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Indolencia selectiva

Publicado por Florencia en Domingo, 16 noviembre, 2008

               

 

                           A esa hora del mediodía el sol partía la tierra en ese barrio de clase media-alta de calles con adoquines, hoteles cinco estrellas y restaurantes caros y exclusivos con vista al río. Un carro precario a medio llenar con papeles y cartón desentonaba grotescamente con la estética del barrio. En él iban un hombre de algo más de treinta años, las carnes consumidas y en el rostro pintada la mirada de quien ya no espera nada, acompañado por sus dos hijos mayores, que sentaditos uno al lado del otro, recorrían la ciudad  en busca de los desperdicios ajenos que a ellos les permitían comer. Por un kilo de cartón reciclable el hombre recibía 10 centavos de dólar, por un kilo de papel blanco un poco más: 15 centavos. Del carro tiraba una yegua preñada y desnutrida como sus dueños.

 

                     Al cruzar la avenida el animal cayó, extenuado e imprevistamente comenzó a dar a luz. El tránsito enseguida se vio afectado por el inusual acontecimiento y un patrullero se hizo presente para interrumpir el mismo. El oficial hizo descender del carro al hombre y sus hijos, mientras un pequeño tumulto de vecinos y transeúntes comenzaba a congregarse alrededor del animal parturiente. Luego llamó al veterinario que estaba dos calles más abajo para que asistiera a la yegua. Algunos vecinos se acercaron para darle de beber. A los pocos minutos el veterinario se hizo presente en la escena, y confirmó, ante la mirada reprobatoria de la multitud, que la yegua se encontraba mal nutrida y que no debería estar tirando de un carro en esas condiciones. El potrillito llegó al mundo sano pero algo débil, y el oficial procedió a labrar un sumario al dueño del carro, por “maltrato y daño animal” y reubicar a la yegua y su cría con nuevos dueños.

 

                     Cuando el parto culminó había dos canales de televisión cubriendo el suceso. En uno de ellos, una mujer, vecina del barrio, mostró sin tapujos su compunción por lo ocurrido. No dudó en plantarse frente a las cámaras para denunciar, hablando por todos allí, lo indignante de aquella situación; qué clase de persona tenía a un pobre animal en esas condiciones. Otro señor, que estaba junto a la mujer, recordó exaltado los derechos de los animales. De los otros derechos, los de ese padre que esperó bajo el sol abrasante si acaso alguien les devolvería la yegua, que se pregunta día a día cómo hará para darle de comer a su familia; los de esos niños que comen mal y poco, que con diez y doce años hace tiempo ya que no van a la escuela, a la que abandonaron cuando la necesidad los empujó a las calles, de esos derechos nadie pareció acordarse.

 

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La mentira

Publicado por Florencia en Martes, 4 noviembre, 2008

Llevaban tanto tiempo viviendo juntos, que cuando decidió despedirse creyó que la iba a extrañar. Nada más alejado de la realidad. Primero ensayó frente al espejo, ante la mirada afligida de su compañera, que adivinaba sus intenciones. Repitió una y otra vez su confesión. Y se sintió bien. Después, cuando estuvo listo, se lo dijo a su madre. Y se sintió mejor. Entonces decidió decírselo también a sus amigos. Y fue mejor aún. Eufórico, abrió la ventana de par en par y lo gritó a los cuatro vientos, que lo supiera el mundo. Cuando ya no quedaba nadie por enterarse, ella no tuvo más remedio que juntar sus cosas y partir, a buscar algún otro ser inseguro que la necesitara para vivir. Él la despidió distante pero sonriente, con el pecho henchido de felicidad. La saludó con su mano, mientras ella se alejaba cabizbaja. Adiós mentira, le dijo. Adiós.

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Rehén

Publicado por Florencia en Martes, 28 octubre, 2008

¿Me podría decir la hora?- me dice, en un susurro el hombrecito de los ojos redondos. Apenas mueve los labios, sin dejar de mirar hacia la puerta, cuidando no ser visto. Le respondo-también en un susurro, tampoco yo quiero ser visto- que no llevo reloj. El hombrecito me mira un poco desilusionado, e intenta la misma pregunta con la mujer que está sentada junto a mí. Me pregunto de qué servirá saber la hora en estas circunstancias. Qué más da si son las ocho, las nueve o las diez (yo diría que son las nueve y media) si nuestro tiempo ya no nos pertenece (aunque nunca nos haya pertenecido realmente), sino que depende de lo que estos hombres dispongan.

-Nueve y veinticinco- responde la mujer. El hombrecito respira satisfecho.

A esta hora ya tendría que haberme encontrado con Martina para terminar el práctico. Si vio los noticieros de seguro estaré disculpado. Claro que no tiene por qué saber que yo estoy acá. Ni yo mismo esperaba estarlo. Además Martina no mira noticieros. Me lo dijo una vez. No sé qué historia con la manipulación de los medios masivos. No estaba prestándole atención, a decir verdad. Por momentos su verborragia me agobia. Seguro se va a enojar. Odia la impuntualidad. Cuando salga lo primero que voy a hacer es ir a buscarla para aclarar las cosas. Si salgo de acá, claro está. Aunque no veo por qué no habría de salir. Vienen soltando rehenes en intervalos de media hora. De los casi treinta que éramos al principio, sólo quedamos cuatro.

El bebé está puchereando otra vez. Su joven madre trata de tranquilizarlo, pero el llanto se desata impetuosamente. Llora largos minutos hasta anegarse en sus lágrimas. La joven está visiblemente nerviosa. Supongo que teme, como yo, como todos creo, que el llanto incesante impaciente a los ladrones. De hecho, a mí me impacienta. Escupe el chupete. No hay forma de calmarlo.

El “jefe” interrumpe la negociación con la policía por un minuto. Desenfunda el revolver y se acerca a la madre. Ella solloza. El bebé no deja de llorar. Apoya el arma sobre su cabeza. La joven cierra los ojos. Madre e hijo son ahora un mar de lágrimas.

-Levantate- la joven obedece inmediatamente- Te vas. Vos y el pendejo. Dale. Dejá de llorar-la arrastra de un brazo hasta la salida.

Quedamos tres. No estoy nervioso. No sé por qué, pero me siento tranquilo. Creo que porque presiento que ya queda poco para que todo esto termine.

……..

Han transcurrido unos minutos infinitos desde que mamá e hijo se fueron. El hombrecito preguntó la hora por lo menos cinco veces más. Es el gerente, me dijo. Y está asustado.

Parece que el asunto se complica- murmura la mujer a mi lado. La miro. No me mira. No mira a nadie. Tiene los ojos puestos en un punto cualquiera, en el horizonte. En sus manos tiene una factura de algún servicio, que está cortando en pedacitos, muy pequeños, con sus dedos. Lo estuvo haciendo por horas, muy lentamente. Hay un montón de ellos sobre su falda. El hombrecito la mira con horror por lo que ha dicho. Una gota gorda de sudor que nace en la sien derecha recorre su rostro desencajado.

Desde donde estamos no se puede oír lo que dicen nuestros captores, ni lo que acuerdan con la policía. Están alterados. Especialmente el “jefe”. Pareciera que algo salió mal. Se toma la cabeza con ambas manos y profiere un insulto a uno de sus cómplices, al que se refieren como “el Negro”. El tercer hombre, bajo y regordete, que se apoda Cucho camina hacia nosotros. Atrás vienen los otros dos. Nos vamos con ellos, nos dice. Nos usarán de escudo humano, así que “a no hacerse los vivos” y colaborar, si queremos salir con vida de esto. El hombrecito, me doy cuenta, está muy perturbado.

- Vos venís conmigo- le dice “el jefe”, tomándolo bruscamente del brazo.

A punta de pistola nos paramos para irnos. Vamos a salir por la puerta principal. Hay un Renault esperando afuera listo para salir. Atravieso el salón caminando con un arma apoyada en mi espalda. En la misma situación está la mujer de los papelitos. Tres metros más adelante va “el jefe” llevando a empujones al hombrecito.

Pienso que si Martina estuviera en mi lugar seguramente estaría histérica. Sí, muy histérica. Porque hay dos cosas en que nadie puede ganarle, su histeria y su soberbia, esa que la hace regodearse cada vez que saca diez frente a nosotros, pobres y mediocres seres. Cómo me irrita esa mujer. Tengo que dejar de pensar en ella.

A dos metros de la puerta, que no permite ver el exterior porque los ladrones se han encargado de cubrirla, en una maniobra imbécil el gerente intenta sacarle el arma al jefe, a quien toma desprevenido. Casi lo logra. Una bala proveniente del arma del Negro le destroza la cabeza. Su sangre me salpica el rostro. Ahora sí tengo miedo. Pánico. Maldigo el impulso de responsabilidad que me hizo venir a pagar las expensas antes de que vencieran. Observo el cuerpo inerte del hombrecito. Siento náuseas. Se me aflojan las piernas. Creo que voy a desmayarme. La mujer rompe a llorar convulsivamente.

El jefe mira al Negro con odio. Sólo atina a decir “Mierda”. Desde afuera escucho por primera vez la voz del negociador. Se escuchó el disparo, dice. Si no salimos ya, van a entrar. Pasamos junto al cadáver del hombrecito. Cucho me arrastra porque mis piernas no me responden.

El jefe nos espera en la entrada. Su secuaz me empuja hacia él y éste me toma el cuello con su brazo por atrás. Apoya su arma en mi sien. “No intentes nada estúpido porque vas a terminar como aquél” me dice al oído. Yo no pienso en moverme. No pienso en nada. Salimos. Lo primero que veo es una veintena de policías apostados detrás de los patrulleros, todos apuntando hacia nosotros. Atrás salen el Negro con la mujer de escudo, y Cucho desarmado, con los brazos en alto.

-¿Dónde está el otro rehén?-pregunta el negociador.

-Ahora nos van a dejar ir-dice el jefe-Nos subimos al auto y nos vamos o estos dos son boleta.

-¿Qué pasó con el otro re…?-insiste el negociador, pero no puede terminar la frase: uno de los policías le ha disparado a Cucho, que cae sentado rompiendo la puerta de vidrio. El jefe y yo nos damos vuelta. Lo veo. Está sangrando por la boca. Tiembla un instante y cae fulminado.

“Hijos de puta” escucho decir al jefe. La mano que porta el arma tiembla ligeramente. “Yo les dije…” dice y le sigue un estruendo ensordecedor.

Dios, ojalá le hubiera dicho a Martina lo mucho que me gusta…

 

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A la hechicera no la dejarás con vida

Publicado por Florencia en Miércoles, 3 septiembre, 2008

     

       

       El sol del mediodía brilla con fuerza en el cielo diáfano, en el que se recortan, a lo lejos los picos nevados sobre las verdes colinas del valle. Atada de pies y manos al poste donde minutos más tarde será quemada viva, la muchacha vuelve sus ojos al cielo. Una brisa tibia acaricia su rostro. Ella cierra los ojos e inhala suavemente el intenso perfume de la primavera. Al abrirlos el reencuentro con la realidad es cruel. La multitud que poco a poco fue congregándose alrededor de la hoguera, clama a viva voz por ver concretarse el siniestro espectáculo. El párroco de la capilla que es a la vez inquisidor y testigo, y fiscal y defensa se acerca empuñando su crucifijo.

 

    -Arrepiéntete ahora, y al menos no sufrirás la condenación eterna- susurra al oído de la joven.

 

    -No tengo de qué arrepentirme- dice, y su voz es apenas un débil murmullo- No he hecho nada malo.

  

     El cura se aparta bruscamente de la muchacha cual si fuese el demonio mismo, y abrazado a su cruz vocifera:

 

   -¡Irás al infierno, réproba!, mientras se apresura en encender el fuego bajo los pies de la joven.

     Apenas ha salido de la adolescencia. Su rostro enjuto evidencia los maltratos sufridos en las últimas semanas. Se la ha acusado, junto a otras seis muchachas, de practicar la brujería. Ellas son las culpables de los males que desde hace un tiempo asolan a este pueblito perdido entre las montañas. Ellas embrujaron a hombres honorables y los llevaron a la perdición, produjeron abortos espontáneos en jóvenes madres, trajeron la peste al pueblo y  arruinaron las cosechas. Hay quienes las han visto concurrir a los aquelarres que se celebran más allá de las montañas, donde alaban a Satán ofreciéndole cuerpo y alma. A base de torturas les han arrancado una confesión. Se declararon culpables. Entre ayer y hoy han sido quemadas vivas en la hoguera. Ella es la última. 

      La paja comienza a arder. De pronto, el cielo comienza a oscurecerse. Un fuerte viento se levanta y excita el nerviosismo de los animales presentes. Perros y caballos aúllan y relinchan embravecidos. En cuestión de minutos, el sol radiante del mediodía da lugar a la oscuridad total. Se ha hecho la noche sobre esta aldea. El pánico se desata entre los concurrentes. ¿Será un mensaje divino? En medio de la confusión, entre gritos y corridas cada quien busca salvar su propio pellejo.

      Un momento más tarde el cielo se abre y ya todo ha pasado. No queda nadie en torno a la hoguera. Todos corrieron a refugiarse. Todos menos uno. Es el cura, que ahora se encuentra atado de pies y manos al poste. Bajo sus pies el fuego arde y se propaga velozmente. Grita desesperadamente implorando piedad,  pero nadie lo oye.

    De la muchacha no hay rastros. Sólo se escucha el eco de su risa redentora resonando entre las laderas del valle.

    Al párroco, principal artífice de esta cacería, le remuerde la conciencia. Pero ya es tarde para arrepentimientos: su existencia se consume en llamas. Nadie ha venido a salvarlo. 

 

 

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En el ocaso

Publicado por Florencia en Sábado, 2 agosto, 2008

 

 

 

     Percibo sus pasos; trota al principio, corre después. Siento su respiración agitada, cada vez más cerca. Al fin la veo. Aparece al doblar la esquina. Corre dejando atrás un corredor maldito en la calle de tierra que pasa frente a las vías del tren. Apura la marcha, se acerca cada vez más. Estira sus brazos hasta casi tocarme mientras balbucea algo ininteligible, una súplica, un ruego desesperado; sus dedos alcanzan mi rostro. Me despierto, bañada en sudor. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Necesito tantear la cama para saber que en realidad estoy aquí, no allá, no con ella. Doy un par de vueltas en la cama y al final consigo dormirme. Es la novena vez que la sueño en menos de un mes.

    A veces me parece ver nítidamente su figura acercarse meciendo rítmicamente la melena y la falda como las tardes en las que volvía del colegio. “En esta casa, el lema es que cada uno haga su trabajo” solía repetirnos papá. Por mi endeble salud me tocaba quedarme en casa y cumplir con los quehaceres domésticos, y si tenía suerte, tal vez casarme con algún pueblerino que me sacara de ese lugar. Su trabajo en cambio, era educarse y llegar a maestra, ya que el anhelo del hijo doctor se había visto truncado por la temprana partida de Juan. Aún la veo pararse frente a mí con las piernas separadas, en esa actitud llanamente arrogante tan usual en ella, sabiendo que es la más querida y haciéndomelo saber.  Besa y consuela a mi madre, que se lamenta por algún nimio contratiempo. Pobre mamá, desde que Juan nos dejó jamás volvió a ser la misma. Tampoco papá. Lo ocurrido lo hizo endurecer más aún su trato conmigo.  Su mirada era una eterna reprimenda. Nunca conseguiría ganarme su aprecio, por más que lo intentara una y otra vez. Y vaya si lo intenté. En cambio ella no tenía que hacer nada para ganarse su cariño. Bastaba su presencia para que él endulzara su mirada y la llenase de besos y abrazos.        

  Algunas noches sueño con la primera cereza del verano, de aquél añoso cerezo del fondo del jardín, el que de niños esperábamos ansiosos que diera sus primeros frutos apenas comenzaban las tardes cálidas. Pero es ella, es la sombra de su recuerdo la que me atormenta en sueños y no me deja dormir.

   Ese invierno pasó tan rápido, lo hizo en un santiamén. Empezaste a salir a tus primeros bailes. A ser cortejada por un muchachito. Tan bella. Tan perfecta. Quién iba a sospechar de una pobre esclerótica, de tu propia sangre. Nadie iba a acudir en tu ayuda esa noche. No estaba papá para defenderte. Nadie iba a escuchar tus gritos cuando tan cerca pasaba el tren.                           

   Pasaron tantos años ya, es algo irónico que en el ocaso de mi vida decidas volver. Y sin embargo sé que me seguirás hasta el final. 

   Jamás olvido tus ojos, tus hermosos ojos negros, tan soberbios antes, tan suplicantes después.

 

 

 

 

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