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EL CLUB OLIMPO

Publicado por ibanhez7 en Miércoles, 31 marzo, 2010

Gary siempre había pensado que el Club Olimpo era el escenario perfecto para un asesinato. Lo hacía cuando se sentaba todas las noches en su mesa habitual, ubicada junto a las demás frente al escenario.

                Sin embargo, ese día estaba allí para algo más que eso. El viejo Bill le había encargado uno de sus trabajitos. Hacía tiempo que no contactaba con él, pero se trataba de un asunto de gran importancia, lo cual le hizo recordar que seguía siendo el mejor. Bill era el verdadero amo de Tango City. Desde la sombra, controlaba todos los garitos oficiales y extraoficiales, como el burdel en el que trabajaban las bailarinas del Olimpo. Marie, la principal, se había ido de la lengua y confesó ante la policía. Por eso había que eliminarla. Si no declaraba en un juicio, no había caso.

                Lo tenía todo planeado. Jimmy, su socio habitual, se había posicionado cerca del cuadro de luz para dejar el club a oscuras un par de segundos, el tiempo necesario para que Gary efectuara un disparo certero a la chica, que ya estaba sobre el escenario, sin perder apenas la visión de su objetivo. Cuando la luz volviera, ambos aprovecharían el revuelo de la gente para huir.

                Al llegar el momento de que Jimmy interviniera, Gary esperaba impaciente con el revólver ya sujeto dentro de su bolsillo. Pero la luz no se apagó. Miró a su alrededor varias veces con inquietud, y se topó con una escena que habría deseado no ver. Jimmy se encontraba en la pared del fondo, pero no estaba solo. Le acompañaba un agente de policía. Alguien más se había chivado, pero no había marcha atrás. Cogió la rosa con la que estaba adornada la mesa y se dirigió entre los aplausos del público al término de la actuación hasta el escenario, para hacer entrega a la diva de la flor. Ella aceptó el presente sin abrumarse. En ese momento, Gary sacó su revólver y efectuó un único disparo hacia su cabeza, que resultó letal.

                En un instante, los agentes camuflados entre el público vaciaron sus cargadores contra el asesino, que cayó fulminado. No importaba. El trabajo estaba hecho.

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LA MISIÓN

Publicado por ibanhez7 en Viernes, 31 julio, 2009

            Clara caminaba sola, como cada noche, por mitad de la carretera. Una fuerte corriente helada hacía ondular con viveza su vestido, y conseguía que los innumerables árboles que presidían ambos lados de la calzada hasta la lejanía oscilaran con violencia. Con la misma brusquedad, variaba la trayectoria de algunas de las finas gotas de lluvia cuya meta original era el asfalto, para que chocaran repetidamente contra su rostro. Le daba igual, aquello no era suficiente para impedir que siguiera, ya había pasado por cosas peores.

            En mitad de aquella música indefinible que producía el resto de gotas chocando una y otra vez sin cesar contra el suelo, creyó escuchar, muy a lo lejos, el sonido del motor de un coche, acercándose a gran velocidad. Clara se paró en seco. No sentía miedo por lo que pudiera sucederle. Conocía de sobra qué iba a ocurrir, lo mismo que tantas otras veces.

            Sólo transcurrieron escasos segundos antes de que el conductor frenara. Los neumáticos patinaron hasta que el vehículo quedó totalmente parado, justo detrás de Clara. Al momento, aquel hombre se acercó. Estaba alterado, nervioso, ¿qué hacía una niña en medio de la carretera y en plena madrugada? Una voz femenina procedente del interior le indicó que se acercara, y el hombre volvió con una rebeca que puso cuidadosamente sobre los hombros de Clara, para guarecerla del frío, aunque fuera en pequeña medida.

            La invitó a entrar en el coche. Él la llevaría hasta su destino. En el otro asiento delantero estaba la dueña de esa voz que antes había llamado la atención del conductor, y que se mostraba muy amable con Clara: ¿Cómo te llamas? ¿Tienes frío? Tranquila, no tengas miedo.

            La muchacha no respondía a ninguna de aquellas preguntas. Lo creía innecesario. Ni siquiera importaba quién era, tampoco él. Entonces, esbozó una leve sonrisa; recordaba cómo en tantas otras ocasiones, diferentes personas le habían formulado esas mismas cuestiones, muy similares al menos, pero que, en definitiva, siempre habían quedado sin respuesta, diluidas como un leve susurro incapaz de ser percibido.

            El trayecto se prolongó unos minutos más, y a lo largo de esos metros que el vehículo iba recorriendo, aumentando de velocidad poco a poco, Clara se sentía cada vez más inquieta, aunque seguía manteniendo el mismo rictus. No debía malgastar sus escasas fuerzas en llamar demasiado la atención de sus dos acompañantes. No aún.

            Así, en un momento determinado, justo en el mismo punto de la carretera en el que siempre lo hacía, Clara pronunció las únicas palabras que sabía decir, las únicas que una y otra noche repetía a los conductores que decidían acompañarla:

            -Tengan cuidado. Aquí me maté yo.

            Aquel hombre pisó bruscamente el pedal de freno. Cuando el coche se detuvo por completo, observó a través de la luna delantera, totalmente estupefacto, cómo se había parado a escasa distancia de una peligrosa curva que no esperaba, y en la que probablemente, y debido a su exceso de velocidad, habría perdido el control, haciendo inevitable el impacto, sin duda mortal, contra el tronco de alguno de los árboles que se erigían, ya fuera de la carretera, frente al vehículo. A la vez que su esposa, volvió la mirada al asiento trasero, para intentar encontrar una explicación, y así, al menos, dar las gracias a aquella muchacha, que les había salvado de sufrir un terrible accidente. Pero, para sorpresa de ambos, allí ya no había nadie. Clara había desaparecido, sin dejar rastro alguno, tan solo la rebeca, todavía húmeda, que la muchacha había llevado sobre sus hombros.

 

*          *          *

 

            Hace años, no recuerdo bien cuantos, en una noche muy parecida, Clara y su novio volvían a casa en coche tras pasar unas horas junto a unos amigos de cierta ciudad cercana. Nunca se pudo aclarar de todo cuál fue la causa, si el exceso de alcohol, algún fallo del coche o, simplemente, la distracción en una fracción de segundo. Lo único cierto es que encontraron el vehículo al día siguiente, estampado brutalmente entre los árboles, únicos testigos de la tragedia. Ambos perdieron la vida en esa misma curva. Desde entonces, Clara vaga por aquella carretera, madrugada tras madrugada, subiendo en un coche tras otro, para avisar, para alertar a los conductores del peligro de ese determinado punto. Para evitar otra muerte. Esa, en definitiva, es la razón por la que sigue ligada aún a nuestro mundo. Alguna de las leyes inconcebibles que rigen el universo, la condición humana, la eligió a ella para desempeñar un papel previsor, y que así su muerte no fuera en vano. Tal es su condición, tal su misión.

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LA CARTA

Publicado por ibanhez7 en Miércoles, 22 julio, 2009

                El grito escalofriante del ama de llaves había alertado a los vecinos del inmueble. Cuando algunos de ellos acudieron, confusos, al piso, punto de origen de semejante alarido casi inhumano, se quedaron absolutamente sobrecogidos ante la escena dantesca. La mujer permanecía allí, de pie, petrificada como el resto de concurrentes. Justo enfrente, un cuerpo se balanceaba tímidamente, al compás del sonido que producía la lámpara desde la que pendía. Era la muchacha que se había mudado un par de días antes, quizás, según los pocos que habían tenido ocasión de entablar cierta conversación con ella, huyendo de un pasado que pretendía olvidar para siempre. Ahora su cuello gravitaba cruelmente, sin remisión alguna, sobre un trozo de sábana que emulaba a la soga de un verdugo. Pero aún encontraron en la habitación algo que despertó una mayor inquietud, si es que la capacidad sensitiva humana puede abarcar todavía un grado más amplio de agitación del que los allí presentes estaban experimentando desde el principio. Al frente, justo delante del ventanal abierto de par en par, las cortinas ondulando al son del viento, había una silla. Estaba chamuscada por algunas partes, y restos de ceniza se amontonaban sobre ella y el suelo alrededor de la misma. A medida que la gente se iba atreviendo a acceder al interior, hubo uno de ellos que se detuvo en seco ante un leve chasquido. Había pisado algo cuya presencia, hasta el momento, nadie había sido capaz de advertir. Una hoja de papel arrugada descansaba sobre el suelo, muy cerca de los pies de aquella desgraciada muchacha. Pese a que la tinta se había corrido en algunas zonas, el mensaje era perfectamente legible, y como, dadas las circunstancias fuera de lo normal, no había cabida para la culpa moral, entre todos comenzaron a leer:

 

“No sé cómo comenzar… Ha pasado tanto tiempo, y sin embargo te recordaba tal y como te estoy viendo ahora. No busco ya nada de ti, sería injusto por mi parte; no quiero que me esperes, ni que me sigas queriendo… porque no voy a volver. No puedo volver. Simplemente, sentía la necesidad, aunque sólo fuera por una noche, por un instante, de volver a verte, de observarte detenidamente, fijarme en cómo respiras, cómo apoyas la cabeza sobre la almohada, cómo la suave luz plateada de la luna baña tímidamente tus mejillas,… aún están húmedas… Quiero que no vuelvas a llorar, que seas feliz de nuevo. Pero para eso tengo que hacerte daño por última vez. Quizás el hecho de que sepas que he estado aquí, sentado junto a tu cama, te haga enloquecer, más aún cuando tengas la certeza de que después de esta ya no habrá más veces. Te pido que te lo tomes con calma. He venido a despedirme, a contarte por qué un día desaparecí sin más.

                Lo recuerdo perfectamente, cada detalle, cada segundo, cada instante… Es normal, supongo, cuando no ha pasado ni un solo día en el que mi mente no haya repasado punto por punto todo lo sucedido. Me acuerdo de que me desperté temprano, de que salí a hacer unas últimas compras para dejar ya completamente finiquitados los preparativos de la boda. Esa mañana, justo al salir por la puerta, te dije por última vez te quiero. Todo transcurrió con normalidad hasta que emprendí el camino de vuelta. Pensaba, tal y como en otras tantas ocasiones, en cómo sería nuestra vida juntos, qué contingencias había reservado el destino para nosotros… La cuestión es que me distraje, no presté la suficiente atención y, al cruzar de una acera a otra, un vehículo impactó contra mí… He de confesar que no he sido sincero del todo. Los recuerdos nítidos se acaban justo en ese momento. A partir de ahí, hay un período del que sólo me quedan algunos retazos, imágenes sueltas.

                Mientras sentía, o más bien, intuía cómo me recogían y me montaban sobre algo, una camilla supuse después, en lo único que podía pensar era en estar contigo, en sentir tu calor, abrazarte y que me abrazaras… Noté cómo me sacaban y me trasladaban a lo que más tarde comprobé era la habitación de un hospital.

                Fue allí, mientras notaba cómo poco a poco la vida iba abandonando cada parte de mi cuerpo, cuando vino él. No sabía quién era, ni siquiera aún hoy lo sé, pero se acercó hasta mí y me susurró al oído que él tenía la clave para volver a vivir. Estaba aturdido, confuso, prácticamente había perdido la percepción de la realidad, no sentía nada, pero, sin embargo, escuché esas palabras con total claridad, era un susurro, pero intenso a la vez, un eco profundo. Casi no sé ni cómo lo hice, pero si aquello que decía era verdad, estaba ante mi última oportunidad para tener la posibilidad de volver a verte, así que, sin dudarlo, acepté, y aquel hombre, aquel ente que nunca más volví a ver, aproximó su boca hasta mi cuello. Lo sé porque noté su aliento gélido. Después, sentí un dolor punzante, como dos agujas. Por un momento, pensé que me había engañado. Seguía notando cómo mi fuerza vital, mi espíritu, seguía abandonándome, pero llegó un punto en el que el proceso se detuvo y comencé a sentirme cada vez más fuerte, mucho más de lo que nunca lo había hecho.

                Cuando recobré el conocimiento, comprobé dónde estaba y comencé a entenderlo todo, el accidente, el hospital,… excepto lo que acababa de ocurrir. Pero, sinceramente, me dio igual. Lo único que sabía era que había estado al borde de la muerte, pero me había curado, podía volver junto a ti. Aunque pronto comencé a darme cuenta de que había cometido un grave error.

                Desde entonces, vivo sin vivir. Me arrastro entre las sombras, siempre de noche, buscando alimento… Es horrible, pero necesito saciar esta acuciante sed, condición amarga de mi existencia eterna. Soy prisionero de una vida que no es tal, pero que tendré que soportar a lo largo de los siglos. Y no puedo aguantar más.

                No soporto el tener que acabar con vidas humanas para alargar mi existencia, mi maldición, no soporto el tener que esconderme constantemente, no aguanto ni un segundo más el no poder hablarte, ni abrazarte, ni besarte…

                Por eso hoy voy a acabar con todo. La noche está consumiendo sus últimos minutos… ¡Hace tanto que no puedo contemplar la luz del sol! Hoy lo haré de nuevo, por última vez.

                Quiero que sepas que te he amado tanto… vive y disfruta de tu vida, pues de verdad he aprendido que sólo cuando perdemos algo, nos damos cuenta de su valor.”

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EL AVISO – PARTE 3

Publicado por ibanhez7 en Viernes, 17 julio, 2009

Andrés abrió los ojos en el instante en que sintió los primeros rayos de sol sobre su cara. Había permanecido así, sin poder dormir, únicamente con los ojos cerrados, durante toda la noche. El aparato había dejado de grabar hacía ya mucho tiempo, pero Andrés se había sentido incapaz de mover un solo músculo. Estaba indefenso, solo ante aquello cuya presencia había estado notando hasta hacía unos minutos. Parecía que la luz cegadora del sol lo había ahuyentado.

            Se incorporó y rebobinó la cinta. Ahora tocaba escuchar lo que se había grabado. Dudó un instante, pero decidió que no había pasado aquella noche en vela para no conseguir nada ahora. Tragó saliva y apretó el botón. Lo primero que reprodujo la grabadora fue la propia voz de Andrés, tras cogerla en el coche. Después, unos segundos de silencio…

            Pasó aproximadamente un cuarto de hora hasta que Andrés pudo escuchar algo más que el fuerte viento golpeando los cristales de la ventana. Subió el volumen al máximo y prestó atención. Mientras escuchaba, quedó totalmente petrificado ante lo que la cinta había dejado registrado. Andrés podía escuchar, con bastante claridad, una voz, pero no una cualquiera. Aquella voz suave, tierna, la había escuchado la misma noche anterior, en el hostal. Estaba seguro de que allí no había entrado nadie en toda la noche, pero aquella forma de hablar era inconfundible. Aquélla era la voz de la mujer que le había atendido en el mostrador, la misma que había retratada en aquel cuadro, la misma que llevaba 23 años muerta. Lo que decía desconcertó aún más a Andrés. La voz de la mujer repetía constantemente el nombre de una persona a quien era imposible que conociera: “Sara,… Sara,… Sara…”

            Andrés salió de la cama, abrió la puerta de un portazo y se dirigió escaleras abajo lo más aprisa que pudo. “Es imposible que la conozca. Ni siquiera he hablado de ella aquí… ¿Qué significa esto?”

            Tenía la sensación de que algo no iba bien, eran ya demasiadas cosas fuera de lo normal las que habían ocurrido. Alterado y corroído por el pánico, llegó al recibidor. Allí, apoyado sobre el mostrador, estaba el anciano:

            -Señor, ¿le ocurre algo? –el hombre parecía alertado ante la repentina llegada de Andrés.

            -¡Un teléfono! ¡Necesito un teléfono! ¡Rápido!

            El anciano señaló, tembloroso, una esquina ennegrecida. Allí, un viejo teléfono colgaba de la pared.

            -Señor, ¿puedo preguntar…?

            Andrés no dio tiempo al anciano de seguir hablando. En un abrir y cerrar de ojos se había situado junto al teléfono, lo descolgó y comenzó a marcar el número de su casa. Aquellos segundos de espera se le hicieron eternos. Sonaban los tonos, uno tras otro… Por fin, alguien contestó:

            -¿Diga?

            Aquella voz de hombre era totalmente desconocida para Andrés, que permaneció mudo durantes unos instantes.

            -¿Oiga? ¿Hay alguien ahí?

            -Sí, soy Andrés Jiménez.

            -¿Andrés Jiménez? ¿Es usted el señor Jiménez, el esposo de Sara Cruz?

            -Sí, sí, soy yo. Y usted es…

            -Agente Ramírez de la Guardia Civil, señor. Hemos estado intentando localizarle durante toda la noche.

            Andrés hizo memoria. La batería de su móvil se había agotado en mitad de la conversación con su mujer, justo antes de advertirle sobre aquel prófugo…

            -Señor Jiménez, tengo una mala noticia que darle. Su mujer… ha sido asesinada.

            -¿Qué? ¿Cómo dice?

            -Según hemos podido deducir, un hombre armado entró en la casa por la puerta trasera del patio, que estaba abierta, entre las dos y dos y cuarto de la madrugada. Su mujer estaba allí dentro y… bueno, creo que es mejor que usted venga aquí. También debo informarle de que el asesino ya ha sido capturado. Ha sido identificado como un preso que se había fugado ayer mismo de la cárcel de…

            -¡¿Cómo?! ¿Ha dicho el preso que se fugó de la cárcel? ¿Del que ayer mismo alertaban las noticias?

            -Sí, sí señor. Le detuvimos esta misma noche. No dude que cumplirá la condena que…

            -Perdone pero, ¿ha dicho que entró sobre las dos y cuarto de la madrugada…?

 

***FIN DEL RELATO***

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EL AVISO – PARTE 2

Publicado por ibanhez7 en Jueves, 16 julio, 2009

Andrés se dejó caer sobre las crujientes sábanas de la cama, en la pequeña habitación a la que le había conducido aquel anciano. No podía dejar de pensar en lo que acababa de ocurrir. Miró por la ventana que había a su izquierda, como había hecho antes en su coche. Aún llovía con fuerza… “¿Lleva 23 años muerta? Pero… yo la vi… me habló…”

            Tuvo que ponerse la chaqueta, aún húmeda, que había colgado al entrar sobre una silla situada cerca de la puerta; de repente, había comenzado a hacer mucho frío allí dentro. Andrés examinó la estancia, para asegurarse de que el aire no pudiera entrar por ningún resquicio. Era extraño, sólo había dos ventanas, la que ya había visto y la del pequeño cuarto de baño, y ambas estaban totalmente cerradas. No había ninguna rendija más que la corriente helada del exterior pudiera atravesar.

Al volver a la cama, decidido a intentar dormir y poner fin de una vez a aquella noche que presentía se le iba a antojar interminable, comprobó algo que hizo que una inicial sensación de inquietud tras lo ocurrido con aquella mujer se tornara en terror. Había algo en la cama que, sencillamente, era imposible que pudiera ocurrir. Allí, justo donde él había estado tendido unos instantes antes, podía ver cómo las sábanas se movían lentamente, cómo el colchón se hundía por el peso de alguien que se había tumbado. Alguien a quien no podía ver…

            Casi instintivamente, Andrés salió de la habitación, bajó las escaleras y se dirigió al coche. De la guantera cogió una pequeña grabadora que siempre llevaba allí guardada. Lo cierto es que no creía demasiado en ese tipo de cosas, siempre se había mostrado escéptico ante esos temas, pero, no sabía muy bien por qué, en ese momento había recordado que una vez oyó hablar en la radio a unos periodistas que afirmaban haber recogido sonidos extraños con un magnetófono en un viejo hospital abandonado. La grabación era de baja calidad y al principio resultaba difícil, pero, con atención, se podía distinguir la voz de una persona intentando decir algo… una voz como salida de ultratumba… “¿Cómo lo habían llamado? Ah, sí, una psicofonía…”

            Comprobó las pilas y vio que había una cinta metida. La rebobinó y grabó unas palabras. Todo estaba en orden.

            Entró de nuevo al hostal y fijó su mirada, otra vez, en el mostrador. Salvo esto último, allí ya no había nada que las lámparas pudieran iluminar. Tampoco quedaba ya rastro del anciano. Repentinamente, recordó: “No ha sido usted el primero…”, le había dicho aquel hombre. Claro, ¿cómo no lo había pensado antes? Seguro que los demás huéspedes podían ayudarle. Desesperado por encontrar de una vez a alguien corriente, comenzó a llamar puerta por puerta en el primer piso. No obtuvo respuesta alguna. Casi histérico, subió al segundo y último piso donde probó de nuevo con todas las habitaciones hasta llegar a la suya. Nada. Él era el único huésped en aquel hostal, que cada vez le parecía más espeluznante.

            De nuevo en el interior de su habitación, Andrés constató que el frío se había apoderado por completo de la estancia. Además, y era lo que más le inquietaba, podía sentir la presencia de aquella persona, o lo que fuera, cuyo peso había hundido antes el colchón, pero que era incapaz de ver; en definitiva, algo que no estaba allí, aunque Andrés lo percibía como si se encontrara justo delante de él, observándolo…

            Miró su reloj de pulsera, eran las dos de la madrugada. Sin más dilación, y con la grabadora aún en la mano, se metió entre las sábanas de la cama para intentar combatir el intenso frío que le helaba hasta los huesos, pulsó el botón de REC y esperó…

***FIN DE LA SEGUNDA PARTE***

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EL AVISO – PARTE 1

Publicado por ibanhez7 en Jueves, 16 julio, 2009

“…seguirán las fuertes lluvias a lo largo de toda la semana. Noticia de última hora: la policía se centra en la búsqueda de un peligroso prófugo que ha escapado hace escasas horas del centro penitenciario provincial. Se ruega a las personas residentes en las cercanías de la capital que tomen todo tipo de precauciones y…”

            Andrés apagó la radio del coche. Miró un instante a través de la ventanilla, empapada por la violenta tormenta que acababan de comentar en las noticias. Se había visto obligado a trabajar aquella noche, de modo que cogió su vehículo y se dirigió a la oficina, en la capital. No le llevaría mucho tiempo. Con suerte, estaría en casa aquella misma noche. Pero en sus planes no habían constado los caprichos de la madre naturaleza. Decidido a no seguir conduciendo hasta que el tiempo mejorara, paró en un pequeño hostal de carretera para pasar allí la noche.

            Antes de salir del coche, cogió el teléfono móvil y telefoneó a su mujer:

            -Hola Sara… sí, ya he acabado pero creo que con esta tormenta lo más seguro es que me quede a dormir fuera… Sí, tranquila, volveré mañana temprano… Oye, ¿has escuchado las noticias? ¿Has oído lo del preso que…? ¿Sara? ¿Me oyes?

            El teléfono había agotado su batería y la llamada se había cortado. Andrés no había dado importancia al principio a la noticia de la fuga de aquel hombre de la cárcel. Según habían dicho, podía encontrarse por la zona donde él estaba en ese momento, incluso cerca de su propia casa… “Tranquilo, no va a pasar nada”, se dijo, a la misma vez que entraba en el interior del edificio.

            La estancia estaba dominada por una total quietud. Ante los ojos de Andrés se extendía una pequeña sala iluminada por la débil luz procedente de dos lámparas situadas en la pared frontal. Bajo éstas, un polvoriento mostrador con un pequeño timbre en un extremo. Justo a su izquierda, unas escaleras que conducían piso arriba, y más a la izquierda aún, un hueco en el que debía encajar una puerta que no existía, a través del cual se veían unas cuantas mesas flanqueadas por varias sillas.

            -¿Desea algo?

            Aquella tierna voz procedente del mostrador sobresaltó a Andrés. Era una especie de susurro, suave, dulce, cálido,… un murmullo que envolvió su mente lenta y sosegadamente, pero que a la misma vez hizo que un repentino escalofrío le recorriera de pies a cabeza. Hasta el momento, no se había percatado de la presencia de otra persona. Allí, mirándole fijamente, había una mujer de pelo y ojos muy oscuros, penetrantes… una mirada que se clavaba en la de Andrés, y que parecía poder ojear en su interior. Llamó también su atención el color de su piel… su cara… estaba bañada por una extrema palidez… una palidez que le hizo estremecerse de nuevo…

            -¿Señor? ¿Está bien? ¿Puedo ayudarle en algo?

            Andrés, petrificado e incapaz de reaccionar, sacó fuerzas de donde pudo para emitir una respuesta:

            -Sí, deseo una habitación para pasar esta noche.

            Unos pasos procedentes de las escaleras desviaron la atención de Andrés. Bajando por ellas apareció un anciano, que se acercó hasta situarse justo a su lado. Cuando miró de nuevo al mostrador, aquella mujer ya no estaba. Simplemente, desapareció.

            -¿Desea una habitación señor? –preguntó el anciano.

            Andrés fue incapaz de articular palabra alguna. Aún se encontraba observando fijamente el mostrador. “¿Cómo es posible? Ha tenido que entrar y salir por algún sitio. No puede haberse desvanecido sin más…” Tras unos segundos, agitó lentamente la cabeza indicándole al anciano que le condujera a una habitación.

            Comenzaron a subir las escaleras en total silencio. Un silencio que sólo se rompía cada vez que los pies de ambos se apoyaban en los escalones. De repente, Andrés detuvo sus pasos, y dirigió su atención hacia un cuadro colgado de la pared, el único que había en todo el edificio. Era un retrato que representaba a una mujer. En el dibujo aparecía con el pelo más rubio y la tez más oscura, pero aquella mirada era inconfundible. Sin duda era la mujer que hacía unos instantes le había atendido desde el mostrador.

            -Perdone pero, ¿quién es esta mujer?

            El anciano se detuvo y miró con cierta curiosidad a Andrés:

            -Esa, señor, es la fundadora de este humilde hostal y la persona que le da nombre, Juana Rangel.

            -¿La fundadora? ¿Y aún trabaja aquí?

            -¿Cómo dice, señor?

            -Sí,… ella me ha atendido antes de que usted bajara…

            El anciano soltó una risotada:

            -Tranquilo, no ha sido usted el primero.

            -¿Cómo? ¿Qué quiere decir?

            El viejo recepcionista se acercó, cogiéndole por un brazo:

            -Señor, la señora Rangel es la fundadora del hostal. Lleva 23 años muerta…

            -¿Qué? ¿Qué está diciendo? ¡Yo la he visto hace un momento ahí abajo!

            -Escuche, señor. El hostal Rangel sufrió un incendio hace 23 años. Todo el mundo pudo salvarse, pero la señora Rangel… Ella decía que esto era lo único que tenía, y decidió quedarse aquí, decidió no sobrevivir. Más tarde se pudo salvar el edificio. Muchos decían que fue un milagro… Desde entonces no han sido pocos los que dicen haber visto a la señora fundadora rondar por estos pasillos… Yo nunca la he visto pero, ya le digo, no ha sido usted el primero…

***FIN DE LA PRIMERA PARTE***

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ESCÉPTICO – Tercera parte

Publicado por ibanhez7 en Sábado, 9 mayo, 2009

[...]

De un modo u otro, ya quedaban sólo unos pocos metros hasta llegar al hospital, y alcancé mi destino en escasos minutos.

Comencé a correr dejando abierta la puerta del coche, no podía detenerme en trivialidades. Al mismo tiempo, vociferaba intentando inútilmente que alguien me escuchara antes de acceder por las puertas de cristal al interior del edificio. Una vez dentro, mis gritos se expandieron entre las paredes que constituían el recibidor, y dos enfermeros provistos de sendas camillas me siguieron raudos hasta el vehículo, siendo los dos cuerpos depositados en ellas.

Retomé, más calmado, el camino hacia el interior del hospital, observando cómo los enfermeros se alejaban, para que los heridos pudieran ser atendidos cuanto antes.

De nuevo en el recibidor, me ubiqué en una de las sillas fijas de plástico vacías que había ancladas a la pared. Cerré los ojos, … mi misión ya había acabado, yo ya no tenía nada más que hacer allí, mi sitio estaba ahora en la oficina,…, sin embargo,  permanecí. Yo no tenía ya responsabilidad alguna con esos chavales, nadie me había hecho ninguna pregunta… Si me iba, el único problema que tendría sería el tratar de olvidar esta desagradable aventura. No podía hacer nada más, si no se salvaban, no sería ya culpa mía… y, sin embargo, permanecí.

-Señor, perdone, ¿puede acompañarme?

Deduje que era médico por la bata blanca larga. Su vestimenta era diferente a la de los enfermeros que había visto antes. Con ambas manos metidas en los bolsillos de la misma, me instó, mediante un gesto con la cabeza, a que le siguiera. Me levanté.

-¿Es usted quien ha traído a los dos jóvenes que…?

-Sí, sí. He sido yo.

Creo que ni siquiera le miré directamente a la cara durante el trayecto hasta, supuse, el despacho en el que habitualmente pasaba consulta. Me señaló una silla y él se sentó al otro lado del escritorio que ya nos separaba. Se presentó ante mí un doctor joven, con barba de tres o cuatro días. No se le notaba cansado, parecía estar habituado al turno de madrugada.

-Doctor Raúl Santiago, un placer.– me tendió la mano derecha desde el otro lado.

-Eehmm… Enrique Castro.– aunque titubeante, le correspondí estrechándole la mía.

-Bien, –comenzó– ¿podría explicarme qué ha pasado?

Empecé a relatarle lo ocurrido. Mi trabajo nocturno, la carretera cortada, mi encuentro con la chica,… sólo hubo una cosa que evité mencionar durante mi testimonio: la leyenda. Sí, aquella misma que contaba cómo parejas de adolescentes se tiraban al vacío desde la colina… esa leyenda urbana que había dejado de ser tal esa noche ante mis ojos, para convertirse en pura realidad, y a la que había comenzado a profesar cierto respeto desde hacía ya unos minutos… Bueno, ahora que recuerdo, hubo otro detalle que decidí obviar, y es que tampoco me atreví a hablar sobre la sensación producida tras ver por primera vez el rostro de Alicia. ¿Por qué? Ciertamente, creo ni yo mismo sería capaz de dar una explicación contundente. Quizás, simplemente, por miedo a volver a sentir ese escalofrío helado recorriendo mi espina dorsal…

-¿Me disculpa?– apenas un instante después de que acabara mi versión, el doctor se incorporó y salió por la puerta por la que antes habíamos entrado, dejándome sólo.

¿Qué más quería de mí? Ya le había explicado todo lo que había sucedido, al menos, lo que yo vi que había sucedido, lo que yo hice… Ya había comprobado que no tenía la culpa del accidente, sólo me había comportado como debía,… ¿por qué, entonces, simplemente no me agradecía lo que había hecho, y me despedía?

La respuesta no se hizo de rogar. Unos segundos más tarde, el doctor volvió a entrar en el despacho, pero esta vez no vino solo. Dos agentes de la guardia civil le flanqueaban.

-¿Qué ocurre doctor?

-Escuche, voy a pedirle que me explique otra vez qué ha pasado esta noche, y le ruego, por favor, que me sea sincero.

-¿Cómo? Pero, acabo de contárselo. Me encontré a los dos muchachos al pie de la carretera, el chico estaba inconsciente y… un momento, ¿no creerá que yo he empujado al chaval desde la colina?

-Señor, cálmese…

-¿Cómo voy a calmarme? No quisiera pensar que se le ha ocurrido la estúpida idea de acusarme de homicidio. ¡Yo sólo hice lo correcto!– enfurecido, me levante de un salto del sillón.

-Mire, los agentes han comprobado lo que usted me ha contado y parece que dice la verdad, pero…

-Pero, ¿qué?

-Hay algo que no encaja…

-¿Algo que no encaja? ¿Puede explicarse mejor?

-Señor, los cuerpos,… los dos jóvenes que ha traído… llevan muertos más de un mes.

 

***FIN***

Manuel A. Ibáñez

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ESCÉPTICO – Segunda parte

Publicado por ibanhez7 en Sábado, 9 mayo, 2009

[...]

Entonces, vi algo.

            -¡Ayuda! ¡Ayuda!

            Aplasté fuertemente el freno con mi pie, y el coche derrapó avanzando una pequeña distancia hasta detenerse por completo. Salí al exterior y escruté en las inmediaciones, a mi alrededor. Allí, a tan sólo unos metros, una muchacha pedía desesperadamente auxilio. Se encontraba agachada en la cuneta, justo al pie de aquella colina. Tuve que pensarlo dos veces, pero finalmente decidí que no podía dejar de socorrer a alguien que necesitaba ayuda, por más que mi subconsciente me aconsejara que no me acercara de nuevo a aquella extensión de carretera.

            Corrí hacia ella.

            -¿Qué ocurre? ¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte en algo?

            Aquella muchacha permanecía acurrucada, apoyando sus rodillas sobre el asfalto helado. Llevaba puesto un vestido blanco sin mangas. Los brazos eran de un tono muy claro y que casi no podía distinguirse del color del vestido. Sin embargo, sí que entraba en gran contraste con la larga cabellera negra que le cubría los hombros y parte de la espalda. A su lado, tumbado boca arriba, se encontraba un muchacho, más o menos de su misma edad. Tenía los ojos cerrados, y múltiples heridas, algunas aparentemente bastante graves, por todo el cuerpo.

            -Yo… no… yo estoy bien… pero él…

            -¿Qué ha ocurrido?

            La chica, sin levantar la vista del suelo, me explicó:

            -A mi padre nunca le ha gustado Juan… siempre me decía que no me convenía estar con él, y me prohibía verle… Incluso me matriculó en un instituto fuera de la ciudad para asegurarse de que le obedecería. Pero yo no podía aguantar más, así que, se lo propuse… si no podíamos estar juntos, no valía la pena seguir viviendo. Hemos venido aquí para… ¡oh, qué estúpida soy! Me arrepentí en el último momento, y Juan ha saltado solo a la carretera…

-Madre de Dios… Vale, tranquila, voy a ayudarle. Le llevaré a un pequeño hospital que hay por aquí cerca. Allí podrán atenderle. Dime, ¿cómo te llamas?

            Justo en el preciso instante en que terminé de articular la última sílaba, la joven comenzó a incorporarse. Se irguió lentamente y avanzó unos centímetros hacia mí, siempre con la cabeza inclinada. Al principio pensé que se iba a quedar ahí, sin hacer absolutamente nada, simplemente esperando a que recogiera al chico y lo condujera hasta el cuidado de unos médicos. Quizá le avergonzaba decir su nombre y ni siquiera quería que le viese la cara para que no pudiera reconocerla si es que alguna vez me había cruzado con ella. Sí, eso es lo que pensé; pero, sin embargo, la muchacha alzó sosegadamente la cara.

            Tuve que dar un paso atrás. Sus ojos caídos… No, no era la mirada en concreto, ni ningún rasgo en especial, sino todo su rostro en sí. Es difícil de describir… tan inmaculado como el resto de la piel, no tenía ningún rasgo que destacara por encima de los otros. En realidad, era su expresión, su talante… me producía una sensación… cómo decirlo… era de tristeza. Bueno, la verdad es que sí había algo que destacaba en la tez de la muchacha. Tímidamente, un hilo de sangre recorría el espacio que comprendía desde la frente hasta la barbilla.

-Soy Alicia.

Aún hoy soy incapaz de explicar lo que sentí durante aquellos segundos, pero ese sentimiento de aflicción que transmitía la joven, y que me invadió al contemplar su semblante… simplemente, es imposible de olvidar. En aquel momento, lo que hice fue frotarme los ojos y reaccionar lo más pronto que pude.

-Dios mío, tú también estás herida. Vamos, no perdamos más tiempo, súbete al coche. Nos vamos de aquí.

Me acerqué hasta el chico y lo arrastré, cogiéndolo por debajo de los brazos, hasta el vehículo. Alicia me ayudó a montarlo en el asiento de atrás, y ella quedó instalada a su lado. Evité volver a mirarla a los ojos.  Lo cierto es que no me atrevía a hacerlo. Además, a cada segundo que pasaba, la vida del muchacho, Juan, estaba más en peligro. No podía perder tiempo preocupándome por temores irracionales, así que pasé al volante y aceleré.

De modo que, ahí estaba, llevando a dos chavales estúpidos a un hospital, cuando hace tan solo escasos minutos la noche se aventuraba como una de las más plácidas, dentro de lo que cabía, teniendo en cuenta que la iba a pasar entre papeles, redactando informes, pero plácida, en definitiva.

Durante la primera parte del trayecto, no dirigí la vista al asiento trasero en ningún momento, ni siquiera al retrovisor. Sí, tenía miedo… bueno, en realidad quizá no fuera tanto como eso, no lo sé, pero seguía sin atreverme a volver a mirar a la chica a la cara. En cambio, lo que sí hice fue intentar hablar con ella en varias ocasiones: ¿Estás bien?, ¿Te duele la herida?, Tranquila, pronto llegaremos.

En ningún momento obtuve respuesta alguna. Es curioso, pero lo cierto es que la mente del ser humano es tan ambigua, esconde tantas cosas aún por descubrir, que muchas veces creemos que funciona de modo aparentemente ilógico, y cuando algo no nos atrae, no nos gusta, nos inquieta o nos da miedo, por algún extraño mecanismo interno, sentimos el deseo de conocerlo mejor, de tener contacto con aquello que nos ahuyenta… Puede que, en definitiva, esta manera de actuar no sea tan ilógica. Quizás lo ilógico es lo que nosotros habitualmente creemos racional. Lo que sí tengo claro es que fue por esta razón por la que formulé aquellas preguntas a Alicia, y, al no conseguir que me respondiera, la caprichosa curiosidad comenzó a bullir dentro de mí, coaccionándome así para que, aunque casi me daba pánico hacerlo, girara mis ojos muy lentamente hasta concentrar la mirada en el espejo retrovisor.

Vi su cara, pero no estaba igual que antes. Ahora era capaz de mirarla fijamente sin que me temblaran las articulaciones. Quiero decir, sin que me temblaran debido a la sensación que antes me transmitió; ahora había otra cosa… Alicia tenía los ojos cerrados, y había dejado caer la cabeza hacia un lado, apoyándola sobre uno de sus hombros. El hilo de sangre que recorría su frente y su mejilla se había convertido en una espesa mancha roja que casi le ocultaba por completo la mitad del rostro.

-¡Maldita sea! ¡Joder, no te mueras! ¡No te mueras!

No podía permitir que esto ocurriera y, aunque, es cierto, pueda parecer, de hecho, lo es, egoísta o inmoral, cuando volví a pisar el acelerador lo hice pensando más en las consecuencias que podría acarrear el aparecer con dos cadáveres en mi coche, sin motivo, sin testigos, sin coartada,… que en salvar verdaderamente la vida de aquellos dos jóvenes. De un modo u otro, ya quedaban sólo unos pocos metros hasta llegar al hospital, y alcancé mi destino en escasos minutos.

 

***FIN DE LA SEGUNDA PARTE***

Manuel A. Ibáñez

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ESCÉPTICO – Primera parte

Publicado por ibanhez7 en Sábado, 9 mayo, 2009

Las leyendas urbanas siguen escarbando con fuerza en la actualidad hasta llegar a la fibra sensible de aquel que oye alguna de ellas. Y es que, ciertamente, me veo obligado a denominar al receptor “oyente”, puesto que no se puede hablar de “lector” más que en un pequeño porcentaje de los casos. Su principal característica, la que le da el apelativo urbana, es el de la transmisión de boca en boca de unos hechos acerca de los cuales nadie tiene constancia de que ocurrieran verdaderamente. “Me han contado que…” Lo que muy poca gente sabe es que estas historias no constituyen un fenómeno actual ni moderno. Existen testimonios escritos que hablan de las primeras chicas de la curva que se materializaban en los cruces de caminos de la época medieval.

            Pero, no es mi intención aburrir al lector con pequeños ensayos teóricos. Sí, en este caso me referiré al destinatario como “lector”, puesto que es a través de estos párrafos, y no de palabras habladas, como quiero contar esta leyenda urbana. El relato constituye la adaptación de una de ellas. Espero, por tanto, llegar a tocar uno de los muchos temores internos que poseemos los seres humanos en común, a pesar de que no tengamos aparentemente constancia de ellos, en lo más profundo de ese extraño e imprevisible órgano al que llamamos cerebro. El escenario, uno de los clásicos, la carretera solitaria. Su título: ESCÉPTICO.

***

 

Había escuchado en muchas ocasiones las historias que se contaban sobre esa zona. Creo que lo llaman el “paseo de los enamorados”. Qué irónico. Según me contaron, las parejas cuya relación no era aceptada por sus familiares, iban allí a suicidarse. Bueno, ahora que lo pienso, más que irónico es… macabro.

            Nunca he prestado demasiada atención a ese tipo de “cuentos para asustar a los niños”. Y es que ya se sabe lo que pasa con ellos: alguien lo ha escuchado de boca de un conocido al que, a su vez, se lo relató un amigo que conocía la historia porque su abuela se la contó cuando era pequeño. Y así una larga lista de etcéteras. Cada una de las personas, desde la primera que oyó el suceso, seguramente habría ido añadiendo un elemento nuevo que hacía variar levemente los acontecimientos que le narraron, por lo que las versiones que yo había escuchado no tendrían nada que ver con el hecho original, si es que alguna vez lo hubo. Por eso no me asustaban, no me producían temor. Pero, la verdad es que tener que pasar por allí con el coche a altas horas de la madrugada era algo bien distinto.

            Por cuestiones de trabajo, tenía que desplazarme esa noche hasta una ciudad cercana. La carretera principal se encontraba sumida en un proceso de obras de ampliación que pronto concluiría, pero hasta entonces, esa vía estaba cortada a cualquier tipo de tráfico. De modo que no tuve más remedio que tomar otro camino, y para ello debía atravesar el ya citado enclave.

            Ya podía verlo a lo lejos. Era una pequeña colina, aunque se elevaba considerablemente a uno de los lados de la carretera. Es curioso, dicen que, sobre todo durante la noche o cuando estamos muy cansados y nos sentamos al volante, desarrollamos lo que muchos llaman la “conducción automática”. Al igual que abrimos la puerta y nos sentamos para arrancar y poner el vehículo en marcha casi sin darnos cuenta, mediante un acto prácticamente reflejo, nuestro ángulo de visión, nuestra capacidad perceptiva en general, queda limitada a lo que vemos a través de la luna delantera. El resto, es como si permaneciera en penumbra, inerte para cualquiera de nuestros sentidos.

            Quizá fue por esta razón, o quizá porque aquellas historias que tan poco me atraían, me sugestionaban de tal forma en ese momento que era incapaz de prestar atención a ningún otro estímulo. No lo sé. Pero lo cierto es que no podía dejar de mirar hacia aquella colina, cuyo contorno se dibujaba tímidamente en la oscuridad, y desde la cual, según contaban esas leyendas, las parejas se dejaban caer al vacío, para acabar juntos con una vida que les era imposible seguir disfrutando separados el uno del otro.

            Cada vez estaba más cerca. Tengo que ser sincero, la verdad es que en ese momento, maldije mi suerte por haber tenido que tomar ese camino. La visión de la retortijada carretera llena de hierbajos y tierra, oscura, siniestra, y que casi podía considerarse un camino sin asfaltar en mitad del bosque, me producía escalofríos. ¡Malditas leyendas urbanas! Seguro que si no hubiera escuchado ninguna de ellas, el viaje se me habría hecho muy corto, y hubiera dejado atrás la turbadora colina sin el menor incidente. A esas horas las carreteras estaban totalmente desiertas, y el trayecto no se habría prolongado más de veinte minutos, pero era precisamente ese silencio rígido que gobernaba el paraje otro de los elementos que provocó que tuviera que tragar saliva para deshacer el nudo que se me había formado en la garganta.

            Decidí optar por lo más práctico: acelerar la marcha y pasar lo más rápido posible por la zona a lo largo de la que se extendía el promontorio. Pisé el acelerador. El coche avanzó rápidamente por la estrecha calzada. Tenía la vista fijada al frente, pero podía intuir cómo me acercaba a la colina, cómo la iba dejando atrás, cómo, de la forma más sencilla, iba a poner fin a mi inquietud. Ya estaba a punto de acabar con todo aquello. Sólo unos metros…

            Entonces, vi algo.

 

***FIN DE LA PRIMERA PARTE***

Manuel A. Ibáñez

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