las reglas del juego, las normas, o mis derechos, o el valor secreto de la “s” en el problema, por poner una que no sea la “x” . “S” de senda, de sexo y de sentimiento, por ejemplo. Dime dónde está el botón que al ser pulsado me dotará de la amnesia selectiva necesaria para eliminar tus sonrientes promesas de mi memoria. Dime cuál es esa sobrenatural palabra que si pronuncio tres veces con los ojos cerrados derribará tu monumento. Dame el secreto. Dame ya la pócima de meiga o las instrucciones de uso, si es que las tienes. Dame ya el secreto para olvidarte, si es que existe alguno.

Vamos, sé tan bondadoso como crees ser, y dame ya el poder para olvidarte. Para no pensar en ti cada ocho minutos, para que no se me encoja el corazón todos los minutos novenos, para que no me escuezan los ojos cada diez minutos, seis veces en una hora, y para no sentir que una hora contiene un par de días, y para no creer que los días sin ti son tristes y absurdos, y para no recordar que tu abrazo elimina toda mi tristeza…

Dame la ciencia diabólica y alquimista que debes dominar para controlar al amor, esa teoría escrita con sangre y pluma en un papel amarillento que deberías tener guardado en la trampilla oculta dentro de la chimenea, la declaración de independencia que no me concedes,… Vamos, saca ese as de la manga o el sombrero, tú que me miras condescendiente a veces, y otras veces compasivo, y otras tan arrogante… No te creas tan listo, o dame el resultado de mi problema. Dime el secreto. Confíame las últimas palabras del profeta que iba vestido de bufón, las que susurró en tu oído mientras expiraba, las que se precisan junto al plateado amuleto con forma de serpiente que su mano, inerte, dejó a la vista,… ese amuleto que puesto en la cuarta piedra negra de los escalones del laberinto, el antepenúltimo día del quinto mes, ilumina el pasadizo que me lleva a tu olvido.

Venga, saca la carta que tienes escondida, creo que la he visto desde aquí… No te hagas el remolón, y suéltalo de una vez. Dime el secreto, desvélame el misterio, cuéntame ya el truco: la solución para olvidarte. Revélame los procedimientos del pagano ritual que debo hacer en el bosque. Ese donde tengo que estar desnuda gritando tu nombre mientras la lluvia resbala por mi piel para devolver tus añoradas caricias a la tierra. Apenas necesito que me concretes unos detalles, y me digas, sobre todo, el lugar exacto donde debo hacerlo. Dímelo. Dame de una vez la daga con los símbolos sagrados, esos que son números Pi, y ochos volcados que también podrían ser esposas, y los esquemáticos dibujos de unos tacones, y la constante repetición de dos círculos concéntricos,… los símbolos que atravesarían mi pecho sin dañarlo, que restaurarían su alegría sin recuerdos, que me vaciarían de la necesidad de tu calor. Vamos, dame la daga para curarme y matar lo que fuimos, o ponme tres pruebas de fe que determinen mi valía para obtener el Santo Grial.

Dime cómo encuentro la tranquilidad en tanta angustia. Deberías saber cómo resolver mi pena. Tú, tan consciente cuando quieres hacerte notar, deberías saber cómo pasar desapercibido. Así que dime cómo te olvido. Debes tener la respuesta. Deberías tenerla tú, que con tanta ironía tratas mi fidelidad y mi pasión,… tú, que presumes y sonríes cuando desprecias la grandeza del amor,… Deberías decirme qué hay que hacer para no pensar en ti, para no relacionarte con las cosas de forma innata, para no despertarme con el eco de tu voz. Deberías contarme el método que tienes para borrar a una persona de tus deseos y tus recuerdos. Vamos, di una frase en latín y expulsa al enamorado demonio de mi cuerpo. Haz una teletransportación y vete lejos de mi cerebro. Deberías saber hacerlo. Tú, que tan rápido parece que superas las cosas. Tú, que puedes leer la poesía más ardiente o desesperada sin pararte a tragar saliva.

Suelta la lengua, alza las manos, abre la caja de Pandora, levanta la manta, aparta el dado trucado, enséñame la habitación prohibida, muéstrame el atajo entre las zarzas, mírame a los ojos, confíame el secreto, y dime la respuesta al enigma de cómo te olvido. Venga, listo… dime cómo te olvido. Dame la fórmula milenaria, o la fuerza sobrenatural para no pensarte, o concédeme el milagro del retroceso en el tiempo para rechazarte, o regálame unas gafas futuristas que sepan nublar mi visión para no verte, ni siquiera con los ojos cerrados. Vamos, valiente, échame un polvo mágico que me haga despedirme de tu cuerpo.

Por supuesto, tienes que hacerlo. No puedes esperar que te olvide si no me practicas algún tipo de exorcismo.

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¿Qué más te puede pasar?

Publicado por acubo en Sábado, 5 febrero, 2011

Óvulo y espermatozoide.
Cigoto.
Mórula.
Blástula.
Células.
Tejidos.
Órganos.
Tú.
Naces.
Sobrevives.
Hablas y caminas.
Te caes, te lastimas.
Mamá está ahí detrás.
Lloras y ella te rescata.
Te sientes protegido.
Llegas a un sitio donde ella no está para protegerte.
Y papá tampoco.
Es raro, pero te adaptas. Siempre te adaptas.
Conoces seres que, como tú, están allí sin papá y sin mamá.
Si al principio lloras para que, como siempre, mamá venga, luego no lo haces.
Si ellos aguantan, tu también.
Pasan los años y pronto el Sr. Pérez te hace constantes visitas.
Sigues cayendo, pero mamá ya no te hace tanto caso.
Te dicen: ¡Levántate!
Y asi, poco a poco, vas aprendiendo.
Eliges sin pensar.
Eliges amigos.
Eliges gente que te acompañará en tu vida un año o dos.
Eliges gente que estará ahí siempre.
Eliges qué hacer con el tiempo libre que te sobra, sin saber que nunca más te sobrará tiempo libre. Nunca.
Cambias los juguetes por libros, y las diez por las doce, o una.
Cambias de estilo, de música, de vida.
Te defines. Esto sí, aquello no, lo otro no me gusta, esto sí se me da bien.
Sigues eligiendo sin darte cuenta. La eterna alternativa.
Eliges un futuro.
E intentas lograrlo. Eso sí, sin saber si has acertado o no, sin saber si es la decisión correcta. Como siempre.
Y… ¿qué más te puede pasar?

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El error iluminado

Publicado por onanistaenamorada en Martes, 1 febrero, 2011

Amanece. El cielo pierde su misterio detrás de los edificios, allá por el este de la ciudad. La luz borra las sombras y hasta las dudas. Alumbra o abrasa la conciencia.

Isabel corrige su postura y se gira hacia el oeste para seguir contemplando la noche. Pero sabe que no es así. La noche ha terminado. Sabe que ya ha salido el sol y no está en llamas. No es un vampiro que pueda ocultarse hasta la noche siguiente. No puede exculparse aludiendo a su terrible naturaleza. Sabe que ha llegado el sol dominguero con la rutina en una fiambrera. Aún así, está dispuesta a engañarse unos minutos más, mientras el cielo pueda parecer nocturno.

–¿Qué hora es? — pregunta cuando el día termina de hacerse evidente.

–Las siete — dice el hombre que está sentado junto a ella, sobre la arena de la playa.

–Me voy.

Isabel se levanta y se sacude el polvo de los pantalones, maldiciendo en voz baja las playas artificiales.

–¿Qué? — pregunta el hombre, que también se ha levantado.

–Nada. No estoy hablando contigo — le contesta ella con tono tajante.

El hombre la mira perplejo un segundo, y luego su sorpresa se convierte en rabia. Para entonces, Isabel ya ha recogido su bolso y se ha alejado un par de metros. Él la llama, y, al no obtener respuesta –ni siquiera una mirada atrás, no le des ni eso, piensa ella– echa a correr para alcanzarla. La agarra del brazo y consigue detenerla. Ella se ha girado, y lo mira expectante.

Quizás este puede hacer algo distinto, piensa. Quizás este se descubre como el definitivo. Quizás ella puede descubrir en él lo que está buscando. Quizás este decide despedirla con un chiste que la haga estar riendo varios días. Quizás este, de pronto, se quita el pelo, porque resulta que es calvo y lleva un peluquín, y se enfrenta a ella sin ningún disfraz. Quizás este saca una pistola del bolsillo y le apunta a la frente, diciéndole que no va a abandonarlo, que si no es de él no será de nadie. O a lo mejor saca una pistola y se apunta a su propia sien, pidiéndole que no lo abandone, que no puede vivir sin ella. Quizás este hombre puede hacer algo que la sorprenda. Quizás es este el hombre que va a cambiar su vida. Pero sabe que no es así.

La noche ha terminado, y el día se presenta tan desalentador como todos los demás. Sabe que este hombre no es el definitivo. No. No puede serlo. No con esa camisa de rayas azules y esos ojos tan apagados, desde luego. Es tan triste que no tiene ni un solo lunar en la cara. Isabel está a punto de echarse a reír. Consigue contenerse, más por compasión que por respeto.

–¿Qué te pasa?

La pregunta es tan antigua y tan constante que Isabel está a punto de echarse a llorar. Consigue contenerse, más por orgullo que por timidez.

–Si lo supiera, no estaría aquí — dice esbozando una fugaz sonrisa. — Estaría en Estocolmo, o en Cuenca, o en Copiapó, o en cualquier otro sitio. Con cualquier otro hombre.

Un golpe bajo, sin duda. Ella lo sabe y se prepara. Pero no sucede nada. El hombre –su nombre… ¿cómo se llamaba?– la contempla atónito y resignado. Entonces Isabel comprende por qué se fijó en él: debió confundir su ignorancia con inocencia, y la cara que pone de estúpido redomado con la de niño incrédulo.

–Mira, he tenido una noche muy mala. Me voy a casa — se molesta en explicar Isabel.

Se desprende de la mano que todavía la sujeta, se gira y prosigue su camino. Atrás quedan un par de ojos que la persiguen hasta que desaparece detrás de una palmera.

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Dos veces. (2)

Publicado por onanistaenamorada en Domingo, 30 enero, 2011

No tengo detalles. Me esfuerzo. Intento recordar cuánto tiempo estuve en el agua. Intento recordar cómo salimos. Pero no recuerdo nada. Tengo la impresión de librarme de él y poder llegar a las rocas. No recuerdo si mi madre me ayudó a salir. No recuerdo cómo consiguió salir Patricio, si alguien se lanzó a buscarlo o él solito se acercó a las piedras y lo ayudaron a subir. No recuerdo más.

Luego me enteré de que Patricio no sabía nadar (no era necesario que me lo jurase). Quizás me lo dijo mi madre, otra persona, o el mismo Patricio. Yo estaba enfadada, asustada y triste. Y no podía evitarlo. Demasiados segundos debajo del agua me habían endurecido. Me había visto morir. Hubo un momento decisivo en que mis pulmones dejaron de respirar, y mi cerebro empezó a decir adiós… es una las sensaciones más fuertes que he tenido en toda mi vida.

Cambiamos de playa. Buscaron una con arena y olas más suaves. Recuerdo estar en otra playa. Amplia, de arena, con mucha más gente, con el agua más turbia y sucia. Con olas que también eran grandes y fuertes. Recuerdo bañarme. Recuerdo estar en la orilla y ser engullida por una ola, arrastrada por la tierra del fondo, intentar salir, asomar media cabeza, sentirme otra vez arrastrada al fondo, tragar agua, sentirme presa del miedo y la naturaleza. Recuerdo estar segura de que ese iba a ser el día de mi muerte, que el mar me la tenía jurada. Pero no lo fue.

Unas olas de un metro no eran nada comparadas a un hombre adulto tirando del cuerpo de una niña de siete años. Sabía nadar, mi cabeza salió a la superficie, me moví al compás de las olas… respiré. Retomé el control sobre mi cuerpo.

Salí del agua y me dirigí a mi toalla. Recuerdo decirle a mi madre que había estado a punto de ahogarme (“otra vez, me iba a ahogar otra vez, la segunda en el mismo día, y la primera vez ha sido culpa de tu novio… y ahora podría haberme ahogado y no te habrías dado ni cuenta”) y que ella no le dio importancia. Recuerdo tumbarme y secarme al sol, con los ojos cerrados, pensando que podía estar muerta.

Pensando lo fácil que era morirse. Lo fácil que era morir asesinado. Lo fácil que era matar; lo fácil que era morir. Recuerdo que bajo aquella realidad, cruel y eterna de mortalidad, de todo tipo de homicidios, afloraba otra realidad independiente y solitaria, rezagada y compungida: el abandono de mi madre. El abandono de mi madre que solía estar en todas partes, siempre tan evidente como aquel día.

Luego, quizás a los varios días, o a las semanas, o con doce años, recordando el incidente, me pregunté por qué a nadie se le ocurrió lanzarse al agua. Más que eso, me pregunté cómo mi madre, al verme luchar con las olas y con un hombre sufriendo una crisis, no se lanzó al agua a rescatarme. Y me pregunté por qué cuando las olas me atraparon, por segunda vez, no estaba atenta y no vino a socorrerme a la orilla, por qué mi madre no me consoló cuando le conté jadeante y asustada que las olas me habían cogido y había estado a punto de ahogarme…

Supongo que mi madre estaría pensando en sus cosas.

(2011)

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Dos veces. (1)

Publicado por onanistaenamorada en Domingo, 30 enero, 2011

Un día de verano supe que iba morirme. Sé que suena raro. Bueno, no, suena corriente. Muy corriente; todos nos morimos. Yo me refiero a la primera vez que fui consecuente con la idea, que asimilé la fugacidad de la vida, que comprendí lo imprevisible y rápido que puede ser morirse. Y, todavía peor, lo fácil que es morir solo. Lo fácil que es que te maten.

No sé qué edad tendría. Puede que seis, puede que ocho. En aquel tiempo mi madre tenía un novio, uno de tantos. Se llamaba Patricio, y a mí aquello me parecía una desgracia. Es un nombre horrible. Eso pensaba y eso sigo pensando. Dado que mi relación con Patricio no fue muy satisfactoria, y dado que no he vuelto a conocer a otro Patricio, sigo pensando que es un nombre horrible. Sin querer, pienso que alguien llamado así tiene que ser atractivo a la vez que un asesino de niños en potencia. Nada me ha hecho cambiar de idea. Si escucho Patricio sólo puedo acordarme del día que creí que iba a morir. Dos veces.

Una intenta acordarse de los detalles. Una intenta alargar la historia con reseñas y descripciones que la ayuden a ser entendida. Pero es difícil. Mi niñez la tengo borrosa. Es una película independiente a la que le faltan fotogramas, algunos sueltos y otros tan seguidos que hay que improvisar o inventar minutos. La infancia, lo mismo que la pubertad, que la adolescencia y la juventud que ahora estoy viviendo (y matando), está desdibujada por el tiempo, está turbia en la imperfección de mi memoria. Una intenta acordarse de los detalles. Intento, por ejemplo, recordar cuántas personas estaban conmigo, y quiénes eran. Intento recordar qué ropa llevaba, o en qué coche fuimos. Intento recordar algo que no sea esa sensación antigua y visceral, ese miedo impotente y líquido. Una intenta rescatar algo perdido del naufragio, pero siempre encuentra lo mismo.

Recuerdo que iba a la playa con mi madre y con su novio Patricio. Recuerdo que Patricio no me caía bien, que no me convencía, quizás sólo porque sus padres le habían puesto ese nombre que a mí no me gustaba. No recuerdo su cara, pero tengo la vaga impresión de que me parecía bastante guapo. El más guapo de todos los novios que había tenido mi madre. Eso seguro. Era más joven que ella. También recuerdo eso, y que su pelo era negro y rizado. Recuerdo que fuimos a una playa. Una que está en el campo, llena de rocas, con un castillo que cuenta la leyenda de un pirata sin nariz.

Era verano. Hacía calor. Pero el viento era fuerte, las olas eran salvajes. Recuerdo estar en las piedras, en una cala formada por alcantilados. Y la brisa marina no era agradable, era un aire despeinándote, era una fuerza que sólo disfrutaban las gaviotas, que empujaba a las olas, estrellándolas con las rocas, salpicando y estallando.

Una intenta recordar los detalles. Pero los detalles no existen en la lejanía del tiempo ni en las situaciones confusas y veloces. Las cosas suceden. Y si no tienes cinco cámaras grabando desde cinco puntos distintos o diez testigos observadores y sinceros, olvídate de los detalles; se alejarán viajando en una medusa o se derretirán cuando suba la marea.

Los detalles se evaporan o se manipulan. Quisiera recordar más de aquello, pero sólo recuerdo la angustia, el terror… Recuerdo estar sentada en una roca con mis pies colgando hacia el mar. La sensación del frío a causa del viento húmedo, a pesar de los rayos de sol que me calentaban. Mis pies, o mis piernas, se mojaban con el vaivén de las olas. Y a mi izquierda, en otra sección de roca, estaba Patricio, de pie. Quisiera poder explicarme bien, expresarlo mejor… pero sólo tengo unas imágenes bruscas, unos detalles falsificados…

Estaba sentada en la piedra, tranquila, feliz, quizás buscando cangrejos en las grietas sumergidas, o sirenas en las profundidades, cuando me sorprendió un ruido y me salpicaron unas gotas: Patricio había caído al agua. Una ola lo alejó medio metro, luego lo acercó a las rocas. Patricio tiró de mi pie y caí al agua. Me arañé el culo en la bajada. El oleaje era fuerte, nos movía a su antojo, y yo intentaba agarrarme a alguna piedra, intentaba que las olas no me hicieran papilla con algún malvado saliente. Patricio se agarraba a mí. Se hundía y me hundía con él. Manteniéndome sumergida, manteniéndose a flote. Me hacía tragar agua. Conseguía sacar la cabeza a la superficie y coger una bocanada de aire para ver sus manos buscándome y hundiéndome de nuevo…

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El Parto.

Publicado por onanistaenamorada en Jueves, 27 enero, 2011

Resulta que esta noche estoy sola en casa.

Mi gata se ha puesto de parto, ha manchado una manta de un líquido, ha tenido algunas contracciones, se la lavado mucho sus partes, ha maullado un poco, ha buscado mi cariño, me ha estado molestando un par de horas y luego se ma metido bajo otra manta a dormir. No quiero despertarla ni cambiarla de sitio. Creo que es mejor que tenga a sus crías donde quiera. No sé de dónde me viene esta creencia; quizás porque el primer parto que presencié fue el de la gata de mi tía en un armario. He intentado que mi gata se quede en su manta de lana preferida, frente a la estufa, pero se negaba. Tenía que estar en la cama, cerca mía. Le he rascado las orejas y me ha mirado dando un maullido que sonaba a pregunta. Le he hablado y le he dicho cosas inconexas, como “el biscote, oi, oi, oi” y “no me mires así que yo no te he dejado embarazada”, y también le he dicho al oído “estáte tranquila, yo estoy contigo”. Ella ronroneaba y cerraba los ojos.

Ahora mi gata duerme y yo no puedo dormir. Siento que voy a ser abuela, padre o tutor de nuevas vidas. Pienso que mi gata ya debería haber parido. Las gatas paren en un momento, empiezan y ya no paran. Yo he visto a gatas teniendo tres y a otras teniendo seis. La primera que vi, la del armario, parió once.

Yo no puedo dormir y estoy sola en casa. Eso es peor porque me siento más a gusto. Se me quita más el sueño. Así que veo en la tele programas absurdos mientras hago punto. Me fumo un par de porros. ¿Un par? Bueno, no… creo que llevo cinco. Leo chorradas que me hacen reír en internet. Me como un yogur. Cojo uno de los cuatro o cinco libros que tengo empezados en la estantería que hay sobre mi cabeza, leo un par de páginas, me aburro y lo dejo.

Cojo otro y sucede lo mismo. ¿Dónde están las historias de depravados y de payasos que necesito? ¿Dónde los maestros de la sinceridad, los alumnos de la inocencia? Desisto de los libros por hoy. O de los que tengo empezados. Ahora me apetece, si acaso, poesía. Pero sólo se me ocurre recitar alguna antigua y famosa de desamor o suicidio, y eso me parece muy triste.

Escribo algún comentario por Tuenti. Veo vídeos de gatas pariendo en Youtube. Me como otro yogur. Luego, en una página de películas para adultos, después de mucho tiempo sin recurrir a algo así, me masturbo. Cuando he ido a salir de la página, me ha asaltado una escena de dos mujeres besándose. He ido al enlace, ¿por qué no?, se supone que es lo que me gusta. Se supone que desde un principio debería haber ido allí. Pero no. Me daba miedo. Sin embargo, luego sí he ido, y he mirado un rato el vídeo. Sin hacer nada. Sólo mirando. Quizás sonriendo. Lo increíble de todo esto es que es la primera vez, en más de quinientos días, que logro mirar pornografía lésbica sin terminar por echarme a llorar. Y me parece un gran logro. Es una buena señal.

Creo que yo, esta noche, también estoy de parto.

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Querer y no poder

Publicado por olvir en Jueves, 27 enero, 2011

Naces con la idea de autosuficiencia entre el primer pensamiento y el segundo. Creces con el valor de tus manos, arañando todos los obstáculos y lapidando aquello que te impide alcanzar tus metas. Gritas contra la nada. Luchas por tu lugar en el mundo. Respiras aún cuando te ahogas en cada aliento. Sales al mundo creyendo que podrás con todo.

Y despiertas una mañana, y la impotencia se ha cebado con tu sentido común. Lo intentas, pero la vida es a veces un misterios sin claves ni pistas. Tu cuerpo no responde, tu mente se bloquea, tus manos tiemblan.

Querer y no poder. Necesitar y no poder. Sentir y no poder. Pensar y pensar y pensar….y no poder.

Cuando el cuerpo no acompaña nuestros pasos, de poco sirve obsesionarse en luchar contra viento y marea, de nada sirve enfrentarse a la evidencia. Cuando el cuerpo no acompaña, solo nos queda la paciencia, coger aire, mantener la perspectiva, y no dejar que la frustración levante muros entre nuestro presente y nuestro futuro inmediato. Porque aunque ahora se vea borroso, está a la vuelta de la esquina.

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Dias

Publicado por olvir en Jueves, 27 enero, 2011

Hay días que despierto como si tuviera un nudo en el estómago. Una angustia que invade mi cuerpo y mis sentidos sin remedio alguno. Como una suma de sensaciones desordenadas y dispersas que se apoderan de uno muy lentamente hasta dejarme inmóvil sobre la cama.

Levantarse supone un esfuerzo sobrehumano, como cargar con kilos y kilos de desesperación y tristeza. Arrastrarse entre las sábanas sin apenas fuerza y tener la sensación de estar derrotados, sometidos a un diágnostico lleno de suposiciones nada favorables que nos hacen sentirnos condenados aún.

Entre los gigantescos silencios de la oscuridad de esta habitación sobrevuelan puñales, voces que sentencian, frases lapidarias que hacen palpitar las paredes y los átomos de cada milímetro de mi piel. Sabores amargos, rugidos de almas y una fuerte sensación de contradicciones repletas de culpas ajenas que nos impiden respirar. Sombras que intentan atraparnos y hacernos sentir completamente insignificantes. Nuestras propias almas gritan desesperadamente tratando de huir muy lejos, en algún vacío donde nada ni nadie pueda alcanzarnos.

Hay días que cuesta luchar contra la nada, esa masa deforme llena de aullidos y risas que tanto le gusta alardear de su gran poder destructivo sobre nuestro sentido común.

Hay días que el desconcierto se apodera de nosotros al no poder distinguir la realidad entre las sombras.

Hay días que resulta imposible borrar la sensación de ser minúsculos, casi transparentes, tan pequeños como par ser invisibles, como para pasar desapercibidos del resto del mundo.

Hay días que uno desea gritar contra todo, sacar el orgullo para decir “¡¡Basta, hasta aquí hemos llegado!!” Y evitar que se abran las puertas de viejos fantasmas que tantas luchas hemos tenido para eliminarlos de nuestras vidas. Pero siguen estando ahí….

Hay días que queremos ser mucho más fuertes y que las circunstancias no nos hieran tanto, que paren de sangrar nuestras heridas y no nos dejen en un mar de dudas…

Hay días en que personas que me importan también lo sufren, lo sienten como propio.

Hay días como hoy que me da rabia ser consciente de que la vida no es justa, ni lo será…

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Juguemos

Publicado por olvir en Jueves, 27 enero, 2011

Juguemos aunque solo sea un rato a cosas divertidas, dejando a un lado la soledad que muchas veces sentimos aunque nos rodeen miles de personas, viviendo de verdad alegría por el momento que estamos pasando, olvidando el pasado que solo existe en nuestra mente y aparcando las preocupaciones futuras que no han llegado.

Dejemos a un lado la rabia de las injusticias sufridas, pues solo consiguen convertirnos en personas tristes y sombras de lo que realmente somos, disfrutemos con instantes pequeños, con personas sencillas y lugares hermosos, aislando la violencia que todo el mundo muestra, pues no hace falta para hacernos respetar a pesar de que hay mucha gente que así lo cree pero no es cierto, no en este juego y no en la realidad.

Juguemos a mirar a las personas por su belleza interior y no tanto por su físico, porque cierto es que debe de existir una química especial pero si le damos el papel principal luego nos quejamos de que falla lo demás, en cambio quien tiene bella el alma, puede hacer surgir la química después y no faltar jamás a su palabra.

Juguemos a dar sin querer recibir, a ser buenos sin recompensa, porque así, quizás encontremos el camino que nos muestre quienes somos de verdad y derrumbemos el muro de nuestros miedos, inseguridades y de esa soledad que tanto daño los hace, pero que todos compartimos.

Juguemos rescatando a esos niños que antaño fuimos, juguemos, juguemos juguemos.

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El señorito.

Publicado por daniloko en Jueves, 6 enero, 2011

- Y tú, ¿qué crees?

- Yo creo que te mueres y punto.

- ¿Y punto?

- Si.

- ¿Y dejas de pensar?

- Si.

- No, eso es imposible.

- Lo que tu digas.

Después de unos minutos de silencio, la chica retoma la conversación.

- A ver, ¿tú alguna vez has dejado la mente en blanco?

- Claro, cuando duermo.

- ¡Claro! Cuando te mueres, es como si soñases todo el tiempo, ¿no?

- Si, ya lo decía .

- ¿Y con qué crees que sueñas cuando te mueres?

- No sé. Yo sólo sé que soñaré contigo todo el rato.

- Ya, claro.

- Si, de hecho he leído un artículo en El País, de un psicologo muy famoso que se llama Tevez, que es argentino. Dice que cuando la palmas sueñas con tu primer amor.

- Si, como si yo fuese tu primer amor. A mi no me la das.

- Como diría Tyler Durden, que para tu información fué el mayor rey del Imperio Ostromano, divide y vencerás.

- ¿Y eso que quiere decir?

- Que estoy enamorado de ti, y que eres muy guapa. La mas guapa

- Seguro que eso se lo dices a todas…

- ¿Sabes quién fué Victoria Beckham IIª?

- No, no me suena, la verdad.

- Pues fue una reina, una reina muy poderosa del siglo XVI. Un día supo que estaba enamorada de su mayordomo. ¿Sabes cómo?

- No.

- Porque se dió cuenta de que no podía chuparse el codo.

- ¿Chuparse el codo? ¡La virgen con las inglesas!

- Si, si.

- ¿Y qué tendrá que ver chuparse el codo con el amor?

- Pues a eso voy, hombre. Cuando una mujer, o una jovencita, está con su media naranja, no consigue chuparse el codo.

- ¿Ah si?

- Pues claro, cualquiera diría que no confias en mi.

Tras unos segundos de silencio, la chica se decide. Al no conseguir lamerse la punta del codo, queda pensativa unos instantes. Finalmente, le planta un beso a David en los morros, y este da gracias a Dios por darle la simple capacidad de engañar a las chicas de pueblo.

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El beso

Publicado por Hageg de Bofilla en Miércoles, 22 diciembre, 2010

*Dedicado a mi primer beso. Esto no entra estrictamente dentro de la categoría de “relato”, espero que a nadie le moleste*

La miré. Me miró.

            El corazón comenzaba rauda su sacudida y todo se volvió muy frío. Las paredes se tornaron pálidas, el suelo presentó un semblante azul polar, el viento paró en seco, los océanos, montes, valles, páramos; todo murió al instante de frío. Sólo permaneció algo de calor y de vida en la tierra. Algo importante iba a suceder.

            En algún recóndito lugar de entre la inmensidad de la naturaleza, en vida una llama se encendió. Avanzamos el uno al otro sigilosamente a la par que con delicadez, para no convertir un momento mágico y duradero en algo fugaz, aunque esa suerte no dependía, ciertamente, de nosotros.

Nuestras cabezas seguían acercándose, estudiando los movimientos del adversario en fracciones de segundo. Comenzaron a ladearse mientras subyacía la mirada impávida y a la vez misteriosa y tierna del instante de antes.

            Seguimos avanzado en el frío abismo.  ¿Porqué había muerto la naturaleza? ¿Cuál era la causa? ¡Cuan caprichoso resulta el destino! Mas por la razón que fuere en nosotros el calor pervivía. Un calor mágico y tierno, inefable, placentero.

            Llegamos al punto de inflexión. La mirada paradigmática se centró en los labios del contrario y dejó a un lado los ojos. Era un juego de cartas. No deseas que descubran que posees la mejor mano para ganar la mayor apuesta posible. Ocultarás tu mano con todas tus fuerzas… hasta que llegue el gran momento. Ella sabía que mi mano era buena, pero se arriesgó con trucos y faroles. Yo preferí la honestidad y confié en la suerte. Cuan equivocado me hallaba. La suerte es la que uno se busca denodadamente.

            Nuestros labios seguían en el punto de mira y, entonces, llegó mi turno. Perdí de vista los labios y ella perdió de vista los míos. Destapamos nuestras cartas a la vez que cerrábamos los ojos y vivíamos el amor, el calor, una sensación… “beso”, sí; creo que es así como lo llaman. Mas no un beso de placer: un beso de amor. Indescriptible, sencillo. Una expresión física de un hecho inmaterial: perfecto.

Su respiración entrecortada, presa del placer, se fusionaba con la mía para conferirnos una nueva forma y convirtiéndonos en un mismo ente. El cosmos entero se volvió más frío aún por un instante para transferir todo el calor y la vida en nuestro cálido beso, o así lo percibíamos. Al acabar, como una violenta explosión un estruendo recorrió el mundo para revivir a la naturaleza tras nuestra catarsis.

Gané, mi mano era la más alta.

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Año Nuevo

Publicado por acubo en Domingo, 19 diciembre, 2010

2009.Pisaba con pies cansados, agotados, exhaustos, cada uno de los adoquines, cada una de las baldosas, y de las piezas de mármol que lo separaban del Año Viejo. Más, si cabe, que aquellas doce uvas apuradas, cuál Conejo Blanco en el mundo de las maravillas, que los pasos de baile entre neones dispuestos a cegar a cualquiera, ansiosos del disfrute, perdidos en la gloria del relax, de la diversión, del descontrol en pequeñas dosis.Mientras pisaba, pensaba. Pensaba qué raro se hacía todo aquéllo, un año más, una fiesta menos. Por alguna extraña razón, se había olvidado del confeti. Lo más extraño, era que el confeti también se hubiera olvidado de él, y no le hiciera una de aquellas llamadas tan carentes de gracia, con sus colores vivos, que dañaban la vista cuando no conseguían provocar una carcajada más.Seguía dándole vueltas a todo aquéllo. ¿Acaso uno de esos decretos estúpidos había prohibido el confeti? Sin duda, la estupidez vendría por la parte en la que al menos el confeti, era capaz de provocar una carcajada en aquella sociedad ensimismada y absolutamente centrada en autodestruírse.No. La respuesta era mucho más obvia. Lo plantearía desde otro punto de vista, dándole un nuevo ángulo.Confeti. Círculos de celulosa, teñidos de colores, y también de claroscuros. Teñidos, a veces, de aburrimiento, de horas de sofá, de ojos rojos, de humo que lo envuelve todo, de vino, de sangre, de sábados, de lunes inacabables, de cafés fríos y sin ganas, de tardes rotas, de sueños contados, de la más absoluta de las certezas, de abismos y puentes caídos, de ciudades apagadas, de prisas y frenos, de odios y muertes.
El confeti siempre había estado ahí.Siempre. Confeti. Pequeñas elucubraciones de algún chalado.Confeti.
La bienvenida del año nuevo. Un Año Nuevo que le hacía pensar en las fiestas.Qué había sido de los muertos, que será de los vivos.Qué rumbos tomarán los barcos que están por construír, y que rumbo tomaron aquellos que naufragaron.Aquel año prometía ser distinto, algo no muy difícil de cumplir.Aquel año prometía ser lo que nunca hubiese querido ser.Aquel año su vida cambiaría para siempre.Su camino tomaría un desvio tras un alto dulce y soleado.Aquel año…Aquel año sería uno de los que recordaría el resto de su vida.Las lágrimas que rodarían por su cara meses mas tarde dejarían lejos la vida de adolescente despreocupado.Y el sol del verano sería el principio de su Año.Todo iría bien. Y nadie se lo cree. Mientras dejaba constancia de que había regresado sano y salvo, se quitó el traje, la corbata y la camisa, y sin más miramientos se metió en cama. Sus pies al fin descansaban.Y el confeti resultaba verdaderamente absurdo ante la negrura de su sueño apartado del mundo.

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