SOPA DE RELATOS

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Es tarde ya

Publicado por rodriguezda en Martes, 8 marzo, 2011

Parpadeé en medio del sueño sabiendo que podrías desaparecer,

Ahora sé que estas lejos y tus ojos miran otro ojos.

Tus manos toman otras manos y las mías siguen buscándote a ciegas.

Mis pies caminan siguiendo tu recuerdo,

Y mi olfato sigue enamorado de tu alma y de la estela que se ahoga entre mis abrazos y mis besos al pasado.

Ha pasado el tiempo cuando el sol calentaba mi espalda,

Ahora la sombra alumbra mi camino,

Y el calor seguirá en mí,

Soy algo que se convirtió en alguien por ti.

 

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Te buscaré

Publicado por rodriguezda en Lunes, 7 marzo, 2011

Y cuando llegue la noche te buscaré,

Te buscaré con mis ojos siguiendo la luz de tu alma encendida.

Te buscaré con mis manos, cazando a la cadencia de tu risa, la suavidad de tus caderas.

Te buscaré con mis pies frecuentando las huellas que dejaste en mi piel.

Te buscaré guiado por el latido de mi corazón mientras escucho y me enamora el ritmo de tu caminar.

Y cuanto más te busque más te esconderás entre mis cobertores y más aparecerás entre mis sueños.

Cuando te encuentre,

Te examinaré de pies a cabeza parando sólo en cada centímetro de tu piel para agradar a tu aroma.

Cuando te encuentre,

Te daré un beso y sólo uno… para empezar.

Cuando te encuentre,

Tomaré tu mano y tú tomarás mi corazón,

Cuanto te encuentre,

Y si soñando estaré eternamente a tu lado, viviré mi vida en sueño y despertaré sólo para dormir eternamente.

 

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Cualquier día será el día

Publicado por rodriguezda en Lunes, 7 marzo, 2011

Y otra vez caminas solo,

Los pasos son más seguros,

La libertad que sólo la soledad te puede dar, transpira por tus poros.

Conociste el amor, probarlo y hacerlo parte de tu vida te hizo crecer, madurar si se quiere,

Pero el amor es inmaduro, es infantil, inocente y febril fuente de experiencias.

Ojala la vida fuera como el amor,

Nacer cada mañana y morir cada noche,

Tomar cada beso como ambrosía y sentir cada palabra como una descarga al corazón,

Un polo atierra para los pasos, con una única dirección.

Y otra vez caminará a tu lado,

Con nuevos ritmos te acompañara paso a paso,

Viendo su rostro entre la niebla de deseos vagos e instintos,

Guiado por la dulzura de su voz al pronunciar su nombre,

Marchando el amor de regreso a tu corazón.

Con nuevo rostro, nuevo andar pero el viejo y bienaventurado sentimiento que te trajo a este mundo.

Te busca y te encuentra,

Te guía y te acompaña y te llevara hasta el final,

Donde todo volverá a empezar.

 

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Es hora…

Publicado por rodriguezda en Lunes, 7 marzo, 2011

 

Abre tus alas, son tan grandes que abarcan el cielo donde te poses.

Abre tus manos, son tan fuertes que sembrarán flores de cristal.

Abre tus ojos para que veas tan lejos que puedas ver tu corazón.

Camina con pié firme, que tus huellas son indelebles al paso del tiempo como perpetuo el recuerdo de tu voz.

Ten mucho miedo, de dejar al tiempo ganarte la partida.

Ten mucho coraje, para dejar a la voz cantar lo que el papel quiere escuchar.

Ten mucha paciencia, para dar el golpe que cierre el camino del fin de los viejos tiempos.

Deja que el río inunde la vieja vereda donde duerme tu pasado.

Que tus rodillas en tierra y tu rostro elevado al cielo abracen el porvenir que la tierra prometida de la nueva era sean bienvenidas.

Hoy es el día para empezar de nuevo, la puerta te espera, la llave está en tu interior.

 

 

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Las tortugas y el correo

Publicado por rodriguezda en Domingo, 27 febrero, 2011

El primer ingeniero del mundo fue Dios. Con su perspectiva lógica y organizativa, en pro de construir un mundo para bastantes milenios, al menos 5000, realizó un análisis exhaustivo y bien documentado sobre las necesidades del mundo y decidió asignar una responsabilidad a cada animalito, muchos de los cuales no eran como los conocemos hoy en día.

Los elefantes, por su tamaño y peso, serían los constructores de caminos. Trabajarían varias horas a la semana y siempre andarían en grupos numerosos para asentar bien el camino. Un paso abre una ruta, un segundo paso la consolida y el tercero le da su visto bueno, por eso los elefantes bebés van a la cola, sus ojitos están más cerca del suelo que los de sus predecesores.

Las jirafas, siempre con su actitud elegante y tras obtener su tan anhelada visión superior, (la verdad, se creían de un estrato más alto que los demás animales… aunque aún no existieran las clases sociales), serían los vigilantes y guías de las diferentes aves, con sus largos cuellos podrían controlar el complicado tráfico aéreo.
Las tortuguitas no eran como las conocemos hoy, caminaban en sus dos paticas traseras y eran bastante delgadas ya que carecían de su caparazón. Además de esto, tenían la característica de expresarse muy bien y tener excelentes relaciones con las diferentes especies pese a su mala memoria, eran considerados los despistados más tiernos de toda la creación. Buscando aprovechar su amabilidad, les fue asignada la responsabilidad de comunicar a los animales llevando mensajes escritos, verbales, regalos y todo aquello que un animalito quisiera dar a otro, y considerando que era un mundo nuevo y libre donde todos eran iguales, era algo muy común, pero claro está, no era comunistas; no existían las clases sociales, mucho menos los partidos políticos.

El primer día de reparto de la correspondencia, las tortugas cargaron cinco cartas aproximadamente, sus paticas sin dedos sólo les permitían sostenerlas uniendo ambas extremidades y cuando se tropezaban se caía una por casualidad, el levantarla les tomada varios minutos y en algunos casos horas. Con esto el reparto era bastante lento y las cartas y paquetes llegaban una y hasta dos semanas después de lo estimado. Las invitaciones a los matrimonios llegaban el día del divorcio de la supuesta feliz pareja, las galletas de nuez de mamá coneja llegaban convertidas en pequeños árboles de nuez, los juguetes para los bebes recién nacidos se convirtieron en regalos de universidad… caminando a diez kilómetros por hora, llegar de Maicao en la Guajira a Chachapoyas en el Amazonas, puede llevarte bastante tiempo.

Preocupadas por su desempeño y por la molestia de sus clientes, las tortuguitas solicitaron una audiencia con Dios. El vocero de todas las tortuguitas llego muy puntual y elegantemente vestido a la reunión, en la cual Dios fue muy atento y tomó muchos apuntes sobre los comentarios y razones que expresaba el primer gremio de correo y transporte del mundo. Después de varios días de pensar, muchas ideas buenas y otras no tanto, estableció los cambios que tendría la especie considerando sus características y deseos de realizar su función lo mejor posible.

Al día siguiente, cuando las tortuguitas abrieron sus ojos se dieron cuenta que eran más pequeñas y no de tamaño sino de altura, ahora estaban más cerca del suelo y sus brazos no tenían la misma movilidad que antes, sin embargo sus cuellos se movían más y en diferentes direcciones, incluso hacia atrás, aunque en esta posición, daba contra algo que no había antes. Era un baúl, al menos eso parecía. Una gran caja ovalada que hacía parte de su cuerpo. La reacción no se hizo esperar, cada una de ellas llegó donde su vecina para darle el tour por su nuevo y bien decorado aposento, con afiches, cuadros, fotos familiares y sobre todo, el espacio designado para su nueva oficina.

Ahora podían cargar más de cinco cartas, cinco paquetes, cinco regalos y cinco recados. Además, con el paso del tiempo, el internet móvil y la tecnología les permitió saber donde estaban exactamente y comunicar a sus siempre felices clientes, cuando estarían llegando con su entrega. Desafortunadamente, los hombres como siempre tomaron una gran idea, la “humanizaron” y ahora tenemos que adivinar cuando estarán llegando nuestros envíos y rezamos porque le pongamos más atención a lo que la naturaleza ya hace mucho mejor.

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El Asilo – Capítulo 1: Siembra y Cosecha

Publicado por rodriguezda en Miércoles, 8 diciembre, 2010

1.

Como de costumbre el miércoles en la noche, al igual que las noches de los días restante de domingo a jueves, era el horario de chequeo de las citas del día siguiente. La revisión, en primer lugar con su resaltador color verde fluorescente sentado en su pequeño escritorio  fabricado por su padre muchos años atrás, con la compañía infaltable de la clásica agenda de cuero amarillo ocre, regalo de navidad de la tía Martha. Al igual que los últimos siete años en las últimas siete reuniones familiares donde sonreía al tomar el regalo rectangular con aparente sonrisa de sorpresa y decir <<No lo puedo creer!!! Mañana iba a comprar una nueva agenda!!! Me has salvado tía, por eso eres mi favorita>> y proporcionar un gran (y para nada fingido) abrazo a su querida tía. Una persona dedicada a dar regalos muy prácticos pero poco llamativos; aunque escasas, la mayoría de personas como Ricardo preferían esta clase de  regalos, prácticos y poco llamativos.

Siempre había pensado que era un escritorio pequeño por tener un solo cajón pero perfecto para cumplir su función; además, siendo una persona de estatura algo menor al promedio en Bogotá (según la última medida 1,65 mts.) con poca atracción por las actividades físicas, lo cual le había permitido mantener su estructura delgada, no tenía problemas de espacio y no requería mayor respaldo para sus hombros angostos además de un poco caídos. El inventario era muy puntual, sus gafas con aumento de 3.5 en uno, 1.25 en otro (el de 1.25 creía, el otro seguro), su agenda y su resaltador de punta delgada.

Cuando el último trazo verde ahogado le evitaba confirmar la culminación exitosa o establecer el avance de alguna tarea, abría el tercer cajón de su escritorio del consultorio para encontrar una cariñosa pero firme nota:

“Sé que debe estar por terminar su último resaltador, aquí hay uno nuevo.

Por favor arrojar el vació en desechos plásticos”.

La primera línea terminada con una pequeña cara feliz. La segunda línea estaba acompañada de una cara bastante seria. Este mensaje siempre lo hacía reír y era el recordatorio perfecto para su parada sistemática en la papelería. Como su agenda, sus actividades eran programadas, revisadas y ejecutadas por reloj. Sandra lo consideraba una persona predecible, lo que consideraba hacía más fácil su tarea, ya sabía que iba a olvidar y ella estaría para cubrirlo, como cubría que el tercer cajón sólo lo revisaba cuando estaba buscando un resaltador nuevo.

Con un tono tranquilo y pausado, el que siempre utilizaba para sus notas mentales, pensó “Cupo lleno”. Sonriendo levemente (con su boca física) recordó al taquillero de una sala de teatro cuando quiso ver la última obra de su director favorito, asistió tres veces seguidas a la taquilla después de su última cita pero no consiguió boletas hasta que Sandra le ayudó a reservarlas por Internet. Él no era una persona muy cercana a la tecnología, su computador era una vieja máquina de escribir Royal que había comprado en su primer y único viaje a los Estados Unidos. La había conseguido en una modesta casa de empeños cercana a su hotel. Era la última pieza de artículos mecánicos que habrían campo a los nuevas tecnologías, tras mirarla por todos los ángulos posibles, y probar cada tecla dos veces (mientras el vendedor lo observaba con detalle) se decidió que era perfecta para él. El vendedor le preguntó tres veces si no prefería ver los computadores portátiles en promoción que valían sólo unos cuantos dólares más pero para Ricardo había sido amor a primera vista.

Recordaba el plan para contrarrestar un “cupo lleno” y el plan se respetaba. Llegar, saludar, atender, documentar, despedir, marcar y volver a iniciar el ciclo, al menos ocho veces. Siempre que contabilizaba las citas agregaba un pequeño símbolo ±2 por su “ley del completo”. Lo comenzó a hacer desde la primera vez que su agenda tenía una cita en cada hora del día (y aún no se llamaba “cupo lleno”), 13 meses después de iniciar a ejercer como psiquiatra, tuvo ocho pacientes diferentes además de los dos que se presentaron como emergencias; después (la primera vez desde la definición del título) se presentaron tres pacientes adicionales por crisis incontroladas pero sólo atendieron dos personas, el tercer paciente lo llamó un par de horas después de disculpándose por haber olvidado tomar su medicamento pero con alegría le informó que las pastas le habían dado un respiro a “Clau”, termino cariñoso que habían convenido para la claustrofobia en su tercera sesión que el bodeguero sufría desde los cinco años.

Después de cerrar la agenda, quitarse los lentes y restregarse suavemente los ojos. Giro su cabeza hasta escuchar un ruido desde cada punto cardinal. Su memoria era bastante buena, y las necesidades fisiológicas básicas de la pirámide de Maslow eran atendidas casi de forma automática. Acostado en su cama semidoble (de apariencia doble por su contextura) con las cobijas cubriéndolo hasta el pecho y los ojos cerrados, repaso mentalmente la lista de compras de frutas y verduras del día siguiente. La cantidad exacta de manzanas, plátanos y duraznos para las próximas dos semanas, aunque había demorado un mes en llegar al cálculo preciso ahora funcionaba como un engrane agregado a una gran planta de producción. Y la producción era muy precisa.

-Diego Rodríguez. 2010-

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La luz en la oscuridad puede ser más oscura (3 de 5)

Publicado por rodriguezda en Sábado, 8 agosto, 2009

Parte 2 aqui

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Dio una leve sonrisa a su hermano y una palmada en la espalda a Carlos.

Al perderse en los pasillos de la tienda, seguido por la mirada de Carlos, Mauricio se lanzó con apremio a cerrar la puerta y atravesar el seguro.

- Me siento alagado pero conoces mis gustos, además….

- Cállate, sólo cállate.

Carlos se sorprendió, no creía que su comentario había sido tan molesto, además creía que Mauricio tenía sentido del humor.

- Oye disculpa, era un mal chiste…

- Tienes que escucharme muy bien. Esta conversación queda entre tú y yo, si le comentas a Roberto le diré que estas mintiendo, ¿entiendes?

- Si pero…

- Por una vez en tu vida ESCUCHA.

- Claro, dime.

- Antes de salir de la librería el encargado tomo un libro y lo metió en la bolsa que contenía el que yo había seleccionado, estaba mirando fijamente a Roberto y le dijo a Roberto que era un recuerdo, para que volviéramos. Pese a que yo había pagado y mi mano esperaba recibir el paquete, él lo seguía mirando. Luego tomo su mano y le entrego la bolsa, y con una sonrisa le dijo: “Que lo disfrute”.

Se quitó los gruesos anteojos, puso sus dedos sobre los ojos fuertemente cerrados y continuó. – No sospeché nada, no hasta la tercera noche, fue cuando decidió comenzar a leer el libro. Como sabes tiene la costumbre de sentarse en su poltrona junto a la chimenea. Yo estaba muy cansado por haber organizado mi colección de libros y dormí como un bebe. Al día siguiente, me desperté a las ocho, si duermo bien me despierto un poco antes y sabes que la librería no abre hasta las diez.

- Al día siguiente, seguía sentado en la poltrona- Comentó mientras daba tres pasos hacia atrás para sentarse en la escalera. Su respiración se notaba agotada, más que del día, de un peso en su interior desde, por lo menos, varios días.

Carlos lo interrumpió cuando tomaba aire para continuar- ¿Roberto no está por llegar?

- No, se demorará por lo menos cuarenta y cinco minutos o una hora.

- ¿Cómo sabes?

- La lista de chequeo que tiene Roberto está mal.

- ¿Pero si tu…?- Antes de terminar su pregunta Mauricio lo interrumpió mirando los zapatos en gamuza café de Carlos.

- Hace una semana que todo comenzó, aunque siento que ha pasado una eternidad. Cuando pude entender lo que sucedía, comprendía que tenía que hacer algo, por eso te llame hace dos días. Lo siento pero… Roberto no sabía de tu visita, él no me pidió que te llamara. Fui yo.

La expresión de Carlos no cambió. Tenía la boca abierta, quería hacer tantas preguntas que se le atascaron en el cerebro y ninguna salió. Mauricio aprovechó su silencio para continuar.

- Ese día, él seguía como si nada… pasando las hojas, una tras otra. Le quedaban pocas pero no se molestaba en parpadear muy seguido, y cuando lo hacía, cerraba el libro. Si me preguntas, no quería arriesgarse a perder una letra del texto. Cuando se dio cuenta que lo estaba mirando giró su cabeza con lentitud, me miró sin expresar absolutamente nada. Mirar sus ojos era echar un vistazo a las ventanas de un automóvil vació. Sin pronunciar una palabra regreso su mirada al texto, leyó las últimas hojas, lo cerró con reverencia y cerró los ojos. Se quedó inmóvil. No iba a permitir que se quedara así por mucho tiempo pero antes de que mi mano tocara su hombro, reaccionó.

- “Hola manito”- sólo me dice así cuando está muy feliz- “¿Tu despierto a esta hora de la madrugada?, ¿Estás bien?”, me preguntó extrañado, pero te abras de imaginar mi rostro de estupefacción. Primero parece un zombi, después parece tener el mejor día de su vida. Claro está que sus ojos delataban la noche envela. Salió de la habitación para la cocina, imagino que a tomar una taza de café, mientras me incliné para tomar el libro, pero antes de tocarlo oí un grito… “¡NO!, es que no lo he terminado”, “pero vi que pasaste la última página”, “si, pero… hay cosas que no entendí y quiero volverlo a leer”.”Claro, no me lo llevo, sólo quiero ojearlo”, “NO, espera lo termino y te lo paso” dijo con nerviosismo mientras se agachaba y abrazaba el libro con fuerza.

Tomó un poco de aire y continuó mirando a los ojos a Carlos. -Traté de no prestarle atención y continué mi rutina. Me vestí y desayuné un poco. Roberto cerró la puerta del estudio y cuando le preguntaba algo me decía “Ya voy”, “No te preocupes yo lo hago” y al final “Nos vemos en la librería”. Nunca llegó. Lo llamé a la casa pero tampoco contestó. Me preocupé y le marqué al celular, me contesto y sin dejarme hablar dijo “Estoy ocupado”, después de eso lo apagó. Ese día, hace tres días, cerré un poco antes, regresé a la casa y seguía encerrado en el estudio. Golpeé en la puerta pero no hubo respuesta, un par de minutos después abrió, pensé que en respuesta a mis preguntas y constantes golpeteos pero era para ir al baño. Aproveché su salida para entrar y lo que vi… lo que vi no me lo creerías. Había tomado todo el papel de la impresora y el de reserva, en total tres resmas, algo así como mil quinientas hojas… estaban por todo el piso y pegadas a las paredes. Tenía un montón de dibujos en negro y rojo, pude coger uno antes de salir corriendo de la habitación-. Dijo sacando de su bolsillo derecho con la mano un poco temblorosa, una hoja doblada en tres partes.

- ¿Qué es esto? – Apuntó Carlos pensando en girar la hoja para encontrar un mayor sentido a lo que observaba.

- Estuve investigando, en internet, se llama… o le dicen Nyarlathotep, el caos reptante. Es descrito en ese libro.

—Diego Rodríguez. 2009—

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El último relato (2 de 2)

Publicado por rodriguezda en Jueves, 6 agosto, 2009

Parte 1 aquí

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- Mi corazón golpeó con violencia cuando vi una zarpa surgir de la figura oscura, se estiraba… se estiraba y venía a mi rostro. Sus dedos, largos y pútridos se movieron con velocidad, tomo mi frente y aseguro mi cabeza con sus pezuñas, con el tacto baboso de su palma, abrió mi mente de par en par. Pude ver como brotaban mis más profundos sentimientos, los miedos que había ocultado y como ÉL o ESO disfrutaba. Giraba su cabeza de placer, me recordó a Susana cuando tenía un orgasmo, se veía hermosa. Él sabía cómo se veía, él quería… que lo viera igual. En uno de esos movimientos, su cabeza perdió la capota que lo cubría, y pude ver el fin del mundo en un agujero negro y perdido.

- Así es, carecía de rostro,- cerró sus ojos  por cinco segundos mientras su boca continuaba. Caminó en dirección a la cama, se sentó, apoyó sus brazos y tomó su cabeza entre sus manos, – El agujero era una puerta, su interior emulaba una exposición de arte, donde todo lo que había robado… los cuadros estaban repletos de mi. Cerré mis ojos esperando que la imagen desapareciera, pero sufrí una fuerte sacudida, y comencé a caer por un abismo más negro aún. Cuando mi cuerpo tocó el piso, me encontré frente a una puerta, debía medir al menos tres metros de altura, la decoración parecía el hijo bastardo de las creaciones de H.R. Giger y Cliver Barker-. La última frase salió con una leve sonrisa honesta.

– Rostros, tantos como podían caber sin dejar un milímetro de espacio libre. Cada uno con una expresión de dolor más profunda que el anterior. La madera ocultaba el color de sus ojos pero vigorizaba con gritos de realidad la agonía, presente desde el principio de los tiempos, en cada rasgo. La puerta se abrió cuando parpadeé sin desearlo. A mi espalda, el vació comenzó a consumirse, como se consumía el rostro que pretendía olvidar.

Sin dejar de hablar, alzó su cabeza y observó fijamente la cama, no recordaba cómo había llegado a ella y se alejó con un movimiento violento. Continuó caminando sin dejar de mirarla, hasta llegar a la pared opuesta y se sentó en el inodoro  -Comencé a correr desesperado, gritando, viendo como los cuadros caían cuando posaba mis ojos sobre ellos. Lo que había sido un recuerdo era presentado de manera morbosa y grotesca. Aquella vez… cuando Susana estuvo hospitalizada… antes de caer, en la imagen, yo estaba tomando su mano mientras ella sonreía con ternura en la cama del hospital, tras caer y romperse el vidrio, yo sujetaba un cadáver en avanzado estado de descomposición, gritando mientras brotaban lágrimas de sangre. Ya no estábamos en el hospital, estábamos junto a una casa, la misma que habíamos visitado una semana antes del accidente, la que consideramos comprar. Una hermosa edificación estilo victoriano, dos pisos y una buhardilla. La casa estaba en ruinas, al parecer tras un incendio, las ventanas del segundo piso y la buhardilla tenían barrotes, de ellas salían pequeños brazos con heridas profundas, su piel era consumida por insectos, con ellos podían verse los niños a quienes pertenecían, sus rostros estaban llenos de locura y rabia ciega. Queríamos tener tres hijos, dos niños y una niña… él también sabía eso.

Seguí corriendo hasta llegar al aparente final del pasillo, en el había un marco similar a los anteriores pero sin imagen. Cuando me acerqué lo suficiente me di cuenta que vidrio era un poco más grueso, pude ver que era una ventana, y al asomarme mi cordura toco fondo. Podía ver un hombre vestido en una bata gris, sucia y vieja, corriendo por los pasillos una y otra vez… era yo. Me veía corriendo entre las imágenes cada vez más depravadas. El final del pasillo era la misma puerta de inicio. En cada recorrido el pasillo se angostaba y los seres de los recuadros cobraban vida. En el último recorrido, pude ver como tropezaba, de la alfombra surgían manos para sujetarme y recordé el último cuadro visto antes de caer. Tenía los párpados y los labios bordados con alambre de púas.

Esta imagen y la aguja oxidada acercándose cada vez más a mi lejano yo, me hizo rasgar mi rostro con impotencia. Por un instante, el dolor hizo que en mi mente estallara un grito, y aunque mis ojos parecieron cerrarse para siempre, reaccioné por la fuerza de los brazos sujetándome. Sentí el calor de la aguja entrar en mi rostro, la sangre de mis párpados toco mis labios… fue cuando desperté… de nuevo.

Al terminar la frase, Carlos se dio cuenta que estaba empapado en sudor, sus manos se habían aferrado con tanta fuerza al inodoro que sangraban, solo un poco y lentamente. Tras un suspiro largo, sacudió su cabeza, sus ojos se mostraron aliviados.

Por primera vez en toda la noche Carlos parecía consciente de su situación. Parándose  –DIGAME USTED Dr., ¿fue real?, ¿la criatura había estado allí?, ¿había regresado a su origen?, y… ¡¿POR QUÉ BUSCO CADA NOCHE VOLVER A VIVIRLO?!- La última frase salió con sus manos a sujetar los hombros y la atención del doctor, esperando encontrar una respuesta en los vidriosos ojos.

Como siempre, la respuesta fue una palmada en la espalda, compañía hasta la cama y una inyección de Lorazepan como beso de buenas noches.

En la puerta de la habitación 409, mirando fijamente la cama casi vacía y con los ojos llenos de lágrimas, el Dr. Alejandro Sepúlveda pensó en voz alta –Es el mismo relato de los últimos cinco años…desde que llegaste–. Aunque no debía, dio la espalda a quien alguna vez había sido su hermano y novelista favorito. Cerró la puerta de la última habitación del pasillo 3B del hospital psiquiátrico de Arkham y culminó su turno registrando en su grabadora la visita al paciente UP102625: “Revisión 229: No hay cambios. El sujeto sigue en estado de Shock. Causa: Desconocida”.

—Diego Rodríguez. 2009—

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La luz en la oscuridad puede ser más oscura (2 de 5)

Publicado por rodriguezda en Lunes, 3 agosto, 2009

Parte 1 aquí

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- Libro…bayetilla…

Su rostro se mostro melancólico, temiendo que volvería a suceder.

-Ah, sí… ¿Para qué lo quieres?

- Para Carlos, se lo había guardado.

La tristeza cambio por un sentimiento de tranquilidad opaca y a la vez piedad.

-Ah, lo dejé guardado aquí, bajo las escaleras en la caja fuerte.

- ¿Y para qué lo habías dejado ahí?

- Por seguridad…por la seguridad del libro. <Y la de nosotros, de ti especialmente>, pensó aclarando su garganta.

–Déjame sacarlo.

Con un poco de esfuerzo, se inclinó y giro la perrilla de la caja fuerte mientras Roberto repetía en silencio los números. La sacó fácilmente y la puso bajo su brazo izquierdo, además del libro, sólo guardaban un cofre con el dinero de la semana.

La caja de madera había sido pintada con tintilla color caoba, dándole un toque elegante a las vetas naturales. La terminación denotaba un esfuerzo considerable, una inversión módica en dinero pero significativa en tiempo. Antes de terminar de cerrar la pequeña puerta, vio arrebatada la caja con fuerza, pese a esto no reaccionó, quizás porque esperaba que todo acabara muy pronto.

Mauricio acariciaba la caja con sus manos y su mirada, su rostro recordaba un amante obsesionado. Pasaron siete minutos y la necesidad de parpadear hizo que levantara la mirada hacía Carlos, quien estaba también absorto pero en la expresión de su amigo.

- Este es, tómelo.

Estiró la caja sin perderla de vista, temiendo que pudiera volar si la soltaba antes de que Carlos la hubiera tomado. Al soltarla el rostro de Mauricio pareció relajarse, como un campista al llegar a su destino después de un largo viaje. Aunque trató de buscar lo que tanto había llamado la atención de su amigo, sólo veía una pequeña caja de madera de peso mediano y cierre broche.

Antes de destaparlo suspiró profundamente, < ¿está nervioso no por la caja sino el contenido?>, pero antes de responder su pregunta, sus manos levantaron la cubierta y vio una bayetilla color rojo vivo cubriendo una forma rectangular, su tamaño: dos centímetros menos del volumen de la caja. Miró a Roberto, sus ojos habían perdido la chispa oscura y volvían a ser los del pacificador que había conocido buscando libros en una jornada matutina. Por el contrario, los ojos de Mauricio seguían sumergidos en una tristeza culpable.

Su mirada regreso al contenido de la caja, tomo la bayetilla del borde inferior y tiro suavemente. Poco a poco brotó un empastado en cuero color café oscuro, su desgaste lo mostraba como un libro bastante antiguo, no había título en la portada. <La portada no es> pensó pasando la mirada rápidamente del libro a Mauricio, a Roberto, al libro. Paso la mano por la portada como solía hacerlo con todos los libros antes de comprar, sentía que el tacto le diría más si valdría la pena que la reseña de las solapas. Dejo la caja a un lado y lo giró hasta observar todos los ángulos posibles. Parecía una costumbre, pero antes de abrirlo miro a sus acompañantes, al no notar cambio alguno en sus miradas ni actitudes, giró levemente la cabeza y levanto la tapa: Al Azif.

- ¿El Necronomicón? –

- ¿Lo conoce? Preguntó Mauricio tornando su preocupación en expectativa.

- Si… conocerlo, conocerlo no. He escuchado de él, leí algunos cuentos de Lovecraft y he visto algunas películas sobre el libro, incluso vi una edición pero me pareció demasiado fantasiosa, sólo eran dibujos y los supuestos conjuros.

- Este es el original.

Espeto Roberto con una sonrisa. – El original.

- Si claro… un libro que no existe y esta es la versión original, buena esa Robertico.

La sonrisa se borro y redujo la distancia a 10 centímetros. – Es el original, la persona que me lo regaló me dijo que lo había conseguido en una librería en Grecia. Un barco naufragó, nadie sobrevivió, transportaban entre otras cosas libros y este estaba cerca a una caldera, un tripulante lo quería quemar.

- ¿Pero me acabo de decir que nadie sobrevivió?

- Era el bodeguero del barco. Después de que le quitaron el libro, pidió algo para beber, le dieron una cerveza, bebió dos tragos y luego rompió la botella. Los oficiales del puerto pensaron que los iba a atacar pero dijo: “lo intenté, Dios sabe que lo intenté”, y se cortó la garganta.

- No creo que sea verdad. Además, ¿se lo regalaron?, ¿regalaron un libro original y único?

Preguntó Carlos con escepticismo, esperando una risa ahogada de Roberto mientras decía <te dije Mauricio que caería, ¿qué tal mi actuación?, ¿la de Mauricio?… somos muy buenos. ¿El libro?, lo hizo un amigo, es en realidad una colección de hojas de periódico>.

- Eso dicen.

Comentó Mauricio atajando la respuesta malhumorada de Roberto. – Dicen que ha pasado de país en país, nunca lo han vendido, siempre regalado. La persona que se lo regaló a Mauricio es de una librería del centro, donde venden libros usados. Entramos a mirar como de costumbre, cuando saludamos el encargado miró fijamente a Roberto, algo que me pareció extraño pero no le presté mucha atención. Mientras mirábamos los estantes nos dijo que por cada dos libros que compráramos nos regalaría un tercero, nos pareció una muy buena oferta así que empezamos a mirar. Después de media hora no encontramos nada que valiera la pena, así que nos dispusimos a salir, pero el encargado nos detuvo diciendo que nos regalaría un libro si llevábamos otro. Así que repasamos las secciones que cada uno preferimos, el filosofía y yo historia, Mauricio no encontró nada pero yo sí, desgraciada mi vida que sí.

Se detuvo un momento para tomar aire, aunque parecía más para suspirar. – Le dijimos que agradecimos su cortesía pero que no podíamos aceptar. Pero antes de…

Se vio interrumpido por una cabeza barbada asomada en la puerta de la bodega. –Disculpen, ¿señor González? Vengo de Editorial Mundo Viejo, traigo el pedido de Agosto y Septiembre.

- Claro…hoy es 1 de Agosto…Roberto, ¿podrías atenderlo por favor?

- Si, seguro.

—Diego Rodríguez. 2009—

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La luz en la oscuridad puede ser más oscura (1 de 5)

Publicado por rodriguezda en Sábado, 1 agosto, 2009

Ser escritor es un oficio hermoso, pide corazón, un buen vocabulario y mucha disposición. Sin embargo, la inspiración, maestra de ceremonias de las palabras puede ocultarse ocasionalmente. Con el escenario adecuado, como una cena romántica de ideas, puede regresar en corto o mediano plazo, pero en algunas ocasiones es necesario acompañarla en el camino y demarcarlo para asegurar su pronto retorno.

Para algunos escritores como André Geant (era su pseudónimo…”para vender más libros” le dijeron sus editores, pero su nombre como trataba de que fueran sus obras, era muy colombiano, Carlos Alberto García), el camino estaba marcado por los libros de su escritor favorito, al menos hasta la publicación de su décima novela, la cual había sido el resultado de un esfuerzo casi sobre humano. No la había disfrutado mucho y había dudado más que sobre cualquier otra cosa que hubiese hecho en su vida.

Al tratar de buscar su musa, que se escondía en libros desde la primera vez que se había ausentado, se vio perdido al no encontrarla en los tres últimos tomos (devorados en dos semanas) del creador del pistolero. Era su paracaídas de emergencia y había fallado. Seguía cayendo al vacío y la velocidad aumentaba, el movimiento de sus brazos no evitaba la caída y seguía sin encontrar un punto de apoyo. <¿Acaso hay un punto de apoyo a 3500 metros de altura?>, había pensado con amargura sintiendo que esa distancia se reducía a una velocidad considerable y no sabía qué hacer al respecto.

Escribir lo que había estado pasando en su cabeza los últimos diez minutos, le habría servido pero las ideas se iban tan rápido como llegaban y al estilo de los mejores ladrones, no dejaban ningún rastro. Si las ideas no se esfumaban de manera voluntaria, una persona mirándolo detenidamente era el disparo que ahuyentaba las aves más extrañas y amorfas que pudiera observar. Y era la tercera vez en ese día, en ese sitio, que alguna persona, en principio con la reacción de “es una persona famosa, pero ¿Quién?”, seguida de “¡es un escritor!, pero ¿de qué?” y diez segundos después (había contado el tiempo entre el cambio del rostro de la última persona) “¡novelas de terror!”, terminando con “algo extraño le pasa, lleva así mucho tiempo” y retirándose de un modo nervioso.

La pila de libros no había cambiado desde que había llegado y saludado a su amigo Mauricio, quien sabía hacia donde se dirigía. Los libros de Stephen King escaseaban y los que había disponibles ya los había leído, los que menos, tres veces. La última mirada que ahuyentó sus ideas fue una frase en principio lejana.

- … que desconfianza no, usted sabe que le reservo su copia y lo llamo cuando llega algo nuevo, pensé que después de tres años lo sabría-.

Sonrió sin voltearse y con el mismo tono de voz dijo lentamente –Así son algunas personas… primero entregan todo y uno les retribuye con su vida pero desaparecen sin previo aviso-.

Estrechando con camaradería (como siempre) la mano de Roberto, dijo mientras suspiraba con melancolía – o eso le pasa a mis ideas y no sé donde están las desgraciadas.

La risa no se hizo esperar y continuó hasta rendirse ante los gestos exagerados y ruidosos de su mejor amigo. Sin embargo había hablado muy en serio, estaba pasando por un bloqueo que lo hacía sentir como un pequeño hámster. Podía moverse y su esfera se movía pero no avanzaba, las ideas simplemente habían desaparecido y si fuera un juego de escondidas, habrían ganado con mucha ventaja.

- Cómo raro está buscando libros de Stephen King… por qué no mira otros autores, como Dean Knootz, Peter Straub, Horace Walpole, Clive Barker, Guy de Maupassant, Richard Matheson? o quizás… YA SÉ!!!

Dijo en un grito que aunque Carlos no estaba perdido en su mente, hizo que se sobresaltara de una manera considerable.

Roberto se notaba muy excitado, pasó su lengua por sus labios como un perro hambriento al oler un pedazo de carne fresca- Tengo…justo…lo que necesita…venga-. Aunque Carlos había entrado en repetidas ocasiones a la bodega de la pequeña librería del norte de la ciudad, casi siempre los días en que llegaban los pedidos de las diferentes casas editoriales, esta vez y sin mucho cuidado, algo muy extraño en Roberto, movía pilas de libros de un lado a otro a gran velocidad. En el proceso su desespero aumentaba considerablemente y un extraño miedo lo embargaba.

- A usted le gusta inventarse cosas raras, ¿no? – le había pregunta sin darse la vuelta y haciendo malabares para evitar tirar los libros que mantenía entre sus manos.

- A mucho orgullo sí. Contestó Carlos sonriendo pero sus palabras y su sonrisa se perdieron como un disparo en una guerra, Roberto estaba recorriendo con sus ojos y manos todos los estantes una y otra vez, sus movimientos no eran de una persona buscando sino un animal guiándose por su olfato.

- NOOOO MIERDA… Mauricio… MAURICIO. Los ojos de Carlos se mostraron extrañados al oír decir una mala palabra a quien lo había calmado en repetidas ocasiones, situaciones que implicaban por lo menos un rosario de groserías y propiciaban la creación de nuevas.

– Dime Roberto.

- El libro… el libro que tenía guardado en una bayetilla roja y una caja de madera oscura. La caja que hice yo, estaba por aquí, ¿verdad?, ¿verdad?

Carlos no sabía hacia dónde mirar. El rostro de Roberto mostraba un sentimiento que se había disparado sin previo aviso y por la saliva resbalándose de su boca, llevaba reprimida mucho tiempo. Era una persona tranquila y nunca había visto su expresión como ese día, menos cuando hablaba con la persona más importante en su vida, el resto de su familia. Como contraparte estaba Mauricio, un hombre de 61 años que había pasado la mayor parte de vida leyendo libros (sus gruesos anteojos eran fieles testigos) y manejando la modesta librería junto a su hermano menor, su rostro lo mostraba preocupado y culpable.

(Parte 2 aquí)

—Diego Rodríguez. 2009—

Publicado en Fantasía, Relatos por Capítulos, Surrealismo, Terror | 6 Comentarios »

El último relato (1 de 2)

Publicado por rodriguezda en Viernes, 31 julio, 2009

- Soñar es maravilloso, me gusta soñar, además siempre he tenido una imaginación vívida y maravillosa-

Dijo Carlos con sus manos tomadas sobre su espalda y la mirada perdida en la pared sur, su compañero lo escuchaba desde el extremo norte. El lavamanos metálico brillaba tenue bajo la escasa luz de luna que bañaba la habitación.

–Ese día había transcurrido con normalidad, los juegos y las risas consecuentes, junto a la compañía de mi querida Susana bajo una manta cálida. Tras mi acostumbrada cerveza fría y un vistazo al cuarto volumen de mi serie favorita, me recosté en la cama. No conciliaba el sueño y los minutos parecían horas… fue cuando comenzó…-.

Guardó silencio un par de minutos y continuo aún más sereno que antes -Consiente de estar adormilado, abrí los ojos y vi sólo oscuridad. La oscuridad también se alimenta, ¿sabías? Se alimenta de ti, abre la carta a los platos del día: tus recuerdos, anhelos, deseos, perversiones y el recomendado del chef: tus miedos. Se viste con pantalones claros, guantes de seda y un sombrero de copa, sazona con suspenso y ¡A COMER!- gritó con una risa histérica y desesperada girando hacia su acompañante en un gesto violento pero infantil.

- Quisiera que mi rostro expresara lo que llevo dentro, pero mis sentimientos no cuentan con recursos suficientes o están en una dimensión que no permite una alocución más humana.

Limpió la saliva de su mentón alejándose de la cama -¿Te has enamorado?…si…yo creo que si… ¿Recuerdas la primavera del amor?, ¿Cuándo la encuentras donde no la buscas y si la buscas te estaba esperando desde siempre? Ella fue la primavera de luz en aquella oscuridad- Irguió la cabeza y abrió los ojos concentrándose en los movimientos de sus labios.

- Sonó el lejano chasquido de la mano más delgada del mundo y ella sonriendo tomó mi mano en un campo de girasoles azules. Me alegró escuchar su voz, era un mundo maravilloso con seres mágicos que sólo existían en su presencia, de formas que agregaban páginas a mi imaginación. Las miradas imponentes iluminaban la frondosa y extraña naturaleza color naranja. Todo es maravilloso cuando el calor de un sol tan pequeño como una moneda de $20 alimenta más plantas de las que habitan en un mundo imposible.

Tras detenerse bruscamente se dejo caer de rodillas, tomando con fuerza las manos del Dr. Sepúlveda quien permanecía inmóvil en la blanca silla plegable.

–De repente la luz palideció hacia un triste crepúsculo, la oscuridad apagó la creativa belleza de aves aterciopeladas y arcoíris blancos, convirtiéndolos en perfecta agonía. Los seres se tornaron en almas en pena radiantes de extremidades desmembradas y llagas palpitantes… – Carlos comenzó a dar vueltas haciendo parecer más pequeña la blanca habitación acolchada –…la putrefacción de sus pieles se aceleraba conforme los gritos aumentaban y la sangre emanaba. Los pequeños canarios color biche, se habían convertido en roedores alados de dientes filosos y escamas ponzoñosas, que sin premura atacaban en bandada feroz, saciando sus chillidos pero no su dolor. No…su dolor.- El silencio continuó la narración.

El Dr. Sepúlveda espero y la espera dio resultado, Carlos se acercó lentamente y susurró – El chasquido sonó nuevamente, la oscuridad lo cubrió todo y regresé a mi cama. Ella estaba sentada a mis pies, tocando sus hermosos labios dijo: “Silencio… ¿Escuchas?”, mientras su mirada se desviaba y mi cuerpo temblaba. El espacio a mi alrededor se veía reducido por algo grande, pesado y sin forma, algo…– levantándose con cuidado se dirigió hacía la pared oeste,  su mirada se disipó por la pequeña ventana plastificada y los barrotes exteriores de la propiedad–…oscuro.

Su respiración se tornó tan profunda y fuerte como alto el tono de su voz, y pese al aparente principio de hiperventilación, el Dr. Sepúlveda observó sin asombro mientras se detenía frente a él, mirándolo fijamente –Mi cuerpo se paralizo, algo había salido de mis sueños y entrado en mi cuarto…mi boca se abrió excediendo sus límites y como un agujero negro ingirió todo lo posible, pero mi mente había abandonado mi cuerpo, sólo entre ideas rogaba convertir el terror que me embargaba en un grito de pánico que rompiera las risas melancólicas que distraían mi razón, y marcaban con carnes desgarradas la distancia entre el sueño y la realidad-.

Las lágrimas embargaron su rostro –El ahogado silencio de gestos inútiles aumentaban poco a poco mi terror, frías gotas de sudor empapaban mi frente y mis manos; Al parecer, mis pulmones estallarían antes de producir algún sonido, audible más allá de mi perdida imaginación. Se acercaba con pasos lentos, pesados y sordos, mi cuerpo seguía paralizado, mi mente desesperada. Mi cuerpo se sentía aplastado por su presencia, a medio metro de distancia de su figura. Tras su último paso, sentía… sentía su aliento cálido y putrefacto en mi rostro, no podía cerrar mis ojos… <no quería> – pensó excitado mientras secaba sus ojos.

—Diego Rodríguez. 2009—

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