SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

Archivo de Autor

Ombligo

Publicado por Javier Revolo en Viernes, 11 marzo, 2011

Caballos viajan al galope sobre tu cuerpo, bajando tus senos, hacia el sur, hacia las llanuras de tus mentiras tibias con su centro en el cortado ombligo, quieto y silente, en medio de tus gestos de sorpresa y tus silencios.

Adiós.

¿Cómo voy a hacer para huir de este día? No lo sé. Tal vez un viaje al centro de mí mismo sea suficiente. Pero ¿otra vez? Estoy harto, el centro de mí mismo siempre me abre con cara de sueño, como diciendo: ¿otra vez aquí? Y me da la espalda, dejándome entrar, sin remedio. Me dan ganas de llorar, no tengo a dónde ir… ya ni yo mismo me recibo con entusiasmo. La soledad es un recurso. Tal vez allí me encuentre bien. Quiero que nada sea importante y que todo sea nada. También quiero ser un cenicero. Buscar mi interior en una cerámica negra y brillante que recibe puchos encendidos en su espalda.

¡Oye! con tu permiso ¿me puedo sentir solo? Sólo un ratito, luego te devuelvo la importancia. Te devuelvo esa manera de mirar, te devuelvo tus mentiras, te devuelvo tu lugar. Pero por ahora me quiero sentir solo. No hay nada como sentirse así.

Ahora mismo hay una mosca golpeándose contra el cristal de la ventana que me separa del mundo. Las tibias manos te reptaron por el cuerpo entre susurros de delicias y el fuego que quemaba algo entre las manos para dar luz, mientras tú te deleitabas con una música que te hacia bailar y soñar. Afuera una ambulancia clavaba su sonido en las calles transportando un herido con quemaduras de tercer grado a un destino con cremas, gasas y gente vestida de blanco, mientras tú te encerrabas con los colores de la madera quemándose, subiéndote por las piernas.

Filosofía, música, arte. Nada resuelve el problema de la mosca que está reventándose contra el cristal que me separa del mundo. Por ahora. Afuera sigue de día y yo estoy de noche, en un suburbio de película, con gente que es mala pero de cartón, marineros de camisetas a rayas, putas que hablan gritando y tienen coloreadas las mejillas de rosa intenso. Yo soy el de la mesa del fondo. El escritor, con un cigarrillo en la boca, fumando mi desconfianza.

 

La mosca… se acaba de ir. Ya ni las moscas.

El escritor, decía, sentado en su escritorio de aprendíz de mago, en su mesa de bar de puerto de putas y marineros, con su mentira verdadera, que nadie cree. Cuba Libre en la mano, espera llegar a ser fotografiado pero desconfia, quieto, busca pistas de un asesinato que no ha ocurrido… para que le sorprendan las llamas del fuego y lo incendien y lo lleven con una sirena roja, sobre un asfalto de noche, a un lugar donde las llamas dejen de quemar.

Pero en eso se me ocurre que tal vez sacando cuatro ases…no. Mejor algo nunca visto. Ocho ases. Pero me miran mal ¿Por qué? como si estuviera haciendo trampas.

Hoy leí que la calidad no debería ser una noción para evaluar el arte.

Calidad como requisito. Este chico está bien vestido O vien bestido. Un libro, un cuento, una película, un cuadro, tienen que romper el promedio. Tienen que triunfar sobre la medianía. O sea, hay que dar espectáculo.

 

Señores, increíble, regresó mi mosca y se está reventando los ojos contra el cristal… ¡!!Qué tierno!!! Suena música de Joe Cocker (You can leave your hat on…) y entra una puta nueva al bar. Vestida de “no puta”. Los marineros a rayas no tienen tiempo de irse a cambiar de ropa, así que se quedan así no más. Y son felices con sus cabezas rapadas, odiando, fumando sus puchos en un puerto de mentiras, aplastando las colillas sin rabia, en un cenicero de plastico negro, atiborrado. Uno de ellos la mira al entrar y la sigue con la mirada, pero como que ella está en otra parte. La reconocen, es enigmática. Es la puta enigmática con la que se identifican todas las mujeres enigmáticas, las que dicen que aman a los gatos. Se sienta. Parece pensar cosas increíbles, es “la Maga” de Cortázar, la mujer de voz ronca y cortina de humo de tabaco de los boleros mejicanos, es la mujer inalcanzable. Algunas de ellas se casan y se convierten en odiadoras profesionales. Pero ella se vende sin mirar, sin pedir, desconfiada, sigilosa. Saca un cigarrillo y lo enciende. Su cuerpo son rieles de tren. Sus ojos son manos que te empujan para que te quedes donde estás, y el fuego sigue subiendo, de los pies a la cabeza, contorneándole las piernas. Esta sentada al fondo y escribe una nota en su cuaderno. Es el escritor del bar vestido de no puta.
En el puerto de las mentiras ellas entran y salen, como barcos, lentos, en la noche.

Me atraparon tus sirenas y me entusiasmé. El color de tus risas. La crueldad de tu inteligencia. Pero no nací para todo aquello y por eso me zambullí en el calendario.

Publicado en Fantasía | Etiquetado: , , , , , , | Deja un Comentario »

El otro Viernes

Publicado por Javier Revolo en Martes, 22 febrero, 2011

Robinson se encontró con un indígena en la playa al que, casi de inmediato, convirtió en su lacayo.

Con el trascurso de los días le enseñó su lengua, lo vistió y le explicó para qué servía el vestido y en qué consistía la vergüenza. Le habló de su dios. También lo instruyó en modos diferentes de trabajar ciertos materiales, diseñar herramientas y casas más eficientes. Viernes se deslumbró. Hizo unas cuantas oraciones en la playa y decidió convertirse en buen cristiano pero también, sin sospecharlo, se hizo comerciante.
Regresó a su aldea y explicó a sus compañeros, con vehemencia poco habitual en él, las novedades que había descubierto, pero ocultó la fuente de sus nuevos conocimientos. Se trataba -dijo a quien preguntó- de inspiración divina. Su nueva indumentaria era un ejemplo de su nueva magia. Los indígenas se mostraron reticentes pero, poco a poco, con el apoyo de los más jóvenes y curiosos, sus ideas comenzaron a practicarse con buenos resultados para los suyos. Vio crecer su influencia en muchos asuntos.
Mientras tanto, Robinson, más aliviado de su soledad, se sentó a esperar la visita de Viernes. Este se hizo esperar más de lo previsto, pues andaba ocupado en establecer su nuevo poder entre los suyos y encontrar el mejor momento para separarse del resto sin que lo siguieran.
Finalmente, cuando se volvieron a ver, Robinson le hizo conocer su intención de regresar a su tierra. Para tal empresa el apoyo del convertido Viernes era fundamental, sin embargo, Robinson se cuidó bien de hacerle entender que no era Viernes quien ayudaba a Robinson, sino todo lo contrario.

El indígena, a pesar de la pena que sintió al saber que su maestro deseaba marcharse, proporcionó los bienes necesarios para construir una sólida embarcación y trabajó casi sin descanso en su fabricación, bajo la atenta supervisión de Robinson. La servidumbre de Viernes era tan eficiente que casi todo lo que Robinson pedía, éste se lo traía o lo fabricaba para él.

Viernes era visto como un notable en su aldea, en la cual no le negaban nada, pues poseía trucos cada vez más increíbles que desplegaba frente a todos. Y aquello se lo debía a Robinson, pero nadie más lo sabía. Así que, con la nave lista y bien aprovisionada para el largo viaje, Robinson y Viernes se dispusieron a celebrar la próxima partida. Esa noche hicieron una fogata, bebieron mucho y Viernes bailó, hizo bromas y le habló, con alguna candidez -probablemente inducida por el alcohol- de sus conquistas, sus varias mujeres, y de su próximo matrimonio con la más joven de las hijas del rey. Robinson rió de buena gana y le palmeó el hombro.
Al amanecer, mientras Robinson dormía ebrio sobre la arena, Viernes le atravesó una lanza en el corazón. Construyó un tótem con partes de su cuerpo y plantó su cabeza sobre una estaca que colocó al fondo de la cueva, para así poder regresar siempre a adorar en secreto a su dios personal, el dios que le inspiró e insufló conocimientos tan útiles.

Publicado en Aventura, Cuentos, Fábulas | Etiquetado: , , , , , , , , , | 6 Comentarios »

Catálogo de sueños

Publicado por Javier Revolo en Martes, 15 febrero, 2011

Las luces potentes de la sala de exposiciones resaltan mis aerodinámicas líneas y el brillante color rojo de mi fina carrocería, mis cómodos asientos son de una suave pero resistente piel oscura, los controladores de velocidad y rpm se complementan con el sistema de navegación GPS y las pantallas de información y entretenimiento. En fin, que gracias a la inmejorable visión de uno de los mejores diseñadores del momento y una de las más prestigiosas marcas del mundo, soy uno de los modelos deportivos más cotizados y atractivos del mercado.

A él, sin embargo, le falta clase. De lejos se nota que es un advenedizo, con esos trajes ridículos y corbatas de colores encendidos con los que cree que va a tener alguna trascendencia social. Dice que vendió un cuadro “herencia de la abuela” para comprar el apartamento y sacarme de la tienda. Debe ser lo único inteligente que ha hecho en su vida, el idiota. Antes del desastre, en el concesionario, esperaba con ansiedad las fuertes manos del hombre de la abierta camisa blanca. Con él viajaría por largas carreteras a la vera de playas desiertas o por las de montaña, en las que mi doble tracción le haría sentir poder. Bueno, eso decía el catálogo, las fotos estaban ahí y yo salía en todas ellas siempre con él.

Al bobo le encantaba el sonido del seguro de las puertas activado por el control remoto, sobretodo si estábamos en una calle llena de gente, sonreía con esa falsa autoestima, repugnante. Apuntaba con el llavero y le subía la adrenalina, como si lo que tuviese en la mano fuera una Magnum. Sus amigos, igual de insípidos y engañados que él, parecían salidos de un ensayo de sociología escolar ¡Qué maravilla! -decían al verme- A uno se le ocurrió preguntar por el consumo de gasolina, luego se quedó pensativo como si hubiese dicho algo fuera de lugar, y cambió de tema.

La que llegó primero fue la novia, después compraron el cachorro. A los pocos meses se casaron. Hablaron de tener un hijo y hacer cambios. El pobre animal fue la primera baja, acabó en casa de la madre de ella, y a mí los días se me hacían interminables en el aparcamiento del edificio, hasta que una mañana se presentó el de las corbatas en una camioneta grande con un hombre joven que me hizo recordar al vendedor del concesionario. Me observó con detenida cara de aburrimiento, encendió el motor y solté mis mejores notas, creí que íbamos a dar un paseo. Todo para terminar otra vez bajo las luces de este cubículo, pero esta vez con modelos pasados de moda, de segunda mano y cansados, como los ojos del miserable, ese tipo tan distinto al hombre del catálogo de mis sueños.

Publicado en Cuentos, Fantasía | Etiquetado: , , , , , | 5 Comentarios »

El Rayo

Publicado por Javier Revolo en Domingo, 23 enero, 2011

Soy en las nubes presencia que el viento convoca. De las manos de un dios rubio fui la extensión que destrozó vastos hielos, árboles robustos, incendió bosques y mató animales de todos los tipos y tamaños. La sed de destrucción de aquél dios era casi tan grande como el miedo y bronca hacia su escurridizo hermano. Ocupaban todo el firmamento con sus persecuciones. Cuando esas contiendas juveniles llegaban a oídos del padre, éste enarcaba las pobladas cejas pero los dejaba estar, por no interrumpir el desarrollo de sus hijos, en todo caso, los juguetes destruidos no tenían la más mínima importancia.

Esos dioses murieron. El cielo quedó vacío por un momento para luego dar luz a un dios solitario y violento que impartía castigos sin modificar el rostro. Abajo, entre los árboles, uno de los animales agarró el pedazo incendiado de un tronco caído y lo llevó a su horda donde lo recibieron dando saltos y gritos. A partir de ese momento la oscuridad comenzó llenarse de puntos de luz.

Con su presencia y una mirada que escrutaba todos los rincones en busca de víctimas, el mundo se convirtió en un lugar sangriento. De arma juvenil pasé a ser castigo de la furia divina. Sin embargo, seguían creciendo pueblos oscuros bajo este dios obsesivo cuyo símbolo era una paloma blanca.

Un hombre elevó un artilugio acercándolo a las nubes, un ínfimo y ligero objeto, diminuta forma aérea a la que asesté un golpe mortal. Caí en su trampa. Desde entonces la oscuridad solo se podía encontrar en el corazón de los hombres, pues el mundo se llenó de luz. Ese hombre la atrapó en un frasco incandescente y lo colgó en los techos de sus casas, a lo largo de las travesías, incluso se veían puntos de luz sobre el mar, dentro de las frágiles naves solitarias. Todo mi poder domesticado en un tubo ridículo! Fue grande la humillación. Esos hombres ahora se ufanaban, y la algarabía se hizo tanta que comenzaron a burlar al solitario y obsesivo dios del ojo.

El tubo iridiscente se convirtió en el dios que infundió a esos hombres de arrogancia, al punto que se están quedando sin nada más que destruir en su nombre. Al igual que sus dioses, los hijos humanos desatan una ira irracional, ésta vez contra la naturaleza. Hijos de padres violentos, ya se sabe.

Vuelvo a la cita. El viento recorre sin obstáculos el mundo, el mar barre con sus olas costas vacías, las plantas florecen y renacen los dioses, pero ya no hay nadie que los tema y el firmamento es, de nuevo, patio de juegos y persecuciones. Como sus bombillas incandescentes, hace mucho que el hombre se apagó, para siempre.

Publicado en Cuentos, Fantasía, Fábulas, Mitológico | Etiquetado: , , , , , , , , , | 2 Comentarios »

¿Dónde esta el nueve?

Publicado por Javier Revolo en Martes, 18 enero, 2011

Me despertó la basura. Los lunes por la mañana llegan a una hora indecente y tengo que aguantarme porque vienen a hacer su trabajo o simplemente -esto puede ser más veraz- porque no me puedo quejar. El hecho es que, ya que estaba despierto y con pocas ganas de meterme a la ducha, decidí ver las noticias en mi canal favorito. Aquí empieza el serio problema que voy a tratar de describir y que, espero, entiendan.

Mi televisor es un aparato moderno (no los voy a cansar con descripciones) le di al “power” del control remoto y se encendió, pero en lugar de aparecer en la pantalla que indica la emisora el número nueve, apareció, con la misma programación, el canal 8 -que, por cierto, no hay ningún canal 8 o no lo había hasta ese momento-. Cogí el control remoto y busqué el número nueve pero !!no lo encontré!!! observé cuidadosamente el dispositivo y no lo podía creer, me puse a contar los botones, a rascar un poco a ver si había pasado algo y el nueve estaba oculto de alguna forma. Cambiaba los canales y siempre, después del 8, aparecía el 10. Miré el reloj de la pared y comprobé con horror que también faltaba el nueve. Fui al baño y traté de tranquilizarme, me dije no, de ninguna manera, esto es un sueño y quiero despertar. Claro, cuando dices eso en sueños puede que de resultado y despiertes, pero en este caso todo lo que sucedió fue que la realidad de mi entorno me informaba que estaba absolutamente despierto. Corrí a llamar a mi madre a su móvil, tenía que empezar marcando… bueno, desesperado cogí mi agenda y en todas partes donde debía ir un nueve había un ocho, irremediablemente. Llamé marcando el ocho y contestó mi madre. Hablamos un rato y me pidió que me tranquilizara. Pero acto seguido dijo algo que me puso los pelos de punta. No sabía de qué hablaba. ¿Un número que se llama “nueve”? entonces corté por desesperación pues sabía que se iba hacer más grande si seguía hablando con ella.

Una calculadora. Un calendario. Libros de matemáticas, páginas numeradas, en fin, todo y nada, no había rastros del nueve por ninguna parte. Cuando hacía operaciones con la calculadora me daba cifras “correctas” con múltiplos de todos los números, menos del nueve.

Salí a la calle y le pedí a un chico que me hiciera el favor de contarse los dedos de la mano… no exagero, el chico salió corriendo. Un hombre que estaba en la misma esquina me miró extrañado y preguntó, oiga señor ¿le pasa algo? tiene mala cara. Mire, no tengo tiempo para explicaciones, pero necesito que me haga un favor, cuente los dedos de su mano, de ambas manos, uno por uno. Y pasó algo horroroso, se tocó la punta del meñique con el índice de la otra mano y empezó a contar: Cero, uno, y continuó hasta diez. El 9 había desaparecido para siempre.

Entré en la cafetería de mi amiga Manuela y me senté derrotado frente a ella, detrás de la barra, le pedí un cortado y que me dijera dónde estaba el nueve. Ella sonrío como si no hubiera dicho nada fuera de lo común, se dio vuelta y cuando me puso el café, me dijo: en tu mente.


http://javierrevolo.wordpress.com

Publicado en Ciencia-ficción, Cuentos, Fantasía, Suspense | Etiquetado: , , , , , | 4 Comentarios »

Agua

Publicado por Javier Revolo en Domingo, 9 enero, 2011

Yo le decía a mi hermano, en tono confesional, que el mundo abundaba en idiotas peligrosos, que son la clase de idiotas que creen fervientemente tener razón. Ese, le decía, era un descubrimiento reciente para mí. La guerra nos salpicaba sangre en las narices y los canales de TV mostraban una sólida y teatral estafa. Llené su vaso y el mío con cerveza y noté en sus ojos el mismo anhelo de sumirse en la conversación. Mi hermano, tan joven y búdico, hablaba del amor como de partituras rotas. Las partituras eran cárceles de oro que él sabía romper con una maestría que parecía ingenua. Su cráneo perfecto de raso cabello, era parte de una hermosa unidad. El amor, me decía, él, que lo conocía, es como el viento de la creación. Te atraviesa y si te pones necio, te golpea, sigue su curso. No puedes ser su dueño nunca.

Bebía y me contaba de un experimento hecho por un japonés que sonaba piezas musicales para el agua, luego la congelaba y el hielo registraba un universo de formas análogas a la composición; según mi hermano, que entonces era aún estudiante del conservatorio, inclusive podía hacerse un figurativo análisis musicológico con el movimiento capturado por el hielo. Luego el japonés probó hablarle de amor al agua, y también la congeló. Allí encontró la danza de su corazón hecha cristales. Mi hermano concluía, con inquietante rigor, que la sensibilidad es patrimonio de todos los seres vivos porque la materia viva está hecha de agua; mientras tanto, yo bebía un largísimo sorbo de cerveza pensando que tenía un hermano presocrático. Aquel líquido dorado desdibujó el paso del tiempo y vi a mi hermano siendo niño y preguntándole a nuestro padre, un bebedor, por qué bebía. Mi padre, el gran fabulador, le respondió: yo bebo porque tengo sed.

La música nos deslizó a la risa, pero de pronto otra historia encausa la conversación. Él cuenta que una vez deseó ser agua con el agua; he visto como las olas lamen sus huellas en la arena mientras camina rumbo al mar. Introdujo en él su hermosa cabeza, luego su entero cuerpo de saeta. Lo envolvió la corriente, y luego el silencio de las caracolas. Después de un largo tiempo emergió. Alzó los ojos; encontró ante sí un escollo y sobre aquel la silueta delgada de Dusan quien lo aguardaba con sus ojos de ave. Dusan es nuestro hermano, Dusan lo ha salvado de morir. Pensé que sólo su nombre permanecería incólume, lo encontré parado como un lirio brillante en la penumbra de la guerra. Pero los nombres también se desvanecen ante la belleza inexplicable del mar, las palabras brotan como lágrimas y se funden con él.

Publicado en Cuentos, Fantasía, Zona Basura | Etiquetado: , , , , , | 6 Comentarios »

Wynyard Park

Publicado por Javier Revolo en Miércoles, 5 enero, 2011

Hace mucho tiempo que no salgo a hacer música a la calle, así que hoy me aventuré al parque Wynyard con un día frío y soleado que infundía excelentes vibraciones. Coloqué el amplificador y conecté el cable a los altavoces en la esquina del mercado que más he frecuentado desde que vivo en esta ciudad. Mi guitarra tiene sus años pero cada día conseguimos mejores notas. Acomodé algunos de mis CD´s en la caja para la venta y comencé.

La gente de la mañana es muy distinta a la de la tarde, los mañaneros tienen poca gana de detener su marcha para escuchar música así que, después del calentamiento, abrí con un tema que compuse a finales de los 90 en circunstancias particulares, se llama “Sophie´s variations”, lo tengo dedicado a la mujer que removió mis sentimientos con su amor y desamor durante todo un largo invierno.

Nada, no resultó mejor que el tema anterior, a veces resulta difícil por mucha voluntad y pasión que uno le ponga. Y odias un poquito a esos transeúntes indiferentes. Intenté con algo de flamenco, un poco de rumba… y sí, surtió el efecto que buscaba, se juntó gente a mi lado, escuché algunas palmas, había dos parejas y un papá con su hijo, lo suficiente. Una de las parejas compró un disco. Excelente. Mi humor estaba cada vez mejor. Las manos rasgaban profundo y rápido. De repente pasó lo que tenía que pasar un día como el de hoy. Llegó ella con una amiga. Las miré y me dije que no había posibilidad pero, esta vez, me equivoqué. Escucharon dos y paré de tocar. Encendí un cigarrillo. Empezamos a charlar. En fin, lo típico, les hice oír un par de canciones más y, cuando empezaba otra vez a tocar el “Sophie´s”, la amiga se fue. Quedó ella sola frente a mí. La gente del mercado a mi alrededor parecía en un nimbo, fuera de foco, como en esas fotos de boda donde el único claro del bosque éramos los dos. La música me llegaba como si viniera de otra parte, como si no fuese yo quien tocaba la guitarra. Sophie´s variations se convirtió en una versión mucho más larga. Los compases estirados hasta límites que nunca había acometido y con variantes que nacían sin esfuerzo, era como si la canción se fuese corrigiendo sola; conseguí llegar a un estado del que no sabía cómo salir, el mundo alrededor desaparecía y aparecía mientras estaba tocando. La última nota de mi guitarra la acompañé con un golpe sobre la caja. Le dije: te invito a un café.

He tenido que pensar un poco antes de continuar este relato. No sé si será creíble pues incluso a mí me resulta raro, pero no importa: Se llama… Sophie. Estábamos sentados en un restaurante cuando me lo dijo. Wynyard Park, afuera, estaba hermoso. Sophie, cuarenta años, cabellos castaños largos como sus manos, sus sonrisas y, más largas aun, sus miradas, que me dejan sin aliento. Regresamos al parque, nos besamos, hablamos como si nos conociéramos, caminamos abrazados como novios hacia mi apartamento, e hicimos el amor como buscando notas ocultas en nuestras lenguas y cuerpos para nuestra música.

El sonido que hizo la caja de mi guitarra por el golpe que le di, y la pregunta de la chica que tenía al frente, me regresaron al mundo, había terminado el “Sophie´s variations” y la gente ya quería otra cosa.


Publicado en Cuentos, Fantasía, Romántico | Etiquetado: , , , | 6 Comentarios »

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 233 seguidores

%d bloggers like this: