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Historias de la Historia.

Dos veces. (2)

Publicado por onanistaenamorada en Domingo, 30 enero, 2011

No tengo detalles. Me esfuerzo. Intento recordar cuánto tiempo estuve en el agua. Intento recordar cómo salimos. Pero no recuerdo nada. Tengo la impresión de librarme de él y poder llegar a las rocas. No recuerdo si mi madre me ayudó a salir. No recuerdo cómo consiguió salir Patricio, si alguien se lanzó a buscarlo o él solito se acercó a las piedras y lo ayudaron a subir. No recuerdo más.

Luego me enteré de que Patricio no sabía nadar (no era necesario que me lo jurase). Quizás me lo dijo mi madre, otra persona, o el mismo Patricio. Yo estaba enfadada, asustada y triste. Y no podía evitarlo. Demasiados segundos debajo del agua me habían endurecido. Me había visto morir. Hubo un momento decisivo en que mis pulmones dejaron de respirar, y mi cerebro empezó a decir adiós… es una las sensaciones más fuertes que he tenido en toda mi vida.

Cambiamos de playa. Buscaron una con arena y olas más suaves. Recuerdo estar en otra playa. Amplia, de arena, con mucha más gente, con el agua más turbia y sucia. Con olas que también eran grandes y fuertes. Recuerdo bañarme. Recuerdo estar en la orilla y ser engullida por una ola, arrastrada por la tierra del fondo, intentar salir, asomar media cabeza, sentirme otra vez arrastrada al fondo, tragar agua, sentirme presa del miedo y la naturaleza. Recuerdo estar segura de que ese iba a ser el día de mi muerte, que el mar me la tenía jurada. Pero no lo fue.

Unas olas de un metro no eran nada comparadas a un hombre adulto tirando del cuerpo de una niña de siete años. Sabía nadar, mi cabeza salió a la superficie, me moví al compás de las olas… respiré. Retomé el control sobre mi cuerpo.

Salí del agua y me dirigí a mi toalla. Recuerdo decirle a mi madre que había estado a punto de ahogarme (“otra vez, me iba a ahogar otra vez, la segunda en el mismo día, y la primera vez ha sido culpa de tu novio… y ahora podría haberme ahogado y no te habrías dado ni cuenta”) y que ella no le dio importancia. Recuerdo tumbarme y secarme al sol, con los ojos cerrados, pensando que podía estar muerta.

Pensando lo fácil que era morirse. Lo fácil que era morir asesinado. Lo fácil que era matar; lo fácil que era morir. Recuerdo que bajo aquella realidad, cruel y eterna de mortalidad, de todo tipo de homicidios, afloraba otra realidad independiente y solitaria, rezagada y compungida: el abandono de mi madre. El abandono de mi madre que solía estar en todas partes, siempre tan evidente como aquel día.

Luego, quizás a los varios días, o a las semanas, o con doce años, recordando el incidente, me pregunté por qué a nadie se le ocurrió lanzarse al agua. Más que eso, me pregunté cómo mi madre, al verme luchar con las olas y con un hombre sufriendo una crisis, no se lanzó al agua a rescatarme. Y me pregunté por qué cuando las olas me atraparon, por segunda vez, no estaba atenta y no vino a socorrerme a la orilla, por qué mi madre no me consoló cuando le conté jadeante y asustada que las olas me habían cogido y había estado a punto de ahogarme…

Supongo que mi madre estaría pensando en sus cosas.

(2011)

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Dos veces. (1)

Publicado por onanistaenamorada en Domingo, 30 enero, 2011

Un día de verano supe que iba morirme. Sé que suena raro. Bueno, no, suena corriente. Muy corriente; todos nos morimos. Yo me refiero a la primera vez que fui consecuente con la idea, que asimilé la fugacidad de la vida, que comprendí lo imprevisible y rápido que puede ser morirse. Y, todavía peor, lo fácil que es morir solo. Lo fácil que es que te maten.

No sé qué edad tendría. Puede que seis, puede que ocho. En aquel tiempo mi madre tenía un novio, uno de tantos. Se llamaba Patricio, y a mí aquello me parecía una desgracia. Es un nombre horrible. Eso pensaba y eso sigo pensando. Dado que mi relación con Patricio no fue muy satisfactoria, y dado que no he vuelto a conocer a otro Patricio, sigo pensando que es un nombre horrible. Sin querer, pienso que alguien llamado así tiene que ser atractivo a la vez que un asesino de niños en potencia. Nada me ha hecho cambiar de idea. Si escucho Patricio sólo puedo acordarme del día que creí que iba a morir. Dos veces.

Una intenta acordarse de los detalles. Una intenta alargar la historia con reseñas y descripciones que la ayuden a ser entendida. Pero es difícil. Mi niñez la tengo borrosa. Es una película independiente a la que le faltan fotogramas, algunos sueltos y otros tan seguidos que hay que improvisar o inventar minutos. La infancia, lo mismo que la pubertad, que la adolescencia y la juventud que ahora estoy viviendo (y matando), está desdibujada por el tiempo, está turbia en la imperfección de mi memoria. Una intenta acordarse de los detalles. Intento, por ejemplo, recordar cuántas personas estaban conmigo, y quiénes eran. Intento recordar qué ropa llevaba, o en qué coche fuimos. Intento recordar algo que no sea esa sensación antigua y visceral, ese miedo impotente y líquido. Una intenta rescatar algo perdido del naufragio, pero siempre encuentra lo mismo.

Recuerdo que iba a la playa con mi madre y con su novio Patricio. Recuerdo que Patricio no me caía bien, que no me convencía, quizás sólo porque sus padres le habían puesto ese nombre que a mí no me gustaba. No recuerdo su cara, pero tengo la vaga impresión de que me parecía bastante guapo. El más guapo de todos los novios que había tenido mi madre. Eso seguro. Era más joven que ella. También recuerdo eso, y que su pelo era negro y rizado. Recuerdo que fuimos a una playa. Una que está en el campo, llena de rocas, con un castillo que cuenta la leyenda de un pirata sin nariz.

Era verano. Hacía calor. Pero el viento era fuerte, las olas eran salvajes. Recuerdo estar en las piedras, en una cala formada por alcantilados. Y la brisa marina no era agradable, era un aire despeinándote, era una fuerza que sólo disfrutaban las gaviotas, que empujaba a las olas, estrellándolas con las rocas, salpicando y estallando.

Una intenta recordar los detalles. Pero los detalles no existen en la lejanía del tiempo ni en las situaciones confusas y veloces. Las cosas suceden. Y si no tienes cinco cámaras grabando desde cinco puntos distintos o diez testigos observadores y sinceros, olvídate de los detalles; se alejarán viajando en una medusa o se derretirán cuando suba la marea.

Los detalles se evaporan o se manipulan. Quisiera recordar más de aquello, pero sólo recuerdo la angustia, el terror… Recuerdo estar sentada en una roca con mis pies colgando hacia el mar. La sensación del frío a causa del viento húmedo, a pesar de los rayos de sol que me calentaban. Mis pies, o mis piernas, se mojaban con el vaivén de las olas. Y a mi izquierda, en otra sección de roca, estaba Patricio, de pie. Quisiera poder explicarme bien, expresarlo mejor… pero sólo tengo unas imágenes bruscas, unos detalles falsificados…

Estaba sentada en la piedra, tranquila, feliz, quizás buscando cangrejos en las grietas sumergidas, o sirenas en las profundidades, cuando me sorprendió un ruido y me salpicaron unas gotas: Patricio había caído al agua. Una ola lo alejó medio metro, luego lo acercó a las rocas. Patricio tiró de mi pie y caí al agua. Me arañé el culo en la bajada. El oleaje era fuerte, nos movía a su antojo, y yo intentaba agarrarme a alguna piedra, intentaba que las olas no me hicieran papilla con algún malvado saliente. Patricio se agarraba a mí. Se hundía y me hundía con él. Manteniéndome sumergida, manteniéndose a flote. Me hacía tragar agua. Conseguía sacar la cabeza a la superficie y coger una bocanada de aire para ver sus manos buscándome y hundiéndome de nuevo…

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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (III)

Publicado por Hageg de Bofilla en Sábado, 15 enero, 2011

William no tenía escapatoria, pues la habitación se había llenado con los vasallos del Conde, que perseguían al jefe furtivo de los encapuchados. Las esperanzas de Beatrice se marchitaron por completo. Sus sospechas eran absolutamente ciertas. William bajó la cabeza por el peso de su vergüenza. Había ocultado a su amada para poder evitar la mirada de culpa que, de no ser por las sábanas, estarían escudriñando en ese momento cada rincón de su alma.

–No entendéis nada. Ranstings merece la paz, la necesita. Mi padre no lo comprende. ¿Qué importa que estas tierras sean de un señor o de otro? Lo necesario es la paz, el bienestar de todos. Podríamos habernos colmado con tesoros y riquezas y marchar a cualquier otro lugar, pero mi padre es demasiado estúpido. Mantiene ideas que no son prácticas para estos tiempos. De nada sirve pertenecer al linaje ni defender el honor. Lo que cuenta es la paz, a cualquier precio.

Los vasallos del Conde, que habían irrumpido en la habitación, se miraron con sorpresa y confusión. En cierta medida, ese hombre tenía razón. Ellos también vivían en Ranstings, también tenían tierras y también habían sufrido acciones violentas desde tiempo atrás, precisamente por ese hombre que tenían delante. Pero estaban cansados de luchar por algo que parecía inevitable, y las ideas de William de Sutter se presentaban muy tentadoras.

–Os pido que me acompañéis a ver a mi padre, que cojáis las armas y que le exijamos la abdicación. Una vez Ranstings sea mío, haré lo adecuado para que éstas sean tierras de paz.

Habían sido enviados por el Conde, y ahora se les alentaba a ir en su contra. Era una idea demasiado ingenua, quizás. Pero no todos lo vieron de esa manera. Algunos hombres envainaron sus espadas y se pusieron junto a William. Otros mantuvieron su posición, pero ya no podían superar en número a los traidores. Se habían creado dos bandos.

–Esto no es justo –alegó uno de los vasallos que permanecieron fieles a su Señor–. El orden, lo establecido; eso es lo que debemos cumplir. Ése es nuestro cometido, y el Conde tiene los suyos propios. Esto no os llevará a ninguna parte, William. Esto no es lo correcto.

William no dudaba de lo que había hecho. Sus decisiones siempre estaban bien meditadas.

–Lo pongo en duda, aquí y ante nuestro Señor.

Y tras ello, los vasallos salieron de la habitación. Después de ellos, lo traidores. Solamente uno de ellos, miró a un rincón de la cabaña, a sabiendas de que había perdido el amor de su vida para siempre.

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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (II)

Publicado por Hageg de Bofilla en Sábado, 15 enero, 2011

Beatrice no podía dormir. Había olido las llamas y los gritos. También se había percatado de los gemidos de dolor y del sonido de las espadas. Algo ocurría fuera. Estaba preocupada, pero no tenía miedo, porque sabía que en Ranstings estaba William, y de una manera u otra él cuidaría de ella.

Las vacas mugían de manera extraña. Algo había fuera. Beatrice empezó a inquietarse. ¿Y si alguno de los que siempre se hallan haciendo maldades por esas tierras trataba de entrar en su cabaña? No podía ser. A ella no podía ocurrirle semejante injusticia, no después de perder a sus padres, de no tener familia y de estar viviendo la mejor etapa de su vida. Además estaba William, por supuesto. Nada le iba a ocurrir en Ranstings. Pero llamaron con fuerza a la puerta, y Beatrice empezó a dudar de todo.

Saltó de su lecho y bloqueó la puerta con una silla haciendo el mínimo ruido posible. Siguió insistiendo un tiempo, pero pronto escuchó una voz que la tranquilizó.

–¡Beatrice! ¡Soy William, ábreme!

La joven abrió la puerta corriendo y abrazó a su amor.

–¿Te ha pasado algo? ¿Estás bien? –preguntó inquieto William–. Señor Bendito, he padecido tanto por ti, mi amor.

Siguieron abrazados, sin soltarse el uno del otro.

–¿Qué está pasando, William?

–Lo de siempre, han venido a hacer el mal… Nunca pararán hasta que este pedazo de tierra sea suyo…

–Ya sabía que vendrías –le interrumpió Beatrice–, siempre has cuidado de mí –dijo acariciando el mentón de su hombre y besándole con fuerza.

De los besos pasaron a las caricias, y de ahí al lecho. Su pasión era desenfrenada, nada podía con ellos. Parecía que todo lo malo había pasado ya.

–Me siento tan feliz a tu lado –dijo Beatrice abrazándole–, no quiero que este momento termine nunca…

–Trata de descansar un poco, mi amor –dijo William, sonriendo complacido y sintiéndose protegido con la mujer que amaba–. Duérmete ya, princesita…

El corazón de Beatrice se estremeció. Sus recuerdos conformaron un rompecabezas perfecto del que no podía dar crédito. Revivió con toda claridad la muerte de sus padres, aquella trágica noche y al hombre que le había dicho aquellas exactas palabras hacía años atrás: <duérmete ya, princesita>. Ese encapuchado se había presentado en condiciones semejantes a las de William. Era su misma voz, nunca antes la había reconocido de los labios de su hombre, pero no dudaba de que fuera la misma, pues no había escuchado nada más que esas palabras de los labios de su agresor. Después pasó por su mente todos los momentos con William, todas sus palabras y todas sus inquietudes. Pensó en el Conde Elliot, en Ranstings. Pensó que aquel al que consideraba su bien más preciado era el que causaba el mal para todos los demás.

<Me gustaría poder dártelo todo>, había dicho su amado. <Te prometo que algún día tendré mis propias tierras, mis propios siervos y, al contrario que mi padre, conseguiré en ellas paz>. Su amado había ayudado a crear la guerra para conseguir la paz, pero eso no era válido para Beatrice. William, su amado, había matado a sus padres.

–¿Qué te ocurre? Estás temblando.

Beatrice no sabía qué decir, no tenía nada qué decir. No sabía qué decir a ese hombre. Habían sido tantas mentiras y tan grandes… Ése era un extraño. William de Sutter nunca existió, sólo en su mente.

Golpearon a la puerta con fuerza varias veces, y luego se erigió una voz.

–¡Abre la puerta o entraré a la fuerza!

William se incorporó. Su rostro reflejaba preocupación. Entonces a Beatrice se le llenaron los ojos de lágrimas, pero de felicidad. Puede que William fuera realmente quien fuera: una persona que la amaba y que hacía el bien para todos. Se le pasó por la cabeza que aquellas palabras sólo eran una coincidencia, algo que se dice paternalmente para propiciar el sueño a un ser querido: <duérmete ya, princesita>. La persona que estaba fuera debía ser el verdadero causante del mal del condado.

–¡Han venido! –advirtió William–. Beatrice, has de esconderte, ¡a prisa!

–¿Y qué voy a hacer? No hay ventanas, esto es demasiado pequeño.

Seguían golpeando a la puerta con fuerza, y William actuó con rapidez. Cogió varias vasijas y muebles de la vivienda y los colocó en un rincón de la cabaña. Beatrice quedaba perfectamente guarecida bajo la estructura formada por esos elementos. Luego William agarró una manta y se dispuso a echarla encima para que no vieran a su amada.

–Cuidarás de mí, ¿verdad? –dijo entre sollozos Beatrice.

–Siempre. Te amaré siempre… –concluyó, ocultando a su amada con rapidez.

La puerta se abrió, y la habitación se empezó a llenar de individuos.

–No puedo creerlo, William de Sutter, el hijo del Conde. ¿Vos sois el traidor?

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Las joyas de una vida: último capítulo

Publicado por Hageg de Bofilla en Viernes, 14 enero, 2011

Muchos años hacía ya desde toda aquella historia. A pesar del estado de salud de Elliot de Sutter, consiguió vivir muchos años más de tormento y, por supuesto, no aceptó la sugerencia de la abdicación. Como William, era un hombre de ideas bien meditadas. Su hijo vivió mientras bajo el amparo del Duque de Sussox quien, como había hecho tiempo atrás, le ayudó a instar a Elliot de Sutter para que le entregara Ranstings, otorgándole mesnadas, privilegios, y todo lo que requirió para ello, tratando de forzar a su Conde a una entrega voluntaria que nunca realizó.

Cuando llegó la deseada muerte del Conde de Ranstings, William de Sutter asumió el gobierno del condado, a falta de más miembros del linaje y, sorprendentemente, porque así constaba en el testamento de Elliot de Sutter. No obstante, William tampoco entregó Ranstings, como se suponía debía hacer. Quién sabe si fue por la codicia o por el remordimiento, pero el nuevo Conde mantuvo una nueva lucha por la defensa de aquellas tierras. La lucha por la paz es intrínsecamente imposible. La guerra, tarde o temprano, sólo engendra más guerra.

Beatrice, por su parte, no volvió nunca a poseer ningún amor. Se marchó lejos de Ranstings y de todo aquello que le recordó días de felicidad. No podía soportar la angustia del recuerdo. Odió con toda su alma sus recuerdos, negándose a pensar en ello ni en nada que le recordara su pasado. Se cobijó en los bosques de robustos sauces que hay al sur, de los que nadie quiere saber nada. Allí permaneció el resto de su vida, entre la naturaleza, alejada de personas y de malos haberes del ayer.

Un día, cuando ya era anciana, Beatrice estaba en el bosque, sentada en un tronco que atravesaba un riachuelo, mojando sus pies en el agua fresca.

Miró sus manos. Estaban arrugadas y cansadas. Su vida no había salido nada bien. Ni familia, ni amor, ni amigos. Nada le quedaba ni había obtenido. Nada.

Solamente le quedaban recuerdos, esos que tanto se esforzaba por borrar. Y aún habiéndose alejado de todo y poniendo su empeño en no recordar nada, le quedaba un recuerdo. En su dedo anular, permanecía aquel anillo de oro, vestigio de un tiempo en el que se sintió realmente muy dichosa, llegando a imaginar que había un hueco para ella en el mundo. Repasó cada detalle de la joya con detenimiento, como había hecho miles de veces a lo largo de su vida. Era de oro puro sin duda, de un valor material desorbitado. Repasó el blasón que aparecía en ese anillo que le había regalado William. Se trataba del emblema de Sussox, una hermosa cruz latina dorada. Quizá aquella joya había sido un pago por algún malvado servicio del que fue su amado otrora. Nunca lo supo.

Ya nada le quedaba por hacer en el mundo. Era vieja y estaba triste. Separó de su dedo el anillo de oro y lo miró por última vez. Después lo dejó caer al riachuelo para no volver a verlo jamás. Era el final de todo. Sus recuerdos eran lo único que le quedaban. Nunca se deja de aprender en esta vida, y Beatrice comprendió, cuando el anillo ya estaba perdido en el río, que los recuerdos de una vida siempre se hacen valiosos aun cuando han sido malos. Ellos son los testigos de los amores y desventuras, son el calendario de la vida y la agenda de la existencia. No tenía nada más. Los sucesos que la rodearon en su vida eran joyas, como el anillo. El mayor de los tesoros. Las joyas de la vida.

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Hageg

 

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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (I)

Publicado por Hageg de Bofilla en Viernes, 14 enero, 2011

–¡Alto! En nombre de Sir Elliot de Sutter, Conde de Ranstings. ¡Deteneos y deponed las armas!

Mucho tiempo después, los encapuchados habían seguido realizando más acciones de pillaje y violencia. En esta ocasión, habían sido descubiertos por varios vasallos del Conde que aguardaban impacientes a someterlos a su emboscada. Y así había sido. Los encapuchados eran cinco, y los vasallos del Conde allí reunidos más de diez. Sin duda, el Conde Elliot se había preparado para la ocasión. Se hallaban frente a una huerta que ardía, incendiada por los asaltantes. La escena estaba bien iluminada por el fuego. No había escapatoria.

–¿Qué hacemos? –preguntó desesperado uno de los maleantes–. Si nos entregamos tendremos la clemencia del conde, ¿no?

Todos miraron al jefe, que permanecía serio.

–No hay clemencia para los traidores en Ranstings… –zanjó–.

–Esto no ha sido nunca una buena idea, ya lo sabía yo… –se desmoronó otro encapuchado entre sollozos–.

–Sé un hombre, y lucha hasta la muerte como tal –pronunció el jefe desenvainando su espada y bajando de su corcel–. ¿Alguien me acompaña?

Tras vacilar, los otros encapuchados repitieron los movimientos y acompañaron a su caudillo. ¿Qué otra cosa iban a hacer? Se abalanzaron contra los vasallos del Conde que, tras desmontar, se enfrentaron a los maleantes que causaban terror en nombre de otros.

El silencio de la noche murió bajo el grito de las espadas y la caricia del fuego. Era inevitable la muerte, pero era mejor que la deshonra, pues su condición era la de traidores al Condado. Habían vendido sus almas por riquezas y posesiones, por las promesas de los enemigos del Conde. Sus arcas se llenarían de oro, pero sus almas arderían para siempre en el infierno.

Tras la sangría, solamente permaneció vivo y en pie uno de los encapuchados, mientras todos los vasallos le rodeaban, cortando cualquier posibilidad de huída.

–¿Eres el jefe? –pronunció uno de los enviados del Conde.

–Lo soy –confirmó el jefe de los encapuchados, sin temor a la muerte ni aparente resentimiento–.

–¿Quién os envía?

No le importó nada responder.

–El Señor de Sussox nos envía.

Los vasallos se miraron. Su acento era claramente de Ranstings. O mentía o era un traidor. En cualquier caso, todos sabían que su destino próximo era el fin de su existencia.

–¿Quién sois?

–Vuestra muerte –zanjó el encapuchado lanzando su espada contra quien la hablaba, clavándola en su pecho, haciéndole caer al suelo con fuerza.

Todos asistieron como podían al herido rompiendo el círculo, y haciendo que el maleante aprovechara el contratiempo para escapar.

El fulgor nocturno fue su amigo. Estaba cansado, nervioso y preocupado. No tenía lugar a donde ir, su objetivo había fracasado. No tenía nada que hacer ya, pero eso no fue lo primero que pensó. Primeramente había que pasar la noche y, cerca de donde estaba, había divisado una modesta cabaña, sola entre las colinas, junto a una provechosa partida de ganado.

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Las joyas de una vida: capítulo 5

Publicado por Hageg de Bofilla en Miércoles, 12 enero, 2011

Desde el suceso del mercado, William se acercaba con frecuencia por Villabaldía. Beatrice y él habían entablado una bonita amistad. Él la requería con frecuencia para pasear por los alrededores de la villa, entre las vastas campiñas que lindaban con los ancianos bosques de sauces, colmados de recuerdos que ya nadie posee.

Hablaban de todo. Al principio únicamente de trivialidades: el verdor de las campiñas, lo nublado que en ocasiones estaba el cielo, la cosecha; pero pronto comenzaron a abrir el corazón el uno al otro.

William no permitió que siguiera viviendo de aquella manera. La muchacha le hacía sentirse bien, hacía que se evaporara de los problemas, del día a día y de presiones a las que, por su condición de noble, estaba irremediablemente condenado a padecer. Beatrice conseguía que William de Sutter se sintiera vivo. Por ende, sacó a Beatrice de esa vida sin futuro, mandó construir en varias semanas una cabaña y se la asignó, junto con una partida de ganado del que vivir. De esta forma, podría acercarse a ella siempre que quisiera.

Sin entenderlo, Beatrice se había convertido en su propia sierva, pero lo cierto es que ya era sierva de su amor. Beatrice no había sentido en su vida afecto, y había desarrollando un cariño especial por aquel hombre que tan bien cuidaba de su bienestar.

Pronto, hablaron de su propio pasado. Sus secretos más inconfesables fueron meras conversaciones, y sus intimidades el pan de cada día. Ello les acercaba más que nada el uno al otro.

La violencia que les rodeaba era demasiado grande como para que sus corazones no desearan estar unidos para siempre. Beatrice habló de sus tormentos, de la crueldad con la que fue despojada de su familia y la incertidumbre que toda su vida había sentido. El noble William la puso al corriente de secretos que no tenía por qué saber nadie más que aquellos que se dedicaban al gobierno. Habló a Beatrice de cosas que, en el fondo, ella no comprendía: la salud de su padre, la disputa por las tierras de su linaje, los actos perversos contra personas inocentes por parte de las élites. Pertenecían a mundos distintos, pero sus almas ya eran prácticamente una sola.

Los días se hicieron meses. Todo continuaba como estaba, pero aquellos seres se percataban de que el tiempo se les escapaba como la arena entre los dedos. No se movían, nada progresaba. Su amor se encontraba donde se encontró desde el principio. La vida de ambos había llegado a un punto muerto, francamente difícil de cambiar. Cada cual tenía su vida, su quehacer y su labor. Por mucho que se esforzaran en ignorarlo, la magia no podía ser eterna.

Los meses pasaban como días. Y uno de esos días llovió mucho. Estaban juntos, abrazados, al abrigo del fuego de la cabaña de Beatrice. La búsqueda de calor incitó a los amantes al beso, y luego a los roces más inauditos.

En cuestión de minutos, sus ropajes se hallaban muy lejos de sus cuerpos. El uno era la camisa del otro. William recorría con sus labios cada rincón de su boca, y Beatrice abrazaba con fuerza a aquel hombre que había cambiado su vida a mejor, a aquel hombre que, en cierta forma, había salvado una vida en principio condenada a la marginación y a la mendicidad. Pronto Beatrice le agradeció todo lo que sentía atrapándole entre sus muslos.

Se miraban fijamente. Era un calor inefable que asfixiaba su ser. El tiempo y el espacio se pararon, sólo existían las miradas del uno y del otro.

–Tus manos son tan suaves… –sonrió complaciente Beatrice, recorriendo con sus dedos la muñeca de William, y luego la palma de su mano. Vio las joyas que William llevaba, y se sintió algo cohibida–. Podrías poseer cualquier tesoro del mundo, y me eliges a mí…

El joven Sutter no había pensado en ello en ningún momento. Sólo seguía lo que le decía su corazón.

–Para mí eres el más grande de los tesoros –y se besaron–. Y por si lo dudas, quédate esto –dijo William, entregando a Beatrice uno de los discretos anillos de oro de su diestra–. Cuando no esté contigo, estaré en tus manos –y colocó la joya en el anular de Beatrice.

Ella nunca había sido tan feliz. Pero miraba apenada a su hombre, pues sabía que nunca podrían compartir más que aquello, nunca podrían dar un paso más.

–Me gustaría poder dártelo todo –confesó el joven Sutter–. Me gustaría que nuestros mundos pudieran juntarse realmente, no tener que acercarme a esta cabaña para tenerte entre mis brazos. Te prometo que algún día tendré mis propias tierras, mis propios siervos y, al contrario que mi padre, conseguiré en ellas paz. Y en ellas te tendré cada instante, porque nadie ni nada me lo podrá impedir. Sólo existiremos tú y yo. Nosotros, y nada más.

Beatrice observó dicha en los ojos de William. No obstante, sus ojos azules brillaban de manera diferente a la habitual.

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Hageg

 

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Las joyas de una vida: capítulo 4

Publicado por Hageg de Bofilla en Miércoles, 12 enero, 2011

Oscuridad. Latente en las pupilas de los hombres la preocupación y la intriga. El que se hacía el jefe del grupo portaba una antorcha que iluminaba la noche. Debían de ser por lo menos seis, contando al mencionado cabecilla, el cual caminaba de un lado a otro, apoyándose de vez en cuando sobre un tronco viejo, haciendo bailar a su antojo las sombras de sus compañeros.

Estaba muy nervioso, aunque no era la primera vez que asaltaba las tierras de Ranstings junto con otros soldados. Incendiarían casas, violarían a mujeres y niñas y arrasarían todo lo que pudieran. Así cedería el Conde, que no dejaba un pedazo de tierra condenado a caer a manos de sus enemigos.

Las montañas son un buen refugio, y mucho mejor lo es cuando la noche es tan densa. Esperaban a que se acercara alguien, y así fue. Aparecieron de entre el fulgor nocturno tres jinetes. Primero bajaron los dos que flanqueaban al central y, tras ello, el de en medio descendió del caballo con algo envuelto bajo el brazo.

–Mi Señor, mil gracias una vez más por vuestra ayuda –saludó el hombre de la antorcha al recién llegado, haciendo una leve referencia.

El hombre era viejo, de rostro enjuto y mirada altiva. Sus andares mostraban poderío y capacidad de mando, pero su inquietud revelaba que se hallaba lejos de su hogar, realizando acciones poco legales.

–Aquí salimos todos ganando, no hay nada que agradecer –respondió–. Si el viejo Elliot no cede por las buenas, lo hará por las malas. El Señor nos perdonará si hacemos esto por él, y no solamente por nosotros. Por eso rezo mucho últimamente. Si todo sale bien, haré aquí mismo un monasterio para los cistercienses. He oído que tienen mucho porvenir y gracia del Señor.

–Y muchos sueldos, también… –murmuro el hombre, en tono nervioso–; ¿procedemos?

El jinete dejó encima de una roca su carga. Eran espadas, antorchas y demás armas.

–Muchas gracias por vuestra ayuda, Mi Señor. No podemos usar nuestras propias armas, seríamos descubiertos tarde o temprano.

El jinete se montó en su caballo. Parecía preocupado, pero muchísimo menos que el hombre de la antorcha.

–Te repito: todos salimos ganando –dijo quitándose un anillo de la mano y lanzándoselo al hombre de la antorcha–. Aquí tienes tu pago por esta ocasión. Procura venderlo cuanto antes, pues posee el blasón de Sussox: una cruz latina dorada.

–Así lo haré. Hasta la vista.

Y tras ello los tres jinetes partieron hacia sus tierras. Los allí congregados tomaron armas y subieron a sus propios caballos.

Cabalgaron cada uno con sus espadas envainadas y con una antorcha en la diestra. Las colinas de Ranstings temblaban a su paso, a sabiendas de que iban a arder de dolor. Comenzaron quemando las cosechas de trigo, y luego las de centeno y avena. En pleno verano, habían condenado a los campesinos a la hambruna más dura y, con ello, a su Señor, Elliot de Sutter. Quemaron más de una cabaña y asesinaron a varias familias. Era la presión constante que los Sutter recibirían por defender lo que era suyo. La cosa no había hecho más que comenzar.

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Hageg

 

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Las joyas de una vida: capítulo 3

Publicado por Hageg de Bofilla en Viernes, 7 enero, 2011

Beatrice era joven y castaña. Eran dos cualidades que a nadie le pasaban desapercibidas. Era joven por su forma de hablar, de desenvolverse, por su dulzura y su encanto natural. Sus cabellos caían como térreas cascadas por sus hombros, mostrando al mundo dos perfectos cuencos repletos de miel. Pero sus labios eran lo más llamativo, pues suponían una poderosa contradicción: permanecían siempre serios.

Habían muchas personas en Villabaldía, pero nadie había visto nunca a Beatrice sonreír. Quizá por eso se burlaba de ella mucha gente, le desviaban la mirada o ignoraban todo aquello que decía. Era una criatura más en el mundo, sola y sin nadie que la cuidara. Vivía de lo que podía y de lo que se le dejaba. Era la más pobre en un mundo de pobreza. Para ella, la vida pasaba sin ánimo ni sentido. Estaba abandonada, sin sus padres y sin nadie que le ayudara. Habiendo alcanzado los diez y nueve años de edad no tenía nada en esta vida. Lo único que poseía era un mal recuerdo.

Pero esta villa había sido próspera en el pasado. Comenzó siendo un lugar propicio para multitudes de campesinos ávidos de poseer tierras propias y vivir una vida mejor. De esta manera, la villa creció, Señor de Ranstings le concedió muchos privilegios y, asimismo, derivó en una auténtica urbe donde el anonimato era algo natural. No importaba la condición o el lugar. La diferencia, en Villabaldía, se había convertido en un sinónimo de tolerancia a la altura del año 1216 de Nuestro Señor.

Vagaba entre calle y calle, durmiendo en rincones, viviendo de limosnas y acciones ilegales. No había pasado ni futuro para ella.

–¡Quién va! –preguntó el centinela desde su muralla, como era su cometido.

–¡Soy William de Sutter, abre la puerta!

El centinela quedó un momento pensativo, entre confuso e incrédulo. Ante ello, el heredero de Ranstings desenvainó su espada y la mostró al centinela. Aunque no lo pudiera ver bien, nadie que no fuera de la nobleza podría adquirir un arma así, a no ser que fuera un ladrón vulgar y solitario. Pero era Villabaldía, y había más ladrones que ratas. Ese centinela no perdería su sueldo por dejar pasar a uno más.

Los portones se abrieron y pasó raudo hacia el interior de la villa, dejando a ambos lados a prostitutas, magos, y otros engañabobos que cautivaban muchas veces a los viajeros lejanos en su llegada. Su objetivo era la gran plaza central. Era el día del mercado.

A lo largo de una arenisca calle, los colores y la música atrapaban a los habitantes de Villabaldía. Muchos productos no volverían a verse nunca más por allí, por lo que la concentración de gente era enorme.

La plaza era el cruce de las dos grandes vías que conformaban aquella villa hecha en piedra gris. Los puestos se abarrotaban con las ofertas, los regateos y los escándalos propiciados por los ladrones. De estos últimos, eran de lo que más había.

–¡Me has robado, malnacida! ¿Quién te has creído que eres, sinvergüenza?

Beatrice había utilizado sus manos pequeñas y exentas de inocencia para llenarse las faltriqueras de su ato de pasas de un puesto. El tendero la había agarrado fuertemente, y no parecía haber forma de escapar.

–Tengo hambre… –murmuró entre sollozos.

–¿De veras? –preguntó enfurecido aquel hombre, gordo, calvo y de un genio espantoso–. ¿Te gustaría probar esto? –le dijo mostrando un enorme cuchillo oxidado.

La joven dio un buen tirón y salió corriendo, deslizándose entre persona y persona, esquivando obstáculo y obstáculo. Dio un tropezón y toda su comida cayó al suelo, viendo unas cosas que no había visto nunca. El hombre sobre el cual había tirado todas las pasas poseía calzado, brillante y elegante. Nunca había visto nada así. El joven le ayudó a levantarse.

–Ve con cuidado, mujer.

Beatrice miró a los ojos al señor. Era más alto que ella, y su cara estaba limpia. Su rostro le resultó extraño, como si no pudiera existir alguien así, con aquellos insultantes ojos azules claros. Su ropa era extraña, pero había visto cosas más raras en la villa. Por una razón o por otra Beatrice, por primera vez en su vida, sonrió.

El extraño señor acabó de efectuar su compra, pero se paró a mirar mejor a la muchacha. Él era bastante mayor que ella. Su mirada era triste, aunque su sonrisa estaba latente. Algo en ella le entusiasmó. Quizá sus labios finos o sus ojos color miel. A lo mejor le pareció que aquella chica era como él, alguien solitario y sometido a las asperezas del vivir.

–¿Te gusta? –preguntó el joven, mostrando lo que acababa de comprar.

–No sé leer –dijo Beatrice, sin dejar de sonreír.

William no sabía por qué actuaba como actuaba. No estaba mal hablar con los de la villa o mezclarse con ellos, pero no era lo habitual, y menos con una muchacha de tal guisa.

–Es El Ajedrez, escrito por el Rey Alfonso.

Beatrice no dejó nunca de sonreír.

–No sé quién es –dijo la jovencita mirando el manuscrito, tan ancho y largo que el señor lo sostenía con fuerza con ambos brazos.

No había nada qué decir. No sabían de qué hablar, pero no paraban de sonreír.

–Mi nombre es William.

–El mío Beatrice.

En ese momento llegó hecho una furia un hombre corpulento, calvo y dispuesto a todo.

–¡Ella me ha robado! ¡Ha sido esa mala pécora!

Muchos se conglomeraron para ver qué ocurría. El tendero apuntó con su puñal a la joven y se fue acercando lanzando mil insultos a ella y toda su ascendencia. William se puso delante de ella sin vacilar, protegiéndola con su cuerpo. Era un hombre de ideas firmes y claras. Siempre sabía qué hacer en cada momento. Pocas veces sonreía siquiera si no era necesario. Su calma y determinación eran sus mejores armas.

–Señor, esto no va con vos –aclaró el tendero, nervioso y alterado–. ¡Por Dios, no me obliguéis a hacer una estupidez!

William sacó su sable, dejando caer al suelo el manuscrito. Aquel sonido era nuevo para muchos. Al desenfundar el arma, a Beatrice le llegaron a la mente recuerdos atroces de una noche que nunca dejaría de ser parte de su pasado, pero en esta ocasión el arma estaba de su parte. El tendero se apartó, junto con todos los expectantes. Envainó el sable, recogió el libro y, manteniendo una sonrisa firme, se despidió de Beatrice con un <hasta pronto>.

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Hageg

 

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Las joyas de una vida: capítulo 2

Publicado por Hageg de Bofilla en Viernes, 7 enero, 2011

No eran tiempos buenos para nadie. No lo eran desde hacía mucho tiempo. Ni tan siquiera el clima era bueno. Siempre llovía y tronaba sin cesar. Días enteros ensombrecidos por el capricho del Señor y las incomprensibles elecciones de la Divina Providencia. Los monjes se dedicaban en silencio a la oración y a la contemplación de las sacras leyes que legó el Todopoderoso a los mortales. Las gentes del campo sufrían sus clásicas desdichas: hambrunas, epidemias, actos de bandidaje… Nada que no pasara a menudo. Las intrigas del Condado llegaban hasta la misma casa de su Señor, Elliot de Sutter.

Las tierras del Condado de Ranstings no eran muchas, ni las mejores. Hay veces en que una porción de un pastel tiene más sabor cuando sabes que no vas a hallar más trozos iguales en el plato. Ranstings era, en la práctica, una estrecha franja que separaba otros tres territorios: Birgham, Sussox y Buth. Los señores de aquellas tierras contaban con condiciones mucho más propicias para consolidar su poder sobre sus vasallos y, quizá por ello, anhelaban añadir ese pequeño lote de tierra a sus posesiones, un terruño que la casa de Sutter se había empeñado en no perder. Le habían ofrecido oro, joyas y virtudes a cambio de ceder el lugar, tantas como para hacerse con nuevas tierras en cualquier otro lugar, pero el señor de Ranstings se mostraba reticente. Por ello sufría presiones constantes que no hacían más que empeorar su salud.

Pero el Conde tenía un hijo, William de Sutter, heredero del condado, hombre fuerte, recio y de una determinación intachable. No obstante, veía a su anciano padre cada día más cerca de la muerte sin haber encontrado una solución a sus problemas. No sólo iba a heredar las virtudes del condado, también sus infortunios. Con todo, hacía mucho que William no sonreía, su vida era dura y triste. Nada parecía ser un bello momento digno de recordar el mañana.

Un día como cualquier otro, decidió marchar a una de las villas del condado a sabiendas de que era el día del mercado y, por ende, habría multitudes de curiosidades con las que evadirse del tormentoso presente. Lo que no imaginaba era que aquella visita a Villabaldía iba a cambiar su vida para siempre.

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Hageg

 

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Las joyas de una vida: capítulo I

Publicado por Hageg de Bofilla en Jueves, 6 enero, 2011

Todo temblaba sin cesar. El suelo parecía evaporarse bajo sus dedos por las duras sacudidas que los caballos producían al galopar. Los gritos eran pérfidos e insultantes, pero ella sólo tenía miedo de la oscuridad.

Era una de esas noches que el tiempo y la memoria de los hombres no conservan, y no han sido reflejadas en ningún lugar, como si nunca hubieran existido. Una pequeña lloraba en una noche oscura. No había luna ni estrellas, sólo llantos y violencia.

Yacía sobre un montón de barro, mezclado con los ríos que no cesaban de brotar de sus ojos. Aquellos desconocidos encapuchados habían irrumpido en su casa en mitad de la noche, mientras cenaba con sus padres y sus hermanos. Tras un forcejeo descontrolado y una serie de injurias lanzadas al aire, habían lanzado literalmente a la pequeña fuera de la casa, pues no conseguían que parara de llorar. Después se erigió la voz de uno de aquellos encapuchados:

–¡Tenemos hambre! –profirió uno de los malhechores–. Saciadnos y no sufriréis más que lo vivido.

Aquel padre, enfurecido, hubo de redimirse ante la superioridad tanto en número como en fuerza de los asaltantes. Había de velar por su familia, así que saciaron sus deseos. La familia se hizo a un lado, y comenzaron a entrar en la casa muchos de los encapuchados, vaciando sus calderos, su despensa, y lo poco que tenían para comer.

–¿Sólo esto? –preguntó insatisfecho uno de ellos, lanzando con violencia el caldero vacío contra el suelo.

–Mi señor, somos gente humilde. Dejadnos en paz… Por favor.

Pero no hicieron eso. Sacó su espada el mismo que había preguntado y agarrando al hombre por el cuello de su camisa lo empotró contra la pared y acarició con la punta de su arma la clavícula del patriarca.

–¡Te he hecho una pregunta! ¿Hay más comida?

La pequeña no paraba de gritar. Y más gritaba cuantos más gritos oía. Y más gritó todavía cuando escuchó que los gritos de su familia crecían, entrecortados por la desesperación y por la impotencia de la defensa de sus propias vidas.

Un hilo de sangre chorreaba a los pies del encapuchado. La espada parecía silbar un sonido extraño, capaz de escucharse entre los gritos. A los pies del hombre, un padre yacía degollado. Después se giró hacia la familia. Solamente hubo más gritos.

Aquella niña no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Era la primera vez que escuchaba llorar tanto a sus hermanos y a su propia mamá. Era la primera vez que veía a esos hombres vestidos con armaduras y espadas y, por descontado, era la primera vez que lloraba tanto. Pero más lloró cuando los llantos de su familia cesaron para siempre.

Después permaneció en silencio. Después sintió el caminar de los asaltantes fuera de la casa, sus murmullos, sus pasos cada vez más cercanos. Después sintió una patada en el costado y, quedando boca arriba hacia el negro cielo de la noche más oscura de sus recuerdos, escuchó unas palabras que no olvidaría en toda su vida:

–Duérmete ya, princesita.

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Hageg

 

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Faltamos nosotros

Publicado por acubo en Domingo, 19 diciembre, 2010

*Dedicado a todos los que como yo abandonamos el instituto, y no fue tan alegre la marcha como hubiésemos pensado

Los pies pisan fuerte y la mirada, fijada en un horizonte neblinoso, descansa, tranquila, con la sensación del deber cumplido.
Casi sin quererlo giras la cabeza, y no puedes evitar que un sentimiento al que podemos llamar nosequé te invade, en esos momentos puntuales en los que no sabes si sentir tristeza, alegría, pena… Y ese nosequé lleva de la mano una horrible presión (es el peso de la nostalgia, ¿quizá?) que te ata la laringe, la faringe y el esófago, y te sientes impotente ante la lágrima que cae por tu cara.
Días y días de poner el reloj a las 7:30 para levantarte, el principio, duro siempre, encontrar las clases, no perderte entre los pasillos, la biblioteca, la cafetería, los profesores, incluso los conserjes y los bedeles, piensas en cada una de esas personas que hizo que tu etapa en el instituto haya sido, como mínimo, inolvidable, y quieras o no, llevas contigo parte de todos, de absolutamente todos. Nos entrecruzamos, juntamos nuestros caminos en algún punto, para bien o para mal.
Y que es lo que queda? Parece que dolor, o ansia de dolor, el no saber qué pasará, cuántos amigos seguirán siendo tus amigos, de cuántos de olvidarás cuando los perversos años ataquen la memoria. No sabes que guardarás en ti. Pero tú también eres parte de todo eso.
Y te da por pensar, mientras el la segunda pupila se enjuaga, en conjunto, con la otra, en todo lo que dejas atrás, y como siempre, como todo, lo que nunca volverá a ser. Los exámenes, los gritos, los cambios de clase, los cotilleos, las calculadoras olvidadas, los ¿Me abres la puerta, por favor?, los recreos, el jardín maravilloso que sirve de refugio para todo aquel que quiera palmar en los dias de junio, o mayo… Y también piensas en si habrás desaprovechado tu último año, ese año duro, a simple vista, pero que enriquece, creo, más que ningún otro, ese en el que dejas de ser un chico de instituto para ser un futuro universitario… No se nota la diferencia, pero penetra en cada uno de nosotros como una sombra silenciosa, tic-toc, esperando el momento justo.
Y es cuando, entonces, en el fondo, sientes una enorme fortuna, la fortuna de ser alguien, de pertenecer a eso tan mágico, de haber sido alumno del IES Concepción Arenal.
Suena el último timbre. Giras la cabeza y miras el reloj. Son las 12:10.
Hora del segundo recreo. Así era antes.
Cruzas la puerta y piensas que nunca lo olvidarás. Jamás.

Y la gente sale por la puerta. Se oyen gritos, saludos y risas. Estamos a finales de curso. La alegría es palpable.
Y tu te vas. Pero otros ocuparán tu lugar, al igual que hiciste tú, y todo seguirá igual que casi siempre. Casi.
Faltamos nosotros

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PODÍA ELEGIR

Publicado por onanistaenamorada en Jueves, 28 enero, 2010

El hombre entró en la habitación y encendió la luz. La mujer se incorporó de la cama y lo miró expectante. Él llevaba la camisa fuera del pantalón, tenía los ojos enrojecidos y en su cara se dibujaba una gran sonrisa.

–Hoy estoy contento. Esta noche puedes pedirme lo que quieras.

La mujer se quedó callada.

–Vamos… te doy a elegir, como el viernes pasado.

–Pero no es necesario, yo me conformo con…

–Claro que es necesario. Hoy estoy muy excitado. No me hagas perder el tiempo porque no voy a poder aguantarme. Dime.

La mujer volvió a callar, preguntándose sus posibilidades y sopesando las ventajas y desventajas de cada una. Quizás sólo sopesaba las desventajas.

–Venga… que te estoy dando a elegir… Deberías agradecérmelo, no todos los hombres son tan generosos con sus mujeres. ¿No crees que deberías darme las gracias?

–Sí — susurró ella.

–Pues vamos, dime qué quieres, porque empiezo a cansarme.

–¿Cuáles son mis opciones?

–Yo qué sé mujer… ¿es que no sabes qué me gusta? Puedes innovar con algo, si quieres… Pero ya, o improviso.

–Es que hay tantas cosas que no sé decir ninguna.

–¿Te ayudo?

–Bueno.

–Vale… Pues… ¿por dónde empiezo?, ¿por la espalda?

–Mejor por las piernas — recomendó ella, sabedora de la fragilidad que habían adquirido sus costillas los últimos meses.

–¿Y los mordiscos?, ¿dónde?, ¿o prefieres el cinturón?

–El cinturón — concretó después de dudarlo un instante, tras recordar que el dolor se pasaba más rápido.

–Vale… y… ¿lo hago antes o después?

–Antes mejor.

–Puedes escoger: el palo por delante, o yo por detrás.

–Tú.

–Así me gusta. ¿Ya puedo empezar?

–Sí — concedió ella con la mirada baja y ardiente.

–Allá voy cariño.

El hombre cumplió las peticiones de la mujer, y golpeó sus piernas con los puños cerrados, y la azotó con el cinturón en los brazos, en la espalda, en los muslos y en los pechos. Se tomó la libertad de añadir algún que otro detalle fuera de guión, como un guantazo en la cara o un mordisco en el costado, disfrutando con el chillido de sorpresa y dolor que ella dio al recibirlo. El condescendiente marido accedió a la preferencia de su mujer, muy a su pesar, y esa noche no la violó con el palo. Se limitó a penetrarla con toda la fuerza de la que era capaz, pero sus quejas le resultaron pocas, así que golpeó su espalda para acrecentar sus gritos.

Cuando el hombre terminó se tumbó en la cama y encendió un cigarrillo. Ella fue al baño y se lavó algunas heridas producidas por los latigazos del caro cinturón de cuero de su importante y ejecutivo esposo. Volvió al dormitorio cuando el hombre estaba apagando el cigarro. Le hizo un gesto con la mano para que fuera a la cama, y ella obedeció sintiendo que cada paso era una cuchilla que la rajaba por dentro.

Se tumbó dándole la espalda, encogida en la postura fetal del vulnerable.

–Te quiero. Ya sabes cuánto te quiero, preciosa — dijo él con una suavidad y calidez que pocas veces poseían sus manos.

–Lo sé — dijo ella, y pensó que no lo había hecho tan mal. Debería sentirse orgulloso de ella, que había aguantado tan bien aquella noche. Él había sido paciente y le había dado a elegir. Eso no lo hacían todos los hombres. Decía tanto a su favor… — Yo también te quiero, cariño — respondió la mujer, y se volvió para abrazar al hombre con el que llevaba doce años casada.

Senda,2010

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ANTIGUA – 9º día después del Salto. 3 de agosto

Publicado por Lascivo en Miércoles, 16 septiembre, 2009

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9º DÍA DESPUÉS DEL SALTO. 3 DE AGOSTO

Es increíble. Lidia la friki. Tiene un aspecto horrible, casi tenebroso. Aunque, la verdad, no sabría decir si es muy diferente al aspecto que normalmente solía tener. Aunque tan sucia parecía tener un aspecto un poco andrógino.

Su amigo el sacerdote no tenía cara de muchos amigos. Aún así, no era tan callado como Lidia, y nos contó por todo lo que habían pasado. Por lo visto el cura oficiaba misas en la capilla que había en el pasillo que unía las facultades de Física y Química. En un determinado momento, todo se volvió oscuro y se vio en medio de un bosque. Justo igual que nosotros. Caminó durante un día y se encontró con Lidia. Ella nos ha dicho que le pasó lo mismo. Caminaba cerca de la estación de metro y se vio inmersa en la oscuridad. Después, el bosque. Curiosamente, el cura dice que tras la oscuridad sufrió una caída bastante elevada. Nada preocupante, salió relativamente ileso, pero sí que le dolió. Calcula que fueron unos tres metros de caída.

Nuestra perplejidad es cada vez mayor. No entendemos nada. Ni cómo hemos llegado todos a este punto. Al menos el sacerdote ha sabido explicar cómo encontró a Lidia y cómo nos encontró a nosotros. Tras un tiempo andando por el bosque, encontró huellas, nuestras huellas, y decidió seguirlas. Probablemente le sacáramos más de doce horas de ventaja, porque cuando llegó a nuestro primer refugio ya habíamos partido, aunque nuestra hoguera aún humeaba. Lidia por lo visto, actuó de forma similar. Se adentró por entre los árboles y vislumbró un gran claro. La primera noche la pasó en ese claro, pero se despertó antes de que amaneciera y vio la columna de humo procedente de nuestra hoguera. Cuando llegó a nuestro refugio, se encontró con el cura (del que, por cierto, no sé el nombre. Pero ahora está dormido. Como un bebé. Aunque ronca bastante. Mañana le preguntaré). Éste estaba husmeando el improvisado refugio y todos nuestros rastros. Juntos, siguieron nuestras huellas, aunque los pasos de Lidia, que es especialmente bajita, les han debido de retrasar bastante. Por eso han tardado una semana en encontrarnos. También aprovecharon las brasas de nuestras hogueras y los restos de comida que dejábamos para atraer conejos y comérselos. Se las han apañado bien, y el sacerdote parece ser un tipo bastante apañado.

Aún así, nosotros no hemos llevado un ritmo muy rápido. El profesor Martínez-Gordó es bastante corpulento y torpe. Suele tropezarse y se cansa muy rápido. Jolín también supone un hándicap. Suele alternar quejas y miedos, y solemos tener bastantes discusiones. La mitad del tiempo nos exige a Artemio, el bedel, y a mí que trabajemos más y mejor. ¡Y eso que somos los más eficientes!

Sin embargo, Artemio resulta ser sorprendentemente ágil, pese a su edad. Esquiva las irregularidades del terreno como una cabra. Y es muy hábil. Un manitas. El hecho de que sea tan menudo y delgado le facilita mucho las cosas, supongo. Aunque Jolín también es bajito y delgado, pero muy torpe. Resulta hasta gracioso verle cargar con ramas secas para hacer la hoguera. Al menos ha perdido ya el escrúpulo de matar a los conejos. Normalmente preparamos trampas con una camiseta (que llevaba en mi mochila. Es bastante vieja, y le damos un mejor uso así que poniéndomela) y una cuerda que fabricó Artemio. Con hojas por encima, escondiéndonos, y una infinita paciencia, logramos cazar algún conejo. Son sorprendentemente curiosos. Una vez cazados, hay que matarlos. Generalmente les retorcemos el cuello, ante las muecas de asco de Jolín.

Pero en fin, seguimos inmersos en un mar de dudas y de vegetación. Continuamos siguiendo el riachuelo, siempre hacia el norte, sin saber qué nos deparará mañana.

Lascivo. 2009

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La cortina del viento

Publicado por laindeba en Miércoles, 19 agosto, 2009

cortina

En Auschwitz, durante la segunda guerra mundial, la cortina de una ventana era la silenciosa confidente de Daudeth. A la joven y hermosa judía, le había sido perdonada la vida, porque el capitán, Klaus Straffer, necesitaba una criada para todo servicio.
Y en una habitación, que era el lugar en donde ella debía acceder a los deseos más bajos del alemán; otras veces, también aquel espacio era terreno para desahogarse cuando se encontraba sola; aunque afuera, a unos cuantos metros, constantemente escuchaba lo que sucedía en aquel campo de concentración.
Desde aquella ventana, la joven, por el sólo echo de querer respirar aire, observaba los horrores más grandes cometidos por el tercer Reich. Impiedades que más dolor sumaba a su ser.
Cierto día, ocho hombres abusaron de ella. Después de aquello, apenas se pudo levantar de la cama y se dirigió hacia la ventana. Tres soldados afirmaban a una mujer embarazada que en ese momento iba a dar a luz. La fémina colgaba de sus manos desde un madero, pues no podía parir. Los gritos y la escena, más helaron el alma de Daudeth. Pronto, vio llegar a escena al capitán Straffe; quien provisto de un cuchillo y rapidez, abrió el vientre de la judía, tomó al bebé, le cortó el cordón de unión, y lo arrojó a los perros. Luego, sacó su arma y disparó en la cien de quien ya jamás sería madre.

Y aquella cortina movida por el viento, una vez más, fue lo único que Daudeth encontró como refugio cuando brotaron sus lágrimas con impotente silencio.
En la tarde de ese día, el mismo capitán fue quien la encontró sin vida en aquella habitación.
Con la cortina que tantas veces movió el viento acariciando su rostro durante tanto tiempo, se ahorcó en una viga.

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